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Los vicepresidentes: desde Pelagio Luna a Amado Boudou - Opinión Opinión

CRÓNICAS DE LA HISTORIA

Los vicepresidentes: desde Pelagio Luna a Amado Boudou

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En 1916, y gracias a la aplicación estricta de la Ley Sáenz Peña, Hipólito Yrigoyen llega a la presidencia de la Nación después de un cuarto de siglo de conspiraciones y prédica política. Lo acompañará en la vicepresidencia un hombre acorde con su estatura política. Se trata del radical riojano Pelagio Baltasar Luna, político fogueado en todas las patriadas radicales y de una moral pública irreprochable. Luna -dicho sea de paso, fue tío del historiador Félix Luna- ejerció su función hasta 1919, año en que murió cuando apenas tenía 51 años.

No es el único vicepresidente que se le muere a don Hipólito. En 1928, en el célebre “plebiscito” que le permitió a la UCR obtener el porcentaje de votos más alto de su historia, lo acompañará en la fórmula Francisco Beiró, otro radical de larga data. Beiró compartió con sus correligionarios los sabores del triunfo, pero murió antes de asumir el cargo, motivo por el cual fue designado vicepresidente el radical cordobés Enrique Martínez. De Martínez se dijo, pero no sé si está verificado, que en septiembre de 1930 los militares golpistas lo tentaron para sumarlo a la conspiración contra Yrigoyen. Si así fue, la tentación culminó con un gran fiasco, porque apenas renunció Yrigoyen, el poder lo asumió Uriburu y a Martínez no le quedó otra alternativa que volverse a su casa silbando bajito.

Pero continuemos con la cronología pendiente. En 1922, asume la presidencia Marcelo T. de Alvear. Fue el único caso de un presidente que se enteró en París de que había sido elegido por el pueblo argentino. Cosas del niño Marcelo. Yrigoyen suponía que Alvear tranquilizaba el frente militar bastante alborotado luego de los acontecimientos de la Patagonia y la Semana Trágica y, al mismo tiempo, impedía con una candidatura sin ninguna gravitación interna, perder el control de las riendas del partido.

Como para asegurarse, designó como vicepresidente a Elpidio González, un radical yrigoyenista de paladar negro. Según se dice, don Hipólito suponía que el niño Marcelo no iba a soportar el trabajo intenso de la presidencia, motivo por el cual renunciaría a los pocos meses y Elpidio, es decir Yrigoyen, se haría cargo del poder. Demás está recordar que se equivocó en toda la línea.

Después del golpe del 6 de septiembre de 1930, Uriburu intenta consolidar una dictadura de tipo corporativa, intento que fracasará en toda la línea. Con las idas y venidas del caso, para noviembre de 1931, al régimen no le queda otra alternativa que convocar a elecciones. Como para evitar sorpresas desagradables, los operadores conservadores inventarán el llamado Fraude Patriótico.

A Agustín Justo lo acompañará como vicepresidente Julio Roca (h), más conocido en los mentideros políticos como Julito, porque Julio había uno solo. Julito será uno de los firmantes del famoso tratado comercial con Inglaterra conocido popularmente como “Tratado Roca-Runciman”. El acuerdo fue polémico, pero le permitió a los nacionalistas de izquierda y derecha entretenerse de lo lindo hablando pestes de la entrega de la soberanía nacional.

En 1938 es elegido presidente por la Concordancia el radical antipersonalista y ex ministro de Alvear, Roberto Ortiz. Lo acompaña en la ocasión el dirigente conservador catamarqueño Ramón Castillo. Como se sabe, Ortiz intentará iniciar un proceso de regeneración de las prácticas políticas. Cuenta para ello con el apoyo de Alvear e incluso del propio Justo.

Lamentablemente, este generoso esfuerzo de Ortiz fue saboteado por su propia salud. Por supuesto, sus enemigos se aprovecharon de las desgraciadas circunstancias para hacerle pagar caro su atrevimiento. Ortiz renunció a la presidencia agobiado por la diabetes y, a través del Castillo, regresarán al poder los conservadores que consideraban que en las circunstancias aciagas que le tocaba vivir a la República el fraude era, en el peor de los casos, un mal necesario.

El 4 de junio de 1943, un golpe militar-clerical y de discretas pero firmes simpatías con el Eje, se hace cargo del poder. Esa experiencia castrense dará lugar al nacimiento del peronismo, constituyéndose así en el único golpe de Estado que pudo forjar su propia salida política. Con el apoyo de las Fuerzas Armadas y de la Iglesia Católica, más la movilización de la clase obrera, el peronismo se presentó en las elecciones convocadas por el régimen en febrero de 1946. Acompaña a Perón, Hortensio Quijano, un pintoresco caudillo radical correntino, uno de los pocos que Perón pudo convencer acerca de los beneficios de esa suerte de “transversalidad” practicada por el peronismo desde su nacimiento.

Quijano fue una vaga sombra, un personaje deslucido y en algún punto, grotesco. En 1952, y descartada por diferentes motivos la candidatura de Evita para la vicepresidencia, Perón opta otra vez por Quijano, quien muere a los pocos meses de asumir el poder. Aquí ocurre un hecho novedoso. Perón convoca a elecciones para vicepresidente. Si esto estaba contemplado por la Constitución es un detalle menor, sobre todo para el peronismo de aquellos años.

Lo cierto es que en 1955, Teisaire es el candidato puesto por el peronismo para competir con el dirigente radical bonaerense Crisólogo Larralde. La elección la ganó Teisaire de punta a punta. Durante la campaña el hombre hizo gala de la más abierta obsecuencia, un dato a destacar porque apenas ocurrió el golpe de Estado de la llamada Revolución Libertadora, el caballero descubrió que Perón era algo así como un peligroso delincuente con manifiestas perversiones sexuales. Lealtad peronista que le dicen.

Se sabe que el presidente de la Revolución Libertadora fue el general Eduardo Lonardi, cargo que desempeñó hasta noviembre de 1955. Su lugar será ocupado por el general Pedro Eugenio Aramburu y el vicepresidente en la ocasión será el bondadoso almirante Isaac Rojas, la versión más enconada y “gorila” de un golpe de Estado que se jactaba de ser “gorila”.

En 1958, llega a la presidencia de la Nación Arturo Frondizi acompañado por Alejandro Gómez. No va a durar mucho. A las primeras discusiones sobre temas tales como los contratos petroleros o la enseñanza libre, Gómez debió renunciar, motivo por el cual cuando Frondizi fue derrocado en marzo de 1962, quien asumirá el poder, a través de una maniobra algo grotesca, será el senador José María Guido.

En 1963 el vicepresidente de Arturo Illia será el dirigente radical entrerriano, Humberto Perette. Su vicepresidencia, como se dice en estos casos, pasó sin pena ni gloria, algo que, según se mire, más que un defecto para clamar al cielo, bien puede ser considerada una virtud.

Y así llegamos a 1973 con la fórmula “postiza” de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima. Solano Lima fue un clásico dirigente conservador de la provincia de Buenos Aires, alguien que después de la Libertadora descubre que las mejores banderas del conservadorismo las expresa el peronismo. Como se sabe, Cámpora duró pocos meses en el poder y el venerable Solano Lima corrió la misma suerte.

En septiembre de 1973 el general Perón nos va a obsequiar a los argentinos con la candidatura de Isabel Martínez, su amantísima esposa. Perón murió el 1º de julio de 1974 y el sillón de Rivadavia fue ocupado por su viuda, quien llegó a ese cargo ya no de la mano de su marido, sino de su íntimo colaborador: José López Rega.

Concluyo en este punto la saga de los vicepresidentes, porque estimo que lo que viene a partir de 1973 es historia más conocida.

Víctor Martínez lo acompañará a Raúl Alfonsín; Eduardo Duhalde y Ruckauf son los vicepresidentes de Menem; Chacho Álvarez, con portazo incluido, es el vice de De la Rúa y el honorable Daniel Scioli integra la fórmula con Néstor Kirchner. Después le tocará el turno al radical mendocino Cleto Cobos y su curioso protagonismo con el llamado voto “no positivo”. Y, finalmente, arribamos a la máxima consagración de este controvertido cargo: Amado Boudou, sobre el cual en homenaje al secreto del sumario es conveniente no decir una palabra.

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com



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