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Edición del Jueves 28 de mayo de 2015

Edición completa del día

La letra hospitalaria

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“La traducción y la letra o el albergue de lo lejano”, de Antoine Berman. Traducción de Ignacio Rodríguez. Dedalus Editores. Buenos Aires, 2014.
 

Por Silvio Cornú

Antoine Berman, crítico y filósofo de la traducción (Francia, 1942-1991) se destacó ampliamente en este campo a través de ensayos y versiones del alemán, del inglés y del español. Vivió en la Argentina cinco años, a partir de 1968 y tradujo, entre otros, a Roberto Arlt y Roa Bastos.

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“San Jerónimo”, de Hendrick van Somer.

La traducción y la letra o el albergue de lo lejano comprende, en su primera parte, una transcripción ligeramente retocada del seminario que Berman dio en 1984 en el Collège International de Philosophie, asentado en una crítica a las teorías tradicionales sobre la traducción. En la segunda parte, el autor ofrece un análisis de traducciones reputadas literales, “para delimitar mejor el trabajo sobre la letra inherente al acto de traducir, desde el momento en que recusa su figura canónica de servidor del sentido”. Berman sustenta su filosofía de la traducción en la experiencia. “Experiencia, al mismo tiempo, de ella misma, de su esencia”. Es decir, la traducción como sujeto y objeto de un saber propio, ya no concebido como una subliteratura, una subcrítica o una lingüística o poética aplicadas. Experiencia y reflexión, ya que la traducción, según Berman, puede prescindir de teoría pero no de pensamiento, “y ese pensamiento se efectúa siempre en un horizonte filosófico”.

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“San Jerónimo”, de Caravaggio.

Polémicamente, Berman insiste sobre una “traducción literal”, lo cual, como él mismo advierte, puede crear una confusión entre la “palabra” y la “letra”, ya que él concibe traducir la letra de un texto como algo no equivalente a la traducción palabra por palabra. El trabajo sobre la letra no es calco o reproducción, “sino atención dirigida hacia el juego de los significantes”.

El autor critica los tres rasgos que han caracterizado tradicionalmente a la traducción occidental, el hecho de que se la considere culturalmente etnocéntrica, literariamente hipertextual y filosóficamente platónica. Rasgos que ocultan su esencia más profunda, ligada a la “letra”: el ser simultáneamente ética, poética y pensante. Una traducción etnocéntrica es la que lleva lo extranjero a su propia cultura, a sus normas y valores. La traducción hipertextual busca engendrar un texto por imitación, adaptación o cualquier otra especie de transformación del texto de partida. La traducción etnocéntrica nace en Roma. La cultura romana es una cultura de la traducción, todo el corpus de los textos griegos es traducido por los latinos en una suerte de amplio sincretismo. Especulaciones sobre este proceso pueden encontrarse en Cicerón y en Horacio, pero la regulación más sostenida correspondió al cristianismo romanizado de San Jerónimo. A la política romana de anexar territorios y culturas por plagio, préstamo o sincretismo, el imperativo del latín cristiano tendrá un afán ecuménico, para llevar a todos lados la palabra divina: “y todos se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas diferentes, tal como el Espíritu les concedía expresarse” (Hechos de los apóstoles, 2-4).

Berman interpreta en toda esta concepción una filosofía de neto corte platónico, en cuanto el “sentido” es considerado como una pura idealidad, un invariante logos pasible de ser traducido. Pero privilegiar por completo el sentido implica dejar de lado la letra, “la fidelidad al sentido es obligatoriamente una infidelidad a la letra”.

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“San Jerónimo”, de El Greco.

Berman propone una “analítica de la traducción” y sostiene que, para evitar la “deformación” de los textos, el traductor debe trabajar en lo más materno de su lengua materna, como realidad abierta en la que descubra la cercanía entre todas las lenguas y su parentesco no filológico ni lingüístico, para lograr de este modo una recepción hospitalaria del texto extranjero. De ahí la metáfora de la lengua propia como “albergue” del texto extranjero.

En la segunda parte del libro, la delimitación de una ética de la traducción, y el análisis de las versiones de Hölderlin (Antígona y Edipo Rey, de Sófocles), de Chateaubriand (El Paraíso perdido, de Milton) y de Klossowski (Eneida, de Virgilio), y la comparación de “re-traducciones” ejemplifican y corroboran los principios desarrollados en la primera parte.

Esta primera edición en español del texto de Berman fue traducida con pericia y amable “hospitalidad” por el argentino Ignacio Rodríguez.

“San Jerónimo”, en la pluma de Francisco Javier de la Rosa.


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“San Jerónimo”, en la iglesia de Coronda, provincia de Santa Fe.

 



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Jueves 28 de mayo de 2015
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