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Insectos y alimañas en la literatura - Escenarios & Sociedad Escenarios & Sociedad

El incidente literario

Insectos y alimañas en la literatura

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De la serie “Los caprichos”, de Francisco de Goya.

Foto: ARCHIVO EL LITORAL

 

Santiago de Luca

El mundo de los insectos, de los arácnidos y de diferentes e imprecisas alimañas parecería, en una primera e insuficiente aproximación, el más alejado del exceso de lenguaje que representa la literatura que se aparta de lo meramente útil y funcional. Pero las cosas no son tan directas ni mecánicas y la escritura siempre ha interrogado a esta modalidad de la existencia, encontrando una sustancia con implicaciones filosóficas. Algo de insecto tendremos, ya que en lugar de seda producimos una red de palabras.

Manuel Inchauspe

En ese momento memorable de la poesía argentina que es el poema “La araña” de Inchauspe, el poeta comienza por la observación y registro del universo de una araña: “La veo asomarse en el orificio de un tronco podrido./ ¿Cuál es, exactamente, su mundo? No lo sé.”. Sin embargo, cuando el lenguaje se demora sobre los objetos y los seres, las cosas adquieren una dimensión simbólica y surgen los sentidos que brotan del choque de las palabras con las cosas. De este modo, al final del poema, los movimientos y las pausas de la araña terminan interrogando al poeta y a los lectores sobre su propio mundo: “Como nosotros, a veces, en medio de la oscuridad/ y de las palabras/ ella, la araña, emerge de pronto hacia la luz/ y se aquieta de golpe/ atenta a todas las vibraciones/ de la red.”. También el poeta inglés William Blake, en 1794, identificó su destino con el de una mosca a la que su mano le había dado fin: “¿No soy yo/ una mosca como tú?/ ¿O no eres tú/ un hombre como yo?”.

Horacio Quiroga

Hablando despreocupadamente en un bar con un amigo, donde suceden las cosas que importan, me recordó el cuento de Quiroga “El almohadón de plumas”. Este título simple es literariamente eficaz. No describe sólo un objeto sino que sugiere el mundo oculto donde se va a desarrollar una existencia atroz y donde se va a extinguir otra. El punto de contacto. Una pareja recién casada pero en una casa hostil que preanuncia el surgimiento de la alimaña, la joven esposa cae enferma sin explicación. Una de sus alucinaciones con un antropoide apoyado en la alfombra sobre los dedos intenta dar nombre a aquello que no tiene forma y está fuera del campo de la visibilidad. Pero fracasa y ya no se levanta. Se acercan los dos mundos en el relato y se prepara la colisión. Hombres y alimañas, cada uno con sus propios recursos. Una especie de parásito se desarrolla hasta la monstruosidad gracias a la succión de la sangre de la esposa que no puede escapar a la muerte. El marido observa manchas de sangre sobre el almohadón y descubre el monstruo: “Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas, velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca”. No hay explicación, sólo la irrupción de este mundo bestial en la geometría de una casa de columnas y mármol. No hay higiene posible que pueda erradicar estos insectos y parásitos porque, como enseña “La peste” de Albert Camus, la bacteria se aloja en el interior del corazón de los hombres.

Franz Kafka

¿Un escarabajo? ¿Una cucaracha? El texto no aclara del todo cuál es el animal en que se convierte gradualmente Gregor Samsa y mantiene una sabia ambigüedad. Sin embargo, lo que fue un quiebre simbólico (el incidente literario) y que aún sigue proyectando su fertilidad es la primera frase que abre el texto y que contiene toda la musicalidad y animalidad que luego se desarrollará: “Al despertarse Gregor Samsa una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama transformado en un monstruoso insecto”. Luego, con una dosificada maestría, se irá bordeando esta animalidad que crece en el interior del personaje hasta fusionarse con él. Se dirá que tiene un caparazón, un vientre abombado, gran número de patas, sustancias viscosas, y que ahora tiene la atracción por los alimentos podridos. También mencionará la pérdida del lenguaje humano, reemplazado por ruidos inarticulados. Pero la unión de los dos universos se da en el hecho de que hasta el final Gregor Samsa es una especie de insecto con conciencia, con inteligencia íntima: “Pensaba en los suyos con cariño y emoción (...). Vio todavía despuntar el alba tras los cristales. Después, contra su voluntad, su cabeza cayó al suelo y sus orificios nasales exhalaron el último aliento”. La comunidad entre las personas y estas alimañas no resulta posible.

No es la moraleja o la tesis consciente de que se quiere transmitir lo más significativo en la literatura. El hecho de que Gregor Samsa una mañana se despertó convertido en un insecto es lo que nos sigue asombrando. Por supuesto que está la dimensión metafórica donde se puede rastrear el conflicto entre el padre y el hijo. Pero esa especie de escarabajo pelotero es lo que nos toca íntimamente. Y su prehistoria humana. Al principio se menciona una estampa de una dama con sombrero en un marco dorado. Imaginemos un color para el sombrero. Verde o azul. Y una letra o nombre para la mujer. L, S o Milena. Kafka confesó que los fantasmas le bebían los besos que enviaba por escrito. Entre el amor congelado en una foto, con sus colores y palabras, y la rigidez de las paredes de un cuarto se crea el medio propicio para que nazca este insecto hecho de palabras y viscosidad.



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