Animación, no solo para chicos
En 1937 se estrenó el primer largometraje de animación, “Blancanieves y los siete enanitos”. Durante casi 60 años, las historias inocentes de Disney dominaron en un género cuya revolución llegó en los ‘90 con los estudios Pixar y Dreamworks, que con “Toy Story”, “Monsters”, “Shrek” o “Up” marcaron una senda que este año confirman historias como “Valiente”, “Madagascar 3” o la esperadísima “Frankenweenie”, de Tim Burton.
TEXTOS. ALICIA GARCÍA DE FRANCISCO. FOTOS. EFE REPORTAJES.
“Up”, una de las tres cintas de animación que fue nominada al Óscar a la mejor película, y ganadora como mejor largometraje de animación y mejor música en 2010.
Aunque hubo pioneros en el mundo de la animación -los franceses Émile Reynaud, Émile Cohl o Georges Méliès, principalmente-, fue Walt Disney el que convirtió el género de la animación en un negocio.
Tras años de cortometrajes de gran éxito, los estudios Disney decidieron dar el salto a los largometrajes, y en 1937 se estrenó “Blancanieves y los siete enanitos”, un empeño personal de Walt Disney que tuvo un presupuesto final de 1,4 millones de dólares, una locura para aquella época. Pero recaudó 8 millones de dólares en el momento de su estreno, cifra que a lo largo de los años ha llegado a 184 millones, según los datos de la web especializada Box Office Mojo. Y, lo más importante: demostró que la apuesta de Disney por los largometrajes animados era acertada.
EL REINADO DE DISNEY
Al éxito de Blancanieves le sucedió un largo listado. En 1940 llegarían “Pinocho” y “Fantasía”, un gran fracaso comercial que casi acaba con la incipiente trayectoria de Disney.
Pero el éxito de las series para televisión y, sobre todo, la buena acogida de “Dumbo” (1941) permitió la recuperación de los estudios, que volvieron a atravesar dificultades con “Bambi” (1942). En 1950, el éxito de “Cenicienta” consolidó la trayectoria de Disney, que a partir de ese momento comenzó a sumar éxitos: ”Alicia en el País de las Maravillas” (1951); “Peter Pan” (1953); “La Dama y el Vagabundo” (1955); “La Bella Durmiente” (1959); “101 Dálmatas” (1961)‘; “La Espada en la Piedra” (1963); “El libro de la selva” (1967) o “Robin Hood” (1973).
Fue una época dorada en la que Disney reinó con sus historias edulcoradas y tiernas, concebidas exclusivamente para los más pequeños. Una fórmula que, sin embargo, empezó a dar signos de agotamiento en los años setenta hasta que, en 1988, la compañía pareció recobrar el brillo de antaño con “The Little Mermaid”, una historia que respetaba los elementos básicos pero que modernizaba la imagen y actualizaba los personajes.
“La Bella y la Bestia” (1991) logró la primera nominación al Óscar en la historia en la categoría de mejor película para un filme de animación. Le siguieron “Aladin” (1992) y “El Rey León” (1994), pero al final fue un resurgir un tanto efímero de Disney, que se resistía a dar el salto a la animación por computadora.
“TOY STORY”, LA IRRUPCIÓN DE PIXAR
Y de esas dudas se aprovechó Pixar -un proyecto creado en 1979 por George Lucas- que en 1986 fue comprado por Steve Jobs y en el que el peso creativo caía en John Lasseter, antiguo trabajador de Disney.
Su primer largometraje -y también el primero en ser desarrollado totalmente en computadora- fue “Toy Story” (1995), que conquistó a los niños pero también a los adultos, gracias a un guión más elaborado, que contó con la colaboración de Joel Cohen, que incluso fue nominado al Óscar en este apartado y recibió uno especial por su trabajo de animación por computadora.
Fue la película más taquillera del año, con 361 millones de dólares, y el lenguaje utilizado supuso una enorme revolución en un género que se había estancado en premisas del pasado y poco adaptadas a la evolución tecnológica y de contenidos del cine en general.
La frescura de los dibujos de Pixar, su lenguaje mucho más actual y el ritmo trepidante de sus aventuras lograron enganchar de inmediato a los niños y sorprendieron a los adultos, que pasaron de meros acompañantes a espectadores rendidos.
“A Bug’s Life” (1998); “Toy Story 2” (1999) y, sobre todo, “Monsters, Inc” (2001), demostraron que el camino estaba bien diseñado y que el futuro de la animación estaba asegurado.
Tras la llegada de “Buscando a Nemo” (2003), Pixar rompió un acuerdo de colaboración que había establecido con Disney en 1991. Pero la ruptura duró poco, y en 2006 Disney decidió comprar Pixar por 7.400 millones de dólares.
Desde ese momento, Disney y Pixar han desarrollado una colaboración que ha dado como fruto joyas del cine como “Ratatouille”, “Wall-E”, “Up” o “Toy Story 3”. Estas dos últimas consiguieron incluso ser nominadas al Óscar a la mejor película, lo que ha sido una ratificación más del nivel alcanzado por la animación, que ha dejado de ser un coto exclusivo de la infancia, como demuestra la última apuesta de Disney, “Valiente”, una historia de una princesa nada sutil.
DREAMWORKS Y SU OGRO VERDE
El tercer estudio en discordia, en lo que la animación estadounidense se refiere, es Dreamworks, la factoría fundada en 1994 por Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen con su apuesta por la animación generada por computación.
“Antz” (1998) fue su primera y exitosa apuesta, el comienzo de una trayectoria cuyo principal éxito ha sido la saga de ese ogro verde, gigante, un tanto vulgar, pero lleno de ternura: “Shrek”., una vuelta de tuerca a los cuentos de príncipes y princesas, que apareció en 2001, y que con su personaje principal y mucha ayuda de los estupendos secundarios -el gato y el burro, principalmente- se convirtió en un éxito instantáneo.
Ironía y mucho humor irreverente son los elementos característicos de esta saga, y se repetirían en la siguiente historia con más éxito de Dreamworks: Madagascar, cuya tercera entrega ha llegado ahora a los cines demostrando de nuevo que la evolución de la animación no tiene límites.
“Valiente”, de Disney, protagonizado por una princesa guerrera y escocesa, capaz de enfrentarse a todo para controlar su destino.
“Blancanieves y los siete enanitos”, el primer largometraje de animación, realizado en 1937 por los estudios Disney.
FRANCIA Y JAPÓN PISAN FUERTE
No solo de animación estadounidense vive el espectador. Y aunque son las películas de EE.UU las que más taquilla alcanzan, en lo que se refiere a prestigio las películas japonesas de los estudios Ghibli les han plantado cara y superado en ocasiones, sobre todo con los trabajos de su director, Hayao Miyazaki.
“Princesa Mononoke” (1997) y “El viaje de Chihiro” (2001) son dos de los principales éxitos de un estudio que cuida al máximo los detalles de sus dibujos, pero también los guiones, la puesta en escena y la música, de la que se ha encargado mayoritariamente Joe Hisaishi.
El Museo Ghibli en Tokio demuestra la popularidad de unos estudios que se encuentran entre los mejores de la animación actual y que han consolidado la industria de la animación en Japón, país que, junto con Francia, ha demostrado que el cine de animación no es un coto cerrado de EE.UU.
En el caso de Francia sus películas, más artesanales y con menos respaldo de la industria detrás, han conseguido un hueco por sus historias más dramáticas y sensibles, con unos trazos más estilizados en unos dibujos que buscan salirse de la normalidad.
“Las trillizas de Belleville” (2003) puso en el mapa de la animación a Sylvain Chomet, nominado al Óscar por este trabajo y por “El ilusionista”, dos películas con una profundidad y realismo mayor al habitual en el cine de animación. La escasez de diálogos y los detalles de cada dibujo son el sello de la casa.
Las películas de estos países han proporcionado una gran variedad a un género que también se ha visto enriquecido por los trabajos de realizadores de cine “normal”, como es el caso de Tim Burton con “El cadáver de la novia”, de quien ahora se espera con impaciencia su incursión en la animación en blanco y negro de “Frankenweenie”, que se estrenará en octubre. Y que sin duda no estará dirigida al público infantil.