Edición del Miércoles 21 de setiembre de 2016

Edición completa del día

Crónicas de la historia (II)

Los hermanos Kennedy y el honor de ser valientes

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Rogelio Alaniz

A los hermanos Kennedy, sus paisanos les reconocían dos o tres virtudes distintivas: radicales de toda la vida, radicales “veneno”, radicales para quienes el golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 significó una afrenta que ningún hombre que se preciara como tal podía dejar pasar por alto; domadores, domadores de potros y de toros, domadores capaces de montar a pelo, pero también dueños de una habilidad proverbial para domar a los caballos de abajo, sin necesidad de montarlos, de palabra nomás, como debe ser; tiradores certeros, de una puntería infalible, con el revolver o con el rifle, lo mismo da. Todos en la región saben que los Kennedy donde ponen el ojo ponen la bala. Sus exhibiciones en las fiestas celebradas en la estancia son proverbiales: pueden apagar una cerilla desde veinte metros, disparan parados, sentados o acostados... y no yerran; los paisanos comentan en voz baja: “El que se mete contra los Kennedy muere”. Una exageración porque hasta las jornadas de enero de 1931, los Kennedy están limpios de sangre, como se decía entonces; no han matado a nadie y si alguna vez pelearon lo hicieron con los puños o con el rebenque, pero nunca dispararon contra nadie: son radicales, estancieros y argentinos, no pistoleros; son amigos de los amigos, les gusta compartir copas con los paisanos, de vez en cuando se entusiasman con alguna partida de póker, sus carneadas en las estancias son reconocidas en toda la región, les gusta bailar, cortejar mujeres y disfrutar de la buena música, por esas virtudes los respetan y los quieren. “Los Kennedy no conocen el miedo”, comentan los paisanos con admiración; pero, como dicen quienes lo conocen, Mario sencillamente no cree que el miedo exista.

Esa madrugada avanzan en grupo hacia la comisaría de La Paz. Los están esperando. Todos son hombres valientes; los de un lado y los del otro. Los milicos son criollos guapos, preparados para matar o morir, convencidos de que están cumpliendo con su deber y gauchos decididos a tomar la causa que defienden como una causa personal. Los Kennedy exigen que se rindan y por supuesto no lo van hacer; además, son más de veinte hombres bien armados y parapetados.

El llamado combate de la comisaría de La Paz se desarrolla en tres tiempos: con los centinelas, con el comisario y su asistente que los esperan en el escritorio, y con los veinte hombres agazapados en las galerías, entre las recovas y en los rincones del patio de la comisaría. El centinela dispara al bulto y es el primero en caer; un tiro en la frente, el tiro que será la marca en el orillo de los Kennedy; entre ceja y ceja y a mejor vida. Poco importa que sea de noche y que en algún momento se apague la luz; cada disparo de los Kennedy es un muerto.

Desde el escritorio de la comisaría, intentan resistir. Todo en vano. El comisario cae con un tiro en la frente y su asistente es herido en la mano y no le queda otra alternativa que rendirse. Desde los patios, empiezan a llover las balas; un gendarme es el que lidera de frente la balacera; dispara y se esconde, dispara y alienta a sus hombres. “Bajalo a ése, Mario”, le dice Roberto; Franco lo apunta con una linterna, es apenas la fracción de un segundo pero alcanza y sobra: el gendarme cae muerto con el consabido tiro en la frente; dos policías más son abatidos por Eduardo y Roberto. Los policías comprenden que ya es suficiente; que no tiene más sentido resistir. “El que se enfrenta a los Kennedy, muere”, decían los paisanos. Y estaba visto que no exageraban. Tomaron la comisaría a lo guapo; revólveres contra máuser, de hecho cuatro o cinco hombres contra más de veinte. Pero claro, son los Kennedy.

Después, la hidalguía de los vencedores. Hablan al hospital para que asistan a los heridos; el gendarme que peleó de frente y fue desarmado está en un rincón tratando de no desangrarse; no se queja y no pide ayuda, es guapo en serio, y los Kennedy respetan el coraje, incluso el de sus enemigos. Eduardo ordena al enfermero que lo atienda; el gendarme no abre la boca y no baja los ojos. “Sos valiente hermano -le dice Roberto- deberías ser de los nuestros”. Mario no es tan sentimental: “¡Qué ocurrencia, resistir tan bravamente para defender a la tiranía!”.

La revolución en La Paz triunfó en toda la línea. La ciudad está tomada por los revolucionarios. Pero allí concluyen las buenas noticias. Desde Concordia, informan que la revolución directamente no empezó; lo mismo dicen desde Curuzú Cuatiá y Goya. El balance es desolador: están solos. Controlan La Paz, pero el levantamiento armado contra la dictadura ha fracasado. Eduardo se comunica con el gobernador de la provincia de Entre Ríos, Luis Etchevehere, también radical, pero de los antipersonalistas. Se conocen, incluso son parientes. Amparo Kennedy, su hermana, está casada con Sebastián Etchevehere.

El gobernador les exige que se rindan, les promete un juicio justo y que no habrá represalias económicas. Eduardo le responde que no se van a entregar. Etchevehere insiste. Les dice que fueron traicionados, que los dejaron en la estacada, que fueron usados. Eduardo no da el brazo a torcer. El gobernador pierde la paciencia y amenaza: “Mando veinte hombres armados para que los capture”. La respuesta de Eduardo es inmediata: “Será si pueden”. La guerrea está declarada. Los Kennedy no se entregan. Van a pelear hasta el último cartucho.

Convocan a sus seguidores e informan cómo está la situación. La revolución ha fracasado, pero ellos no se van a entregar. Los paisanos los escuchan y vacilan. Eduardo retoma la palabra y tranquiliza a todos. “Ustedes váyanse, vuelvan a sus casas, a sus campos, a sus trabajos; nosotros nos hacemos cargo de todo”. Mario agrega: “Si los aprietan digan que nosotros los amenazamos y los obligamos a pelear”. No hace falta decir más. Los hombres se desparraman. Ahora, los tres hermanos están solos. Lo acompaña el sastre Papaleo que insiste en huir con ellos.

Mientras tanto, el gobierno nacional ha tomado cartas en el asunto. La orden es traer a los Kennedy vivos o muertos. Etchevehere habló de veinte hombres, pero son más de cien los que salen de Paraná con rumbo a La Paz, cien hombres armados hasta los dientes y seleccionados por su agresividad y su destreza. Desde la provincia de Corrientes, el interventor Atilio dell’Oro Maini se suma a la faena represiva y moviliza a las tropas correntinas. Dell’Oro Maini... caudillo de la Corda Frates en Córdoba durante los acontecimientos de la reforma universitaria. Clerical y conservador. Veinticinco años después, su nombre adquirirá relevancia nacional por ser uno de los voceros del proyecto de enseñanza libre auspiciada por una de las corrientes de la denominada Revolución Libertadora.

Los Kennedy mientras tanto marchan hacia el monte buscando los bañados y la ruta a Corrientes y el camino a Uruguay. Van armados hasta los dientes, pero están solos, solos contra el ejército, la gendarmería, aviación y la prefectura que les siguen el rastro. En el camino, nos vamos a cruzar con amigos que nos van a dar una mano, dicen. “Un Ave María Purísima y las puertas de los ranchos se abrirán”. “Eso nos diferencia de la dictadura -agrega Mario- nosotros tenemos amigos, ellos tienen sirvientes”.

“Nosotros nos hacemos cargo de todo”, le han dicho a sus seguidores. Son los jefes, pero son también los primeros en exponer el cuero. Conviene detenerse en ese detalle. Yo lo siento por mis escrúpulos de historiador, pero me resulta imposible no hacer las comparaciones del caso. Pienso por ejemplo en Firmenich, el jefe de los Montoneros, mandando a sus seguidores a morir en la llamada contraofensiva mientras él se quedaba en Europa disfrutando de las mieles del exilio. Los Kennedy hacen exactamente lo inverso: “Nosotros nos hacemos cargo de todo”. Y saben que no están hablando por hablar. Sus cabezas tienen precio pero sus bienes, sus campos, sus casas también lo tienen. Sin embargo, ninguna de esas consideraciones los detienen. Marchan hacia el monte, hacia el quebrachal, hacia los bañados, hacia los palmerales y las malezas. “Dejalos nomás que vengan -le dijo Eduardo a Bosch- acá en el monte vamos a ver quién es más guapo”.

(Continuará)

“Un Ave María Purísima y las puertas de los ranchos se abrirán”. “Eso nos diferencia de la dictadura -agrega Mario- nosotros tenemos amigos, ellos tienen sirvientes”.

“Nosotros nos hacemos cargo de todo”. Y saben que no están hablando por hablar. Sus cabezas tienen precio pero sus bienes, sus campos, sus casas, también lo tienen.



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