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Opinión
Edición del Lunes 01 de octubre de 2012

Opinión / El peso de la mano en el aire

TRAGEDIA Y ESPECTÁCULO A PROPÓSITO DE UNA PELEA DE BOXEO

El peso de la mano en el aire

El peso de la mano en el aire
 

Estanislao Giménez Corte - egimenez@ellitoral.com

http://blogs.ellitoral.com/ociotrabajado/

I

Todo a su largo, la historia ha alumbrado tragedias de toda estirpe que han alimentado las plumas de escritores de toda calaña que han sido recibidas por lectores de todo pelaje. Podría decirse, exagerando, que todo un importantísimo género, la crónica -nada menos-, ha supuesto esencialmente una multiplicación de diversos ejercicios de descripción de variopintas tragedias. Casi como si postuláramos que una tragedia no ha existido o se halla incompleta si no hay alguien que la cuente; como si el sino trágico de las cosas fuera el combustible imprescindible para la empresa de autores y narradores. Pero esto ha sido dicho muchas veces. Bellamente. Antes. Mejor.

La pregunta por cómo narrar una tragedia ha sumido en profundas disquisiciones a escribas y ha atormentado las mentes de lectores, ya por la sutil transferencia de un horror distante y su acercamiento a la mano del que lee, ya por la fascinación -a medio paso entre el deseo y el temor- que ejerce en el espectador aquello que parece cercano, latente, subyacente, pero que, para su tranquilidad, se percibe como próximo sólo por la maestría del que cuenta.

Las formas de contar una tragedia exceden por mucho los encasillamientos y las pretensiones de los elaboradores de géneros, pero podría decirse que se impone en muchas de ellas el uso de un recurso tan habitual como arduo de alcanzar: esa búsqueda del acercamiento del lector al acontecimiento, su involucramiento, la posibilidad de que la lectura suponga de alguna forma un ejercicio del “estar allí”. A ciclos irregulares, el hecho será manoseado por el escriba, que quizás se aleje un poco de él, quiero decir, de la fidelidad a éste, incorporando caprichos y desvíos, con el supuesto objeto de que ese acontecimiento “llegue” al lector.

El hecho trágico (imaginado o real) supone un extraordinario material del cual asirse para dar forma a una escritura: batallas de antaño, raptos heroicos de sujetos, inmolaciones de valientes en pos de una causa, conforman un mapa espacial y temporal que ha encontrado, sin embargo, en la manipulación de documentos históricos (muertes de próceres, violencia política, amores clandestinos, etc), un giro exitoso en ventas pero ciertamente polémico, al trabajar sobre la historia con procedimientos de la ficción. Intervenciones funcionales a los intereses del propio narrador, y con los pretendidos fines de ‘llenar’ incómodos huecos de lo sucedido o acontecimientos no convenientes a crescendos narrativos.

Aquellas tragedias imaginarias aludidas al inicio quizás no alcanzan, todavía, en su dimensión dramática, la cruda existencia del hecho real. Todavía desfallecen frente a lo que efectivamente, fácticamente, concretamente, sucede o sucedió. Alguien me espetará con algo de fastidio: ¿y Shakespeare? (¿y todo lo que él representa?). Se me escapa en este momento la posibilidad de una respuesta.

II

Como sucede en el relato de diversos hitos -desde guerras a golpes de Estado, desde los viajes de las “mulas” al retrato de la vida cotidiana de los “pibes chorros”- la crónica conlleva o antepone una categoría incontestable: lo real. Esas crónicas, mejores o peores, tienen en sí una suerte de grave voz debajo que dice: ‘esto fue verdad’. Recursos más, recursos menos. Con más o menos imaginación de autor. Con más o menos licencias poéticas, esto es real, se dice. Esto sucede. Existe. Pasa.

En algún sitio cercano a éstas podríamos situar a la crónica de deportes. El boxeo, particularmente, ha dado origen a hermosos relatos y crónicas. El fútbol también, claro. De hecho, hay allí, en algún lugar, toda una suerte de subgénero -los relatos de y sobre fútbol- que tiene conocidos ejemplos como Fontanarrosa, Soriano, Galeano y otros autores más, escritores todos ellos aborrecidos por ciertos círculos de cierta alta literatura. Alguna vez, en uno de esos volúmenes de relatos futboleros, encontré para mi sorpresa un relato firmado por Bustos Domecq. Cortázar es otro nombre que ha tenido en el boxeo a uno de sus intereses: “Descripción de un combate o a buen entendedor” y “Torito”, por ejemplo, dan cuenta de cierta pasión por el arte del pugilato. Norman Mailer era un fanático y practicante de boxeo, cronista de la “pelea del siglo” XX (Alí-Foreman en el Kinsasha, en 1974) y el mismo Hemingway, si no recuerdo mal. En este mismo diario, para no ir más lejos, Sergio Ferrer ha escrito y escribe exquisitas crónicas, recordatorios, apologías e historias varias sobre el mundo del boxeo.

III

Más allá de nuestra opinión sobre si el boxeo actual es un deporte o un espectáculo (o más bien, si es en toda su dimensión un espectáculo determinado y definido por aspectos más inconfesables y terribles del show bussiness -las apuestas, el pay per view y otras menudencias-), el costado épico de dos hombres golpeándose hasta la extenuación representa o sintetiza una suerte de tragedia en sí misma.

La pelea de hace un par de sábados -Martínez vs. Chávez Jr.- tuvo una enorme repercusión por muchos motivos o razones que confluyeron simultáneamente. Permítanme, con todo, hipotetizar lo siguiente: por fuera de la prensa y la difusión, fuera de los ensayados prolegómenos de amenazas e insultos en las conferencias de prensa, creo que esa noche se vio una suerte de acto o pieza trágica que pareció, y que seguramente fue, muy real (si se me acepta esta inconveniencia gramatical). O tan real como puede ser una contienda inserta en un contexto determinado por las variables del mundo del espectáculo, asumido de hecho como un “lugar” afecto a prácticas reñidas con cualquier posibilidad de verosimilitud.

Lo real, en el marco de una televisión en la que todo se asume como ficticio con pretensiones de parecer real (cuyo ejemplo por antonomasia serían los realities shows), aparece y conmueve por esa misma contradicción. Como si lo real saliera de la tevé, rompiera la pereza habitual de la oferta catódica, para conmocionar por un momento al espectador. Lo no organizado, lo impensado, lo inaudito, lo no guionado, el final abierto: eso sucedió, creo. Otras cosas contribuyeron: una serie de episodios marginales que dan forma a que la tragedia deviniera épica, y con triunfo propio: el héroe de origen humilde que pasa todos los pesares, y que, pese a que pareciese que el universo conspirara contra su sueño, sigue tercamente, con una extraordinaria voluntad de poder, hasta alcanzar lo suyo.

IV

Allí están los hombres. Se mueven acompasadamente ya, como agujas de un reloj de funcionamiento errático. Allí están, al borde de sus fuerzas, en un final impensado que dura todo a lo largo de un minuto eterno. Los movimientos, carentes de la elegancia de recién, apenas buscan la supervivencia y la distancia. Allí están. Demoran un poco más la última mano. La última mano que lleva la última gota de energía. Ésa que no podrá volver a montar la guardia, ésa cuya suerte decide un recorrido infinitesimal, ésa que busca el rostro del rival y en la que viajan las cientos de horas de gimnasio, las cientos de voces de amigos de amigos y familiares, el karma de los contratos posibles a futuros, los miedos disimulados. El brazo ascendente rompe el aire. Es una mano extraordinariamente pesada.



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