Críticas con estilo

“Las ciencias sociales no existen en la Argentina”

 

El filósofo y epistemólogo Mario Bunge dio una serie de disertaciones en Rosario sobre su libro “Filosofía para médicos”. En diálogo con El Litoral fue muy crítico sobre la educación en el país. “Se estudia por apuntes, sobre autores y no sobre temas. Eso es de la Edad Media”.

 

Germán de los Santos

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Mario Bunge pide un favor: que las preguntas sean en voz bien alta. “En Buenos Aires no haría falta hacer esta aclaración”, dice el filósofo en medio de una sala enorme, en las oficinas de Defante, la empresa que lo invitó otra vez a Rosario para dar una serie de charlas. Bunge repite y hace un guiño a sus interlocutores santafesinos: “Los porteños son gritones y prepotentes. Los canadienses son tímidos y modestos. Destacarse en Canadá es de mal gusto”. Las disertaciones del destacado filósofo y epistemólogo de 93 años giraron en torno a su nuevo libro “Filosofía para médicos”, publicado por Editorial Gedisa, un trabajo novedoso al abordar el tema médico y de la salud desde un costado poco explorado.

—¿Cómo se le ocurrió escribir un libro sobre filosofía de la medicina?

—El título original era “Filosofía para medicina”. Siempre me intrigó el diagnóstico médico. Me di cuenta de que es un problema inverso. Que el efecto va a la causa y no al revés. No hay algoritmos ni reglas, cada problema hay que resolverlo independientemente de los demás. Hay que tener ingenio. No bastan los datos. Los datos plantean el problema. Y al ser un problema inverso es interesante y está descuidado por los filósofos contemporáneos, que no se caracterizan por su espíritu inventivo ni exploratorio, sólo se limitan a hacer historia de la filosofía y les dan miedo las ideas nuevas. Los filósofos son muy conservadores. En todo caso me di cuenta de que el problema del diagnóstico merecía ser tratado en profundidad y eso me llevó a meterme en el problema ontológico y preguntarme qué es una enfermedad. Según un filósofo francés de apellido Canguilein, que fue el primero que se introdujo en el tema de la enfermedad, lo patológico es puramente convencional. Y lo que es patológico en una sociedad no lo es en otra. Se opone a la tradición pero se opone además a la biología. Y dice que como la enfermedad es un proceso convencional se corrige por medios naturales, no con hechizos ni plegarias. Con baños, la hidroterapia recomendada por Hipócrates, y una dieta austera. Y hoy en día se le podría agregar con drogas sintéticas, diseñadas por la farmacología, que es una ciencia fascinante. La farmacología ha producido miles y miles de sustancias artificiales, de las cuales se usan y abusan sólo unas mil. Existe el superdiagnóstico y superterapias. Por ejemplo un médico argentino que publicó hace poco tiempo un libro recomienda a las mujeres hacerse dos mamografías por año, lo cual me parece monstruoso. Se elimina la posibilidad de un cáncer de mama oculto, pero se abre la posibilidad de que se desate esta enfermedad por la cantidad de rayos a la que es sometida la paciente.

—Usted recuerda en el libro el botiquín de sus padres, que no se sabía para qué se usaba.

—Yo nací en 1919. En esa época el botiquín de cualquier miembro de la clase media tenía diez drogas, de las cuales la mitad eran eficaces y la otra mitad eran veneno. Por ejemplo a mí me daban calomel, para trastornos gástricos. Esa droga es cloruro de mercurio, que es altamente tóxico. Mi padre se trataba a menudo para curar la ronquera que le producían los debates en la Cámara de Diputados de la Nación, con inhalaciones con belladona, que es un opiacio. Lo usaban las niñas en Venecia para dilatar las pupilas y atraer a jóvenes del sexo opuesto. Es un psicotrópico muy potente. Había solamente dos vacunas: la antirrubeólica y la antirrábica. Después aparecieron las del tétano. Yo recuerdo mi infancia pasándolo la mitad del tiempo en cama. Con un padre médico y una madre enfermera, que siempre exageraban la cantidad de medicina que me daban. Yo acuso a mi padre de usarme de cobayo para probar conmigo las medicinas nuevas que le llegaban.

—Hace un tiempo ha resurgido lo que usted llama la seudociencia, como es la medicina alternativa. ¿Usted cree que surgió por un déficit o un vacío de la medicina tradicional?

—Ante todo esas medicinas alternativas no son nuevas, sino muy viejas, como la medicina china basada en la acupuntura o la homeopatía. No hay nada nuevo porque esa gente no hace investigación, sino que es puramente dogmática. La causa principal de que estas cosas subsistan hoy en día son la ignorancia y difusión de filosofías anticientíficas, como el posmodernismo, el existencialismo, el hegelianismo y todas esas cosas. Todos los filósofos importantes del siglo XIX como Hegel y Nietzsche fueron grandes reaccionarios y macaneadores. Hegel es incomprensible y Heidegger ni hablemos. Las Facultades de Filosofía al difundir a estos charlatanes les han hecho mal a la salud de los estudiantes. En el primer año de la carrera de Filosofía en la UBA se les exige que lean Heidegger, Hegel y Nietzsche, los máximos charlatanes. Los chicos están desesperados porque no los entienden. Y no son tontos sino porque no hay nada que comprender. Heidegger dice que “la esencia del ser es ello mismo”. ¿Qué significa eso? Es simplemente jugar con palabras y hacer creer a la gente que son profundos porque son estúpidos.

“Las ciencias sociales no existen en la Argentina”

“Todos los filósofos importantes del siglo XIX como Hegel y Nietzsche fueron grandes reaccionarios y macaneadores”.

Foto: Amancio Alem

“Ya no hay investigación, sino ideólogos”

—¿Se mantiene al tanto de lo que sucede en Argentina?

—Las únicas noticias que me llegan son las malas; las buenas no me las cuentan. Tengo parientes y amigos que están divididos en kaistas y no kaistas. Los primeros están todos en la Facultad de Ciencias. Los segundos en el resto. En el club Progreso todos mis amigos son anti K, pero lo que veo es que no tienen demasiados argumentos. Lo que quiero es ver datos fidedignos. Por ejemplo, quiero saber si bajó o subió el índice de Gini, la producción industrial o el nivel de la enseñanza. Sobre esto último oigo horrores. Como que en las escuelas nuevas no hay bibliotecas ni talleres ni laboratorios. Un nieto mío se acaba de licenciar en Ciencias Políticas de la UBA y en esa facultad no hay biblioteca. Estudian por apuntes, como si fuera la Edad Media. Estudian autores, no temas. Las ciencias sociales prácticamente no existen en Argentina. En 1910 el doctor Juan B. Justo, médico, neurocirujano, fundador del Partido Socialista, escribió un libro sobre sociología argentina con los pocos datos que tenía, que no eran muchos. Era una forma de abordar los problemas sociales y económicos a través del estudio. Estudiaron con mi padre la Tesis 11 de Karl Marx, sobre la base de que “es hora de cambiar cómo se ha estudiado el mundo”. No se puede cambiar el mundo sin conocerlo. Hay que saber para después actuar. Y uno de los pocos que cumplen esto son los médicos. La sociología en serio en la Argentina empezó en el ‘55 con Gino Germani, que había estudiado economía y filosofía. El otro fue Arturo Frondizi, que era abogado y un hombre serio hasta que se metió en la política. En realidad hasta que yo lo metí en la política. Creo que ya no hay investigación, sino ideólogos, como (Ernesto) Laclau. Son muy peligrosos, porque son marxistas renegados. Y los que se pasan al otro lado no me gustan. El héroe de ellos es un tal Carl Schmitt, quien fue un nazi, presidente de la Asociación de Juristas del Partido Nacional Socialista. Es muy peligroso que a un positivista se lo escuche en la Casa Rosada. Afortunadamente Laclau mucho daño no puede hacer, porque escribe muy mal, de forma ilegible.

Hay que invertir menos en armamento y más en ciencia. Siguen invirtiendo en el diseño de armas, como si no hubiera bastantes en el mundo”.

Mario Bunge,

filósofo y epistemólogo