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La historia de la “niña maestra” y el señor que no sabía leer - Educación Educación

Pilar tiene 11 años y le enseña a su vecino de 59

La historia de la “niña maestra” y el señor que no sabía leer

  • Ella, una niña solidaria. Él, un hachero chaqueño que nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela. El singular diálogo intergeneracional, con foco en la alfabetización, ocurre en Colastiné Sur.
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Diálogo. Dos generaciones conectadas por la alegría de enseñar y aprender.

 

Mariela Goy

mgoy@ellitoral.com

Twitter: @marielagoy

Rafael tiene 59 años, nació en Chaco y se crió siendo hachero. La escuela le quedaba “como a siete leguas” de distancia, por lo que nunca aprendió a leer ni escribir. Tampoco es que le hiciera falta en esa vida de sacrificios en el monte. Un trabajo golondrina lo vino trayendo a la provincia de Santa Fe y desde hace tiempo está radicado en Colastiné Sur. En la vereda de su humilde casa, se encontró refunfuñando un día por unos trámites que no podía descifrar. “Justo venía pasando Pilar y le pedí que me los leyera”, recuerda el hombre. Pero la niña de 11 años, dueña de una personalidad despabilada, le retrucó con un desafío: “¿Querés que te enseñe a leer?”.

Así nació la relación entre Pilar Ponce de León, y su vecino Rafael Alegre. Desde el año pasado, el hombre se transformó en el alumno regular de la “niña maestra”. No hay día en que ella no se cruce hasta el hogar de su vecino para abrir el cuaderno y hacerlo repasar las letras.

“Ayer leí por primera vez un cartel yo solo. Decía: prohibido pasar. Y como no estaba seguro de si lo estaba leyendo bien, le pregunté a una señora y me dijo que sí... que ahí decía eso”, cuenta Rafael a El Litoral, con una sonrisa de oreja a oreja.

Mientras, por el camino de tierra, viene llegando a la entrevista Pilar, con la mochila nueva que le regalaron en el Concejo Municipal por su tarea solidaria. Aunque vive enfrente de Rafael, por estos días debe dar vuelta a la manzana para no ensuciarse las zapatillas. Las calles de Colastiné Sur aún no se han secado del todo tras la emergencia hídrica.

“Un día me preguntó si podía leerle unos papeles de un remedio para animales y yo le pregunté si quería que le enseñe. A él lo discriminaban y para mí eso es algo feo. Entonces, para que lo dejen de discriminar, quería que él aprenda a leer y tenga con qué defenderse”, suelta la chica.

Rafael asentía a los dichos de su maestra. “Antes pensaba que nunca me iba a hacer falta leer. Yo iba a sacar el carné de conducir -porque manejé camiones, tractores, trilladoras-, y me lo daban así nomás. Ahora hay que rendir con una computadora, y yo ni sé qué es eso. A mí me discriminan cuando tengo que hacer trámites”, admite el señor. A su lado, su mujer Amalia, asegura que ella sí sabe leer pero le cuestan los números.

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Exigencias. “Me tiene cortito la Pilar”, se ríe su vecino y alumno.

“Es muy prolijo”

“Esa palabra todavía es muy difícil para vos”, prevenía Pilar a su vecino, que intentaba leer de corrido el título de fantasía de un libro. Lo compró la mamá de la niña y ambos estaban embelesados con sus hojas nuevas y dibujos brillantes.

“Los ejercicios que le doy, los invento yo nomás. Él no sabía nada de nada y ahora ya lee el abecedario completo. Estamos trabajando con las sílabas. Ayer le pegué unas figuritas en el cuaderno y él tenía que escribir al lado qué animal era, de qué color y qué hace”, cuenta la niña, que asiste a 6to. grado de la escuela pública Mariano Moreno.

“Estoy contento porque voy aprendiendo”, aclara el vecino, mientras muestra su cuaderno de estudio donde escribe palabras a repetición con lápiz y una letra bien pareja. “Es muy prolijo”, refuerza la niña, dando por aprobado el esfuerzo de su alumno, a quien “aún le cuesta la letra C porque la pronuncia como Q”.

Rafael aseguró que su maestra es exigente. “Me tiene cortito la Pilar (se ríe) ¡Ayer me hizo llenar dos hojas! Ella llega de la escuela, almuerza y a la siesta viene para acá y nos ponemos a estudiar por una hora más o menos. Me pone una palabra y la tengo que sacar. Los sábados y domingos también estudiamos, pero este fin de semana nos vamos a tomar vacaciones”, dice el hombre, que ya tenía previsto ir a la isla a chequear unos pocos animales que son el sustento de su familia.

“Se me van a reír”

Rafael no quiere ir a una escuela para adultos. “Pienso que se me van a reír al ser yo una persona mayor. Si se me ríen, por ahí me va a agarrar bronca y no voy a ir más. Con Pilar aprendo”, asegura.

La niña cuenta que Amalia la espera con “mate de leche” y tiene claro qué quiere ser de grande: arquitecta. Le encanta garabatear casitas con sus chimeneas en un papel y ahora ayuda a su primo -que estudia en la facultad- a hacer las maquetas de las entregas. Revela que también le gustaría ser maestra de apoyo para quiénes lo necesiten.

Así, sin pizarrones ni pupitres, Rafael y Pilar se van construyendo mutuamente como personas en ese “hecho educativo”, en ese diálogo intergeneracional de compartir la alegría por enseñar y aprender.

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Discriminación. “A él lo discriminaban y eso es feo”, dice la niña.

Fotos: Mauricio Garín

Reconocimiento

  • El concejal Sergio “Checho” Basile (UCR- FPCyS) convocó a Pilar y Rafael al Concejo Municipal donde les brindó un reconocimiento el jueves pasado. Pilar recibió de regalo una mochila y una lapicera con su nombre grabado, y Rafael un par de botas de goma. “Las necesito para ir a la isla, aunque cada vez voy menos porque los pulmones no me dan. El año pasado estuve muy enfermo. Por eso, les pedí a los concejales que me ayuden a tramitar una jubilación y a mejorar mi casa, que tiene mucha humedad”, solicitó el hombre, que fue hachero en el Chaco, recolector de duraznos en San Nicolás (sur de Santa Fe) y albañil en Rosario.

 



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