Edición del Lunes 16 de marzo de 2015

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Bicentenario de la provincia de Santa Fe (1815-2015) - 1

Comercio y puerto signaron el conflicto en el largo tiempo del anhelo autonómico

Por Ana María Cecchini de Dallo

Esta serie de artículos, que iniciamos hoy, son coordinados por la Junta Provincial de Estudios Históricos, y están destinados a divulgar el proceso autonómico santafesino que cumple 200 años.

Para instalar el tema, pretendemos, con el presente, recorrer los obstáculos que, durante los 241 años previos a 1815, sorteó la ciudad-cabildo junto a su amplia jurisdicción fundacional, para sostenerse dignamente e incluso sobrevivir a las dificultades que la afectaron en el tiempo.

En los orígenes, con la ciudad-puerto recién fundada, fue Juan de Garay quien dispuso buscar, desde Santa Fe, la comunicación terrestre más apta con la ciudad de Córdoba, mediante una primera expedición que dirigió Juan de Espinosa. Poco tiempo después, el fundador encaró personalmente la traza de un camino hacia las ciudades fundadas en el noroeste: Santiago del Estero, Tucumán, Salta, con rumbo a Lima.

De este modo, se aseguró la inserción de Santa Fe -y por ende de Asunción, unidas por el río- en el circuito comercial de la producción de plata, reconocido actualmente como el motor del intercambio en Sudamérica durante los siglos que duró la dominación española.

En 1580, Garay, junto con algunos habitantes santafesinos, marchó hacia la boca del Río de la Plata a establecer una ciudad que mirara hacia el Atlántico, para completar el plan de “abrir puertas a la tierra”.

En 1660, los santafesinos concretaron el traslado de la ciudad a su actual emplazamiento, su movimiento comercial tenía ahora un producto estrella: la yerba mate que bajaba de las misiones jesuítico-guaraníes y que, desde Santa Fe, satisfacía la demanda de las ciudades del noroeste y oeste. Y con el producido de su venta, facilitaba la llegada de los productos del comercio monopólico y el metálico, además de bienes generados en el mismo interior virreinal.

Los comerciantes de Asunción, muy pronto buscaron un modo más directo de vinculación con el núcleo generador del comercio: Lima. Con ese propósito, fundaron en la región chaqueña la ciudad de Concepción del Bermejo, que se enlazaba a través de “la senda” -camino aborigen- con la ciudad de Esteco, y desde allí seguía hacia la capital virreinal.

Pero la vida de la nueva ciudad fue muy corta, ya que cayó bajo la furia aborigen, tragedia a la que se sumó la destrucción de Esteco. Ambas pérdidas cerraron esta vía de comunicación por varios siglos.

A mediados del XVII, la yerba mate, motor del intercambio que se registraba a través de Santa Fe, arribaba en balsas guiadas por guaraníes y se cargaba en carretas que la distribuían en las ciudades del interior hasta Lima. También en el sur, la recibía Buenos Aires, y en todas había una importante demanda.

Conforme una solicitud de los jesuitas de las Misiones, en 1662 se dictó una Real Cédula que obligaba a concretar este transbordo en Santa Fe, y a los marineros guaraníes a regresar a sus sitios de origen.

Al finalizar el siglo XVII, los comerciantes de Buenos Aires procuraron una salida encubierta al río, ya que estaban imposibilitados de atraer barcos a su propio puerto por la prohibición que le imponía el régimen comercial español, basado en el monopolio y la ruta de flotas y galeones. Ese puerto se instaló en la desembocadura del río de Las Conchas, justo frente de la recién instalada Colonia del Sacramento, enclave portugués al que llegaban mercaderías de todos los orígenes, y que ese reino traficaba en sus embarcaciones.

La ciudad de Santa Fe, con sus hombres y armas, tuvo que contribuir al desalojo militar de la Colonia, faena que cumplió con éxito, y de la que no obtuvo más que prisioneros franceses y portugueses que no podían ser utilizados en servicios. Además, a poco del triunfo, recibió la mala noticia de que, mediante una negociación realizada en Europa, la Colonia le había sido devuelta a Portugal, y que en corto tiempo volvería a ser aliada del puerto porteño de Las Conchas, en perjuicio de Santa Fe.

Por otra parte, al iniciarse el siglo XVIII, los avances aborígenes lograron poner en jaque a Santa Fe al reducir brutalmente su espacio productivo a través de acciones que afectaban a las estancias localizadas al norte de la ciudad.

El Cabildo santafesino efectuó numerosas gestiones ante las instancias administrativas -próximas y lejanas- en procura de los medios que le permitieran repeler militarmente las invasiones. Una de ellas, que llevó a cabo Antonio Fuentes del Arco en España, fructificó en una Real Cédula de 1726 que imponía arbitrios sobre los productos y las cargas que se intercambiaban en Santa Fe, puerto al que se le reconocía la condición de centro del comercio de Paraguay, Perú y Buenos Aires. Los recursos recaudados debían destinarse a la paga de soldados y a instalar un fuerte en Cayastá.

Otra gestión, en 1743, realizada por Juan José de Lacoizqueta, se coronó con la Real Cédula, ratificatoria de la importancia que se le asignaba a Santa Fe, dándole ahora la condición de “puerto preciso” para el comercio que bajaba del Paraguay.

Sin embargo, a pesar de tales reconocimientos, el Cabildo santafesino afrontó una larga y permanente acción de control y denuncia por la evasión que realizaban las embarcaciones paraguayas, que procuraban eludir el puerto santafesino y llevar sus cargas a Las Conchas y, en menor medida, a puertos irregulares en el Partido de Los Arroyos. En estos reclamos, el Cabildo de Santa Fe fue un foro de debate en el que se hablaba del comercio que Buenos Aires le había “usurpado” mediante el no habilitado puerto de Las Conchas.

La lucha administrativa y el control eran desparejos, la ciudad de Santa Fe veía crecer sus perjuicios, no podía recuperarse del peligro aborigen, y, entre tantas penurias, se sumaba la pérdida de pobladores que se marchaban a vivir al sur o a la otra banda, en procura de sitios más seguros. Paradójicamente, lo eran porque Santa Fe operaba como valla de contención de los malones.

Las medidas contra los barcos que violaban las normas llegaron a ser drásticas, como quitarles los timones para que no pudieran navegar. Eran barcos paraguayos los que eludían el puerto preciso, pero eran de Buenos Aires los comerciantes que recibían las mercaderías para traficarlas.

En abril de 1744, sostuvieron los cabildantes ante el gobernador que “se sirva de restablecer el comercio que, antes de la estrechez que esta ciudad experimentó, gozaba, y que le usurpó insensiblemente la opulencia y la grandeza de la de Buenos Aires, que, no satisfecha con el corpulento comercio que tiene con los géneros de España y otros propios de aquel país ha procurado inmediatamente atreverse... a los del Paraguay”.

Mientras el puerto era invalidado por este contrabando recurrente, los santafesinos incrementaban, a valores consistentes, el antiguo comercio de mulas para las minas del Perú. La ciudad siguió afrontando con templanza penurias que por largos años no se resolverían; peor aún, se agravarían.

Entre tanto, un nuevo punto estratégico había sido instalado en la desembocadura del Río de la Plata en el Atlántico, el fuerte de Montevideo, pronto ciudad y puerto, que se convirtió en una plaza competidora del dominio comercial de Buenos Aires.

El final del apoyo limeño fue otra desventaja para Santa Fe. La creación del Virreinato del Río de la Plata, que le asignó la sede a Buenos Aires, convirtió a esa ciudad en cabecera de una amplia jurisdicción y abrió su puerto al comercio con España.

Con el nuevo poder, pronto le restó territorios a la jurisdicción del Cabildo santafesino, e instrumentó el plan que llevó a cabo Tomás de Rocamora, con el que ingresaron a la jurisdicción de Buenos Aires las tierras del “entre ríos”, de las que los santafesinos eran sus pobladores originales y donde poseían sus mejores estancias.

Finalmente, un día, frente a la caída del reino de los Borbones a manos de los ejércitos invasores de Napoleón, surgieron movimientos diversos en el virreinato, hasta que Buenos Aires, con su reclamo de Mayo de 1810, se hizo dueña de la emancipación e impuso reglas a todos los pueblos, actitud que ratificó la lógica del centralismo virreinal y que sostuvo con las armas.

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Caminos.

  • Mapa del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. 1609. P. Diego Torres, P. Luis Ernot 1632 o 1647, Cartas Anuas. Furlong, Guillermo. Cartografía Jesuítica.


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