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Opinión
Edición del Jueves 13 de junio de 2013

Opinión / ¿Qué pasó con Ángeles Rawson?

Mesa de café

¿Qué pasó con Ángeles Rawson?

MESADECAFE.tif

Remo Erdosain

—A los asesinos violadores habría que matarlos a todos.- El que así opina es Quito, el mozo, mientras nos sirve una vuelta de café para todos. Habría que matarlos a todos repite- y meter presos a los que los pretenden defender en nombre de la compasión.

José mira al mozo y después le dice en voz baja: -Yo pienso lo mismo que vos, pero no me animo a decirlo.

—Sinceramente digo- yo no predicaría la pena de muerte y mucho menos exigiría abolir el sagrado derecho a la defensa, pero insistiría en que al violador compulsivo no lo dejen en libertad. No puede ser que violen, maten y después el informe de un burócrata irresponsable y ocioso contribuya a dejarlo en libertad porque dice que tiene buena conducta.

—Por lo que me contaron comenta Marcial- esos informes de buena conducta son una risa. El tipo está preso por cometer crímenes espantosos, pero como se levanta temprano, se lava los dientes, tiende la cama y se baña tres veces a la semana, las autoridades informan que tiene buena conducta, como si hubiera alguna relación entre lavarse los dientes y ser un violador compulsivo.

—No exageremos -digo- también hay entrevistas con psicólogos que informan sobre la salud mental del reo.

—Me imagino la seriedad de esas entrevistas comenta José.

—Lo que yo sé -interviene Abel -es que un violador compulsivo no tiene cura y, por lo tanto, no se lo debe dejar en libertad.

—Yo no estoy tan seguro de eso responde Marcial-, pero de lo que sí estoy seguro es que el tipo que mata a una mujer después de violarla se tiene que podrir en la cárcel. Es lo menos que se puede hacer.

—¿Y la posibilidad de recuperarlo para la sociedad?- pregunto.

—No creo en esos milagros reacciona José- pero supongamos que el tipo se recuperó, que efectivamente no va a violar más a nadie, ¿alcanza con eso para pagar el daño que hizo?

—Yo creo que no alcanza -subraya Abel-, violar y matar a una mujer indefensa es el crimen más repugnante que se puede cometer.

—Yo lo veo desde otro punto de vista -insiste Marcial-, lo veo desde el punto de vista del padre, la madre o los hermanos de la víctima. Creo que la muerte de un ser querido es siempre una tragedia, pero la muerte por violación debe ser la más humillante de todas, la más miserable y es por eso que digo que quien mata así no puede ser perdonado ni puede ser dejado en libertad, por más que diga que se arrepintió. Dicho con otras palabras, el que cometió semejante salvajada se apartó para siempre, no sé si de la condición humana, pero sí de la sociedad, de las leyes humanas y sagradas que cohesionan a la sociedad.

—Puede que sea un enfermo.

—Me nefrega que sea un enfermo. Y si está enfermo que lo encierren. Las chicas o las mujeres inocentes que andan por la calle no merecen correr ese riesgo porque el señorito está enfermo. Un violador es peor que un perro rabioso, pero a diferencia del perro, él sabe muy bien lo que está haciendo.

—Tampoco vamos a alentar el linchamiento cuestiono.

—No...-responde José con cierta vacilación- lincharlo no, pero encerrarlo de por vida sí. Y si alguna vez se instala la pena de muerte, colgarlo de la rama más alta del árbol.

—No se puede ser más salvaje que el criminal.

—No nos engañemos. Nada de lo que se le haga a un violador es más salvaje que su propio acto. La sociedad debe aprender a defenderse y a defender a las víctimas reales. ¿O ahora los progresistas van a decir que el violador es una víctima del capitalismo?

—A lo mejor es una víctima de sus padres -señalo.

—Si es así, lo siento mucho. Debe pagar y quedarse encerrado.

—Matándolo o encerrándolo para siempre no resucita al muerto.

—Con ese razonamiento dejemos a todos los asesinos en libertad. Como el muerto no va resucitar, perdonemos al asesino y paguémosle una pensión por los beneficios patrióticos prestados.

—No nos engañemos insiste Marcial-, el castigo o la pena no resucita al muerto y no sé si consuela, pero es necesario. El que comete un daño de esa envergadura lo debe pagar. Rompo un vidrio y tengo que pagarlo; estaciono mal y pago una multa. Ahora bien, mato y violo a una adolescente y soy una víctima.

—Sin embargo -digo- la madre de Ángeles Rawson no piensa así.

—Es una pobre mujer destrozada por el dolor -acota Abel.

—Comparto exclama José-, si a esa mujer la ayuda o la consuela creer que su nena está feliz en el cielo o que se debe perdonar, no voy a ser yo el que la vaya a apartar de esa ilusión. Ante una tragedia semejante cada uno se arregla como puede y la madre de Ángeles seguramente encontró ese camino.

—Todo muy lindo expresa Marcial-, pero así como se afirma que no se puede legislar tomando como base el dolor de los padres, tampoco se puede legislar tomando como base esa suerte de huida hacia el misticismo.

—Lo cierto enfatiza Abel- es que la muerte de Ángeles es una tragedia para los padres, pero es también una agresión a la sociedad.

—Es más agrega José- hay un asesino dando vueltas y decidido a asestar otro zarpazo...

—La mamá de Ángeles dice que lo perdona, pero que la Justicia debe actuar.

—La mamá de Ángeles dice muchas cosas, demasiadas para mi gusto -refuta Marcial- hasta llegó a comparar al asesino de su hija con la actitud de una persona que no cede el asiento en el colectivo. Eso y transformar al crimen en un delito menor, o decirle a la policía que no se esmere tanto en dar con el criminal, es la misma cosa.

—No hay que exagerar -digo- es una madre atravesada por el dolor y a lo mejor al hablar dice alguna palabra de más.

—No me meto con la madre sino con el mensaje que da.

—Admitamos que es una mujer con entereza -digo.

—No comparto -dice Marcial-, la entereza se relaciona con la lucidez y esto es un acto de dolor y de misticismo que poco y nada tiene que ver con la entereza.

—Por otra parte -advierte Abel- no perdamos de vista que el asunto se complicó y se complicó bastante. Según las informaciones del miércoles a la noche, Ángeles no fue violada, y después de asistir a la clase de educación física habría regresado a su casa, con lo que la hipótesis inicial del crimen se modifica en toda la línea.

—Es verdad -consiente Marcial-, además no deja de ser sintomático que la policía haya ordenado el allanamiento de la casa esa misma noche. Para que esto ocurra, es porque han aparecido otros indicios.

—¿Estaremos ante otro caso Fraticelli? -se pregunta José.

—Yo no me animaría a decir tanto, pero lo seguro es que la teoría del violador perdió vigencia y ahora hay que empezar a indagar en la vida de Ángeles, en la relación con su familia, con sus padres y padrastro, y también con sus hermanos y hermanastros.

—O sea que las sospechas ahora se han generalizado hacia la familia.

—Por lo menos eso es lo que parece.

—Y en este contexto las declaraciones de la madre adquieren otra dimensión.

—¿Por qué?- pregunto.

—Y, desde esta nueva perspectiva no deja de ser sugestivo que una mujer a la que acaban de matarle una hija, perdone a todos y le dé lo mismo que se investigue o no.

—¿La madre ahora es sospechosa?- pregunto.

—No lo sé. Pero tampoco sé si está protegiendo a alguien.

—No comparto -digo.


 


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