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El arte y su mercado

Por J. M. Taverna Irigoyen

Se piensa bien al afirmar que el arte es para todos. Para que lo gocen, lo consuman, lo interpreten, todos aquellos que se sientan sensorial y sensitivamente atraídos por sus lenguajes. Claro está que también, por oposición, habrá quienes afirmen que el arte no es para todos. Para la posesión de todos. Y ahí, claro está, puede darse más de un disenso, con argumentaciones válidas. El arte es para quien lo siente y puede. Afirmación no del todo errada, si del mercado de los precios, por ejemplo, nos condicionamos. Y colateralmente y como una razón de causa a efecto, emergerán no pocos razonamientos, dentro de los que estará -casi como una resultante natural- el del coleccionismo.

No todos comprenden (o les resulta difícil entender) que la obra de arte es una mercancía. Y como tal, obviamente, tiene y merece un mercado propio. Así, el mercado del arte tiene escenarios y leyes propias. Que son generalmente espectaculares a nivel internacional, como todo aquello que arroja varios ceros monetarios, ocupa las primeras planas de los diarios y recorre caminos ascendentes difíciles de pronosticar. Así el mercado del arte es el mercado del arte, sin vueltas. Y en él -y por él- se destripan prestigios y genealogías.

El arte posee historia y en esa historia entra lo de ayer y lo de hoy. Difícil, por no decir incierto, es predecir sobre artistas, movimientos, épocas. Y la dificultad estriba no sólo en la calidad (y oportunidad) de unas y otros, sino a más en factores aleatorios, anecdóticos, de azar, que marcan casi jerárquicamente y destacan a estos sobre aquéllos, más allá de la creatividad en sí. Que si era acondroplásico o se cortó la oreja; que si se tiró de una ventana o llevó al suicidio a dos esposas, que si la droga signó su arte como una marca de orillo. La vida del artista, así, califica no pocas veces su obra a los ojos y la valoración de sus contemporáneos. Hecho extraño pero cierto; discutible pero frecuente. Innegablemente, la creación está de pie en todos y cada uno de ellos y es condición sine qua non, tanto como la originalidad con la que se formule. Pero el otro viento a favor (no buscado, por cierto) hace lo propio y contribuye a la formación de mitos. Que tanto importan, o suman, en este frenético mercado del arte.

El trípode de artista, marchand y público hará lo propio para que el mercado no decaiga y mantenga viva su llama. A veces, con atendible razón, se sostiene que el mercado del arte es una fantasía. Sucede, en casos, que un sector determinado “descubre” y entroniza a un artista, como ocurrió con el colombiano Botero, sus gordas y los narcodólares y entonces los precios llegan a las nubes. Sucede en otros que un determinado maestro es falsificado sin clemencia y, al no contrarrestarse debidamente las acciones delictivas, la obra deja de interesar y desaparece de los mercados. También la prolificidad de algunos artistas, que inundan la plaza, mengua el interés inicial y el mercado vira. Aquí llega otro interrogante: ¿la obra de arte como goce o inversión?

Los girasoles “de oro” de Van Gogh y sus lirios “de platino” constituyeron, hace algo más de dos décadas, la explosión del mercado de fin de siglo XX. Eran la respuesta al milagro japonés. Después vinieron los Picasso de la época azul y los Matisse y los Giacometti y los Mondrian y los Klimt . Entonces dieron presente los petrodólares de los Emiratos árabes. En este siglo XXI la paleta de los americanos deslumbra y convulsiona a los coleccionistas mayores. Que un Rothko alcance 60 millones de dólares no es algo que hoy sorprenda más allá de lo factible. Aunque éste sea el tiempo de otro enfant terrible, Jeff Koons, cuya cotización en subastas alcanza y supera los 68 millones de la misma moneda. Andy Warhol no deja que decaiga la mitología pop y continúa en carrera, después de tres décadas. Y mientras los chinos acceden a pujar por sobre los árabes, la aventura continúa con nombres europeos: Freud, Bacon, Tapies, Beuys.

Sotheby’s, Christie’s asumen el protagonismo de que el mercado del arte continúe en su camino de estimular y divulgar expresiones. Usted lo ha dicho: a su manera. Pero divulgar y promover en el plano internacional a artistas que representan épocas, historias, países, tradiciones o rupturas sociales. En 2014, el boom global de las ventas arrojó la cifra de 51.000 millones de dólares. En nuestro país, por razones que habría que analizar en profundidad y no obstante contar con artistas del mayor nivel latinoamericano, algo menos de 20 millones de la misma moneda.



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