En torno a la pedagogía de la fe
En torno a la pedagogía de la fe
Padre Hilmar Zanello
El tema de la fe siempre ha sido consustancial a la naturaleza humana, porque como afirma el filósofo español Xavier Zubiri, el hombre es “experiencia de Dios”.
Parece que entra dentro de la “antropología humana” la tendencia religiosa del hombre. Por eso aquel gran escritor ruso Dostoieski escribía: “Todo hombre que nace, nace para arrodillarse ante el verdadero Dios o ante un falso Dios”. Y San Agustín, cuando se convierte a la fe cristiana, experimentando como un instinto interior exclamó: “Nos hiciste Señor para ti... y qué tarde te amé”.
Para Jesús y para todos sus seguidores la fe siempre ha sido un tema prioritario. El mismo Jesús hablaba más de la fe que del amor; sus mismos discípulos solían pedirle: ¡Señor, auméntanos la fe!
Por eso antes de partir al Padre, Jesús envía a sus discípulos al mundo para que proclamen la buena noticia de su evangelio: “Aquel que crea se salvará”.
La respuesta que el hombre dará a esta revelación de la buena noticia de la Palabra de Dios, convertirá al que la escuche adhiriéndose sinceramente, en un verdadero creyente.
¿En que consistía esa buena noticia? En la percepción de parte del hombre de un Dios vivo, como decía Blaise Pascal: “No un Dios de los filósofos, sino el Dios de nuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac... de un Dios que se acerca al hombre para hablar y entrar en personal comunión con su creatura”.
Esta Palabra de Dios que llega al hombre es simultánea a la misma presencia y actuar interior en el corazón humano, desde donde Dios quiere acompañar al hombre, garantizándole una vida más lograda en toda su dignidad.
Los teólogos hablan que Dios siempre se expresa actuando en el ser humano, sólo se necesita una disponibilidad pronta para escuchar su voz. Después, San Pablo, el gran pedagogo de la fe, dirá a sus evangelizados “Escuchen los gemidos del espíritu”.
La vida de la fe, es decir, la vida en comunión con Dios, como una tarea humana y de la gracia de Dios, supone una disciplina de cierta soledad personal, donde el hombre se encuentra consigo mismo, poniéndole el oído a la voz interior de esta divina presencia.
En el mundo actual acontece una crisis de fe porque se ha perdido esta dimensión humana de la interioridad. Bien lo decía tiempo atrás Benedicto XVI: “EL hombre le ha perdido el oído a Dios porque vive tomado por el bochinche.
Santo Tomás de Aquino con su sabiduría profunda en la Edad Media decía “Cuando el hombre se encuentra consigo mismo, es llevado hacia Dios”.
Podríamo formular que cierta crisis de la fe corre pareja con una crisis de interioridad, de reflexión, de silencio y sobre todo de una oración contemplativa.
La vida de fe va más allá que un saber sólo de verdades y doctrinas memorísticamente recordadas, permaneciendo en una fe “intelectualizada” como pudo pasar en épocas históricas.
Hoy ya se ha superado, se supone buenamente, esa fe que permanecía sólo en la mente o se expresaba exteriormente en momentos rituales, quizás alejados de lo cotidiano de la vida, que podía ser vivido padeciendo de aquel “dualismo” (¿ya superado?) que separaba lo “sagrado de lo profano”, lo espiritual de la vida concreta, o el cuerpo del alma. Recuerdo cuando un escritor hablaba de los ritos sólo exteriores, sin repercusión en toda la vida, como “El brazo muerto de la fe”:
Hoy se ha producido una renovación espectacular en la pedagogía de la fe con la llegada del Concilio Vaticano II. Una de las adquisiciones fundamentales para orientar al hombre creyente ha sido sin duda la proclamación de un documento “cumbre” del Concilio, la “Constitución del Verbum” (Palabra de Dios).
Este documento presenta la Divina Revelación como una “pedagogía de Dios” en donde Dios se revela, se da a conocer, revelándose dentro de “Una historia de salvación, es decir como historia de las intervenciones salvadoras de Dios iluminadas por la palabra profética. Una historia de acciones y palabras intrínsecamente conexas donde se propone para el hombre un camino de pasos dentro del misterio de Dios (D V 2)”.
Entonces la vida de un creyente no queda reducida como a un momento agregado a las otras actividades de la vida, sino formando parte esencial de la misma vida.
Es decir el Concilio hoy presenta la Revelación de Dios superando aquella concepción conceptualista de una fe sin encarnación real en todas las manifestaciones de la vida, como conocimiento sólo de verdades y doctrinas.
De aquí nace el camino de una fe abierta al otro, abierta a los problemas del mundo, con una dimensión solidaria y comprometida, una fe que se vive como caminar tomados de la mano de Dios, en comunión con el mismo Dios.
La pedagogía de esta fe sigue la misma pedagogía de Dios, en comunión con el mismo Dios. De un Dios que quiso tener al hombre como un interlocutor, para comunicarle una dimensión nueva de vida, una vida divinamente humana.
Será elocuente tener en cuenta un comentario que trae la Biblia de Jerusalén al Evangelio de San Mateo, capítulo octavo, cuando describe la fe como: “Un impulso de confianza y abandono por el cual el hombre renuncia a apoyarse en sus pensamientos y sus fuerzas, para abandonarse a la palabra y al poder de aquél en quien cree”. Así la pedagogía de la fe, conduce al hombre a encarnar una dimensión de lo eterno en la cotidianeidad de la vida.
Muy sabias son las palabras de aquel profesor ateo marxista convertido al cristianismo, Charles Peguy, cuando decía: “Siento el estupor de la fe porque tenemos un injerto de lo eterno en el tiempo”.
El tema de la pedagogía de la fe da para muchas reflexiones más, como por ejemplo: los contenidos de la fe (Fides Qua); las actitudes de un creyente; la transmisión de la fe (Fides Quae); la fenomenología de la fe; fe y cultura; la fe en aparecida. Las expresiones Fides Qua y Fides Quae son términos usados por teólogos y catequistas.
“Alegoría de la Fe”, de Johannes Vermeer.