Daniel Melingo en los Lunes del Paraninfo

El último performer

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Con la voz cascada, la mirada revirada y el gesto taimado, compone un personaje que se parece a la suma de los que salen de sus versos.

Foto: Manuel Fabatía

 

Ignacio Andrés Amarillo

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Los Lunes del Paraninfo volvieron con todo, en una versión concentrada (son tres conciertos este año, porque el cuarto lunes cae feriado). Pero con la incorporación de soportes locales en cada edición, como en los viejos tiempos de la dupla Bergesio-Milanesi, dirían los memoriosos.

Hechicero

Así, la apertura para el show de Daniel Melingo estuvo a cargo del Tavo Angelini en formato acústico, aunque con una backing band más parecida a la de los “Eléctrico-Domésticos” (el próximo es en dos semanas) que a la del semiacústico en Regatas: Franco Bongioanni y Cristian “Matt Hungo” Deicas, en guitarras; Javier “Mono” Farelli, en percusión; Florencia Di Benedetto, en voces y arreglos de cello (“de Valeska Oleksak a Flor de nuevo”, habrá pensado algún antiguo fan de Azur); Georgina Prendes, en cello, y Nicolás Bordón, en acordeón, rotando alineaciones según las necesidades de cada canción.

Convocado seguramente porque es el único capaz de empardar el histrionismo del artista central, el vocalista se mostró protagonista pero relajado, más apoyado en sus dotes vocales y en la relectura de las canciones.

Arrancó con “Helena”, siguió con una versión sutil de “Huesos”, subió un poco la intensidad con “Hechicé”. Con el acordeón llegó un “Colastiné” espeso y la frescura erótica de “Nunca te olvidaré”. Pasó por una versión particular (con intro casi jazzística) de “Aún no vine”, en cuarteto, antes del cierre con una “Rosa cuvée” hecha de arpegios místicos.

Personaje de milonga

Ése fue el momento del artista principal. Daniel Melingo, el ex Abuelo de la Nada devenido en figura de la cultura del tango “y alrededores”: como Acho Estol y el Tape Rubín, Melingo parece haber descubierto que si el tango tiene algún destino es a partir de la canción, del hecho de poder decir algo. Quizás porque los tres vienen de otras tradiciones, y la cultura tanguera les aporta pero no les pesa: así pueden cruzar ese acervo con el chamamé, el candombe, el rock y el jazz.

Pero lo que lo hace peculiar a Melingo es su acercamiento como performer total: con su estampa de malevo globalizado (fedora ladeada como chambergo, chaleco con chaqueta zoot suit, todo de negro), con la voz cascada, la mirada revirada y el gesto taimado, compone un personaje que se parece a la suma de los que salen de sus versos: linyeras, presos demasiado finos, viejos guapos rodeados de “cocotes”, champán y “milonga” de la que no se baila.

Con la “Obertura linyera” (que tributa al tema homónimo, el cual también da título al último disco del solista), salieron en pleno Los Ramones del Tango: Muhammad Habbibi, en dirección y guitarra eléctrica; Patricio Cotella, en contrabajo; Gustavo Paglia, en bandoneón; Pedro Onetto, en piano; Juan Ravioli, en bouzouki (sí, esa especie de mandolina griega), teclado y guitarra acústica, y Gonzalo Santos, en guitarra criolla , trompeta y flügelhorn.

Corazones de avería

“Garrapatea” arrancó como un tango doliente y arrastrado, mientras que en “Televidente de la vida” el performer miró fijo al público (“qué te importa que te miren si sos un espectador”). “Noche transfigurada” y “Leonel el feo” salieron enganchadas en tiempo de milonga, con Habbibi tocando el serrucho con arco en la segunda, dedicada a Edmundo Rivero.

“De todo y para dos” llegó con la alegórica letra de Luis Alposta, mientras que la carcelaria “La novia” vino como un valsecito cruel, antes de una versión algo dark de “Volver a los 17”, de Violeta Parra.

Ahí, Los Ramones del Tango quedaron a solas para encarar la “Candonga” instrumental (oriental pero con el bouzouki bien presente), antes de que Melingo volviera para ponerle el cuerpo a “Juan Salvo, el Eternauta”, la jazz ballad que coescribió con Florencia Bonadeo: un homenaje al ex jugador de truco de Vicente López, con trompeta y su primer solo de clarinete. Un poco en esa línea, poniéndose más porteño, desgranó “Ecco il mondo”, con otro de sus personajes oscuros y el clarinete tan rasposo como su voz.

“Negrito” fue un remanso de inocencia, casi una canción de cuna antes de “Corazón & hueso”, llevada por la guitarra de Santos, que después invitó al ritmo de chamamé para entrarle a “Sin luna”, seguida por (en el mismo género) la pícara “Julepe en la tierra” (con onomatopeyas incluidas).

Almas perdidas

De nuevo en tango machacón, fue el momento de “Muleta de borracho”, con Melingo descalzándose un pie para entonar “Tengo una piedra en el zapato y me molesta...”. Para “La canción del linyera” (con algo de gypsy jazz) se puso la rotosa galera que estaba tirada a su lado en el escenario y revoleó a la audiencia la media que se había sacado.

“En un bondi color humo” cayó como otra milonga áspera y lunfarda, a lo Rivero (también letra de Alposta). Marcando una clave ternaria con el pie descalzo (sobre una plataforma dispuesta a la vera del escenario) el performer invitó al público a acompañarlo con las palmas en su tramo final, acostado sobre el piso, jugando con la cumbia y la milonga para abrir “Narigón”, historia de un cocainómano.

En ese momento, cuando las luces comenzaron a prenderse, el actor se sacó (un poco al menos) el personaje de encima, hizo la reverencia y se fue... hasta la próxima función.