De las manos al asombro

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Por Julio Anselmi

“Desde la nueva casa” y “Trípticos”, de Oscar Ángel Agú. Nº 11 y Nº 22 de Colección LuzAzul. Edición Cooperativa de los Autores. Santa Fe, 2010 y 2012.


Los números 11 y 22 de la Colección LuzAzul están dedicados a sendos grupos de poemas de Oscar Agú. El primero, Desde la nueva casa ofrece un grupo de textos en el que el reconocido mundo lírico de Agú resuena con un tinte íntimo y pausado, acorde con ese nuevo mundo que entrega el nuevo patio al crecer; la plantación de un Ginko Biloba (Árbol de la vida) y la contemplación de su crecimiento sin urgencias; el río que habla en silencio o las viejas canciones que ronronean con nuevas celebraciones en el corazón.

Quizás sea el motivo de las manos el que más recurre y mejor centra la atención del poemario, a partir de una suerte de texto introductorio que abre el conjunto, en el que al principio nudos y crispaciones aprisionan como una red las articulaciones de los dedos; luego “pienso, imagino entonces, una larva tosca y voraz, ciega, que busca crecer, que busca la luz en forma instintiva, compulsiva. Mandato atávico que la atraviesa de cabo a rabo”. Finalmente, “esa larva habita mis manos, sus articulaciones, sus venas y sangre, su piel. Las habita y las vuelve ávidas”. Ahora, esas manos pueden tantear, acariciar, dibujar, escribir, tal como un poema más adelante lo dirá con contundencia:

“No es mi mano. No. Es la palabra

habitándola”.

El otro poemario de Agú, titulado Trípticos, está compuesto en efecto por cinco trípticos de poemas en los que un sutil hilo semántico y estilístico liga a las tres irrupciones de versos que cantan sobre la disolución y la muerte (Tríptico I), a la/s mujer/es (Tríptico II), a lo onírico (Tríptico III), a los árboles (Tríptico IV), a la contemplación (Tríptico V).

Aquí la voz de Agú se llena de imágenes para describir y celebrar la naturaleza, en su sentido más amplio, que incluye también una aceptación gozosa de una metafísica de transhumanización, siempre digna del mayor asombro, que es quizás la quintaesencia sobre la que gira todo el poemario.

 

Tríptico IV

 

Los árboles

 

Por Oscar A. Agú

aquietan morosamente, tiernamente los pensamientos.

Desde su altura no compiten: están.

Acompañan los ciclos y adormecen los vientos;

persisten sin apetecer.

Son compañeros de viaje hacia el sosiego

maestros en el juego de la luz

y no desean más que lo dado.

Aromito

 

Iluminado y luminoso el tapiz amarillo

responde al sol que anida en cada copo.

Juegos de milenios enramados, convocantes.

Entre mis torpezas de transitar el mundo

intento la memoria del árbol,

su estar allí, su don,

su presencia inocultable de aromos.

Mis manos no alcanzan para su decir

que es todo asombro en el aire y en la luz.

Entonces,

hago de la mañana un sombrero

y del aromito un sueño de ella.

Jacarandá

 

Tajo de lunarriba gotea

campánulas de cielo.

Cuentan viejas memorias de la herida del cielo;

el celeste, en breves copos tamizaba estas tierras.

Fue un árbol, cauterizador de heridas, que con

sus largas ramas comenzó a recoger en el aire los

copos cielares. Dicen las voces antiguas que el

cielo se curó por la bondad del árbol que supo de

su herida; lo pobla desde entonces en su copa.

Dicen que dicen que el cielo bajó a habitar

estas tierras.

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Foto de Miguel Grattier