Edición del Miércoles 14 de noviembre de 2012

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Santiago del Estero, los Juárez y el crimen de la Dársena - Opinión Opinión

Santiago del Estero, los Juárez y el crimen de la Dársena

Rogelio Alaniz

El 6 de febrero de 2003 en un descampado conocido con el nombre de “La Dársena”, ubicado a doce kilómetros de la ciudad de Santiago del Estero, fueron encontrados los restos de Leyla Bshier Azar y Patricia Villalba. Se trataba de dos mujeres jóvenes muertas de manera brutal y cuyas desapariciones habrían quedado en la nada si no se hubiera combinado una serie de factores que permitieron investigar a fondo y probar que el crimen comprometía a familias, empresarios y funcionarios vinculados con el régimen de poder del caudillo peronista Carlos Juárez.

El episodio recordaba a ese otro crimen con consecuencias políticas cometido en la provincia de Catamarca contra la adolescente Soledad Morales. También en este caso las investigaciones pusieron en evidencia una trama de poder destinada a proteger a familiares de funcionarios del régimen peronista implantado en esta provincia por los Saadi.

Las similitudes entre los dos crímenes son notables. En ambos casos la movilización de los familiares logró sensibilizar a la sociedad con manifestaciones de protesta que incluyeron a políticos opositores y líderes religiosos. La ampliación de las movilizaciones y la persistencia de los reclamos fue lo que permitió sacar el crimen de las fronteras de la provincia para instalarlo en el orden nacional.

Las víctimas eran personas humildes, es decir, las presas preferidas de quienes ejercen el poder con una mentalidad de jefes mafiosos. Cuando murió Soledad Morales, la madre de uno de los autores del crimen habló despectivamente en una reunión social de la muerte de “una chinita”, como si su condición humilde le hiciera perder la condición humana. Exactamente lo mismo dijo el señor Antonio Musa Azar cuando le mencionaron por primera vez la muerte de las dos jóvenes. Son dos “chinitas”, comentó con el desprecio de quien supone que está autorizado a disponer de la vida y la hacienda de sus súbditos.

El escándalo provocó la caída del régimen de los Saadi en Catamarca y de los Juárez en Santiago del Estero. En un caso, de manera directa; en el otro, de manera indirecta, pero en ambos lo sucedido dejó al desnudo las excrecencias de un sistema de dominación política en dos provincias pobres, atrasadas y controladas por caudillos feudales instalados en el poder desde la primera época el peronismo.

Sin ánimo de establecer una rígida relación determinista entre crímenes y política, no deja de ser sugestivo que los casos “Soledad Morales” y “Crimen de la Dársena” se hayan cometido en provincias con regímenes políticos muy parecidos. Es verdad que en cualquier parte los débiles pueden ser víctimas de los poderosos, pero sólo en esas miserables satrapías es posible establecer una conexión directa entre los asesinatos y el poder político.

Puede que un análisis más amplio de esta realidad incluya necesariamente a sociedades habituadas a la sumisión y dependientes de los favores del señor, sometidas culturalmente a un orden tradicional y jerárquico. Así y todo, fueron estas sociedades -o por lo menos sus segmentos más sensibles- las que en algún momento se movilizaron para reclamar justicia e instalar el tema en el orden nacional.

Las investigaciones en Santiago del Estero no estuvieron exentas de sabotajes, sobornos, presiones y reiterados intentos de garantizar la impunidad de todos o de algunos de los implicados. Leyla Bshier Nazar era una joven de 22 años que ejercía la prostitución, actividad que parecía autorizar a los criminales a disponer de su vida y no rendir cuenta por su muerte.

Lo que las investigaciones pudieron establecer es que Leyla murió la noche del 16 de enero de 2003. Según se supo, hubo una “fiesta” en la que participaron, entre otros, el hijo de Musa Azar, “Musita”, el carnicero José Patricio Lludgar y, probablemente, algunos dirigentes políticos de la provincia, entre los que no serían ajenos el hijo del vicegobernador de la provincia, Juan Felipe Moreno y el diputado Carlos “Pololo”Arrauate.

El alcohol, las drogas, el sadismo de los “machos” o la mala salud de Leyla, provocaron su muerte. Los hechos pudieron haber ocurrido en el “Viejo Bar”, pero las declaraciones de los testigos no son coincidentes al respecto. Otra versión es que la chica murió en el Hotel Carlos V del grupo económico más poderoso de Santiago del Estero, la familia Ick. Se trata de un emporio económico crecido de la mano de los Juárez a través de negocios con el Estado. Incluso algunas voces apuntaron en su momento contra Gustavo Ick, hijo de Néstor, la cabeza del grupo, y Xavier Ferrara Peña, sin que al cabo se probara judicialmente su participación.

Leyla no murió en la “fiesta”. Se descompuso o algo parecido. Y como no se recuperó, decidieron ir con el cuerpo de la pobre chica hasta la residencia de Musa Azar, en Arraga, una localidad ubicada a 35 kilómetros al sur de la capital de la provincia. Antonio Musa Azar había sido jefe de los servicios de inteligencia de Juárez, y como corresponde a estos personajes, también estaba comprometido con la represión en los tiempos de la dictadura militar.

Musa Azar reunía las condiciones morales y físicas de lo siniestro. Prepotente, taimado, arrogante con los débiles y sumiso con los fuertes, vivía retirado en su pequeño feudo donde, entre otras curiosidades, había organizado un zoológico que exhibía con orgullo de gran señor a los amigos y amigotes que periódicamente frecuentaban su guarida.

Lo del zoológico no es un detalle menor, por que de acuerdo con lo que pudieron establecer las investigaciones de los peritos, los restos de las víctimas fueron empleados para saciar el hambre de los animales que el señor Musa Azar cuidaba con esmerado cariño. Se supone que don Antonio hizo lo que hizo para proteger a su hijo “Musita”, un joven de 22 años, estudiante de medicina en la universidad de La Rioja y, como el hijo de Luque en Catamarca, autorizado por su padre para divertirse con “chinitas”.

Mas no concluyeron allí las “intervenciones” del padre. Patricia Villalba tenía 26 años y trabajaba en una verdulería. El destino, en este caso, tendió su trampa. En la bailanta “Árbol solo”, un descampado en medio de la nada donde los santiagueños se reúnen a bailar y emborracharse, escuchó que unos policías a las órdenes de Musa Azar se jactaban de la muerte de Leyla. La desgracia o el capricho de los dioses hicieron que le dijera al carnicero José Patricio Lludgar que ella sabía muy bien lo que había pasado con Leyla y que se lo iba a contar a la policía.

A Patricia la secuestraron el 5 de febrero a dos cuadras de su trabajo. Por lo que se supo luego, la trasladaron a la residencia de Arraga donde la sometieron a torturas hasta su muerte. Al otro día, es decir, el 6 de febrero, los cadáveres de las infortunadas chicas fueron arrojados a “La Dársena”. ¿Por qué Patricia sabía lo que le había sucedido a Leyla? ¿por qué se le ocurrió comentarlo con uno de los asesinos? ¿qué relación tenía con Lludgar? No tengo respuestas a estos interrogantes, como tampoco tengo respuesta a las sugestivas muertes de tres testigos del “Viejo Bar”, su dueño, Germán Szelske; el mozo, Rubén Lidi, y uno de los parroquianos, Carlos Rufino. Los tres murieron de manera sospechosa: uno en un asalto, el otro se cayó del techo y el tercero apareció ahogado en su bañera.

El juicio oral se inició en octubre de 2007 y concluyó el 24 de junio de 2008. participaron seis jueces en la etapa de instrucción y la causa sumó alrededor de diez mil fojas. El tribunal estuvo integrado por los jueces Osvaldo Pérez Roberti, Graciela Viaño y Rosa Piazza de Montoto. En total fueron procesadas dieciséis personas, de las cuales once fueron absueltas. Entre los absueltos estuvieron el hijo de Musa Azar, su esposa Marta Cejas y el ex diputado Pololo Arrauate. Antonio Musa Azar, por su parte, fue condenado a prisión perpetua. El mismo veredicto alcanzó a los ex policías -en realidad sicarios de Musa Azar- Pablo Gómez, Daniel Mattar y Héctor Albarracín. Por su parte, Lludgar fue condenado a 22 años de prisión.

El fallo generó más dudas que certezas. Por lo pronto, no deja de ser sugestivo que a la hora del veredicto los Musa Azar se abrazaron para festejar la resolución. A esa altura los Juárez -don Carlos y su esposa, la tristemente célebre Nina Aragonés- ya eran historia, historia negra, pero historia al fin. En abril de 2004 la provincia había sido intervenida. A los Juárez se les imputaban diversas corruptelas, asociaciones ilícitas y negociados. El “crimen de la Dársena” no fue la causa directa de la intervención a la provincia, pero el escándalo que provocó en su momento creó las condiciones sociales para poner en evidencia las lacras del régimen que sólo un “compañero” de los Juárez pudo llegar a comparar con la provincia de Santa Fe.

Santiago del Estero, los Juárez  y el crimen de la Dársena

Marcha por las víctimas santiagueñas. Las sucesivas movilizaciones populares instalaron el sórdido crimen en la escena nacional. Foto:Telám



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