Edición del Jueves 22 de setiembre de 2016

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César Bisso, testigo y memoria de Coronda

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Este viernes 23, a las 20, se presentará “Un niño en la orilla”, de César Bisso, en el Salón Oreste Mosconi de la Sociedad Argentina (Coronda). Se trata de un espectáculo Poético Musical con participación de músicos (el bandoneonista Walter Ríos), Coro Polifónico Municipal y el Ballet Renacer. foto: archivo

 

Por Julio Luis Gómez (*)

Con la memoria por testigo, y la mirada del poeta, César Bisso vuelve en “Un niño en la orilla”, su último libro publicado, al tiempo y a la tierra de su primera infancia, Coronda, para vivirse nuevamente, en un presente, renovado y recordado a un tiempo, haciendo cierto, una vez más, aquello que él mismo nos dijera, en el pórtico de “Las trazas del agua”, obra suya escogida hasta entonces, en el sentido de que “cada poema representa un instante no perdido”.

Dos alas fundan y sostienen esta revivificación reminiscente del poeta: “Cerca” y “Lejos”, partes ambas, que, en su integrado conjunto, y no cerradas en sí mismas, constituyen el poemario con el que Bisso, regresa y vive en esa “orilla” de su título que es la de la vida misma, fluyente y arremansada a un tiempo, como la del río, abierta en revelaciones para el niño, ya hombre, por donde la palabra que lo habita, lo conduce al encuentro de lo que él mismo ha denominado, con clarísima conciencia del misterio que el poema intenta develar siempre, como lo “indecible”.

Dos poemas, de título y desarrollo más que significativo: “Génesis” e “Identidad”, primero y último, respectivamente, en la organización del texto todo, encuadran y exhiben la visión del poeta para quien, como para todo hombre debiera poder serlo, es en la raíz originaria en la que el ser de cada uno se encuentra y reconoce a sí mismo sabiendo quién es, en suma, y esclareciendo su destino en presente y en futuro.

En “Cerca”, Bisso presentifica aquel tiempo de su primera infancia que decíamos en poemas que nos la recupera tan vívida que bien podemos afirmar que, con él, y llevados de su mano, entramos y estamos en ese mismo escenario y esos mismos días de hechos, sucesos y personajes que, por el oficio de su canto, allí vuelven. Una poesía dicha desde esa hora de la vida en la que el dolor, la pena de ausencia, la muerte, aún no han sido. Basta leer textos tales como “Un juego inoportuno” en el que el niño protagonista no advierte aún el peligro que lo acecha, visto sí desde la protectora mirada de la madre, porque para él, “es un juego la vida”. Pero no todo es ingenuidad. Lenta, vislumbradamente, el niño sospecha ya de la pérdida. La muerte de la yegua Laika, a la que con su hermana mayor amaban y lloran, y la degollación del “corderito compañero”, Teque, que aún “gime” en su sueño, ponen rumbo hacia la dura experiencia de los desarraigos, que en la partida de su pueblo, Coronda, y la incógnita de su camino venidero, halla punto de inflexión máxima: “No existe ceremonia más desapacible/ al momento de convertir el adiós/ en desprendimiento de manos y almas.// Soy un niño que llora frente al río/ y posterga su mudanza hacia lo velado,/ solo y leve como una flor del aire”. Es que aquel tiempo, de “dulce sabor a frutilla” y de “arena tibia bajo pies de nube” le ha traído, “la revelación de la más pura alegría” aunque, desde la doliente conciencia de los años sucedidos, y en un poema, “Acertijo”, que al cerrar la cercanía preanuncia ya la distancia conmovida y conmovedora, se lo pregunte, como si no hubiera sido cierto.

Distante, por vida y por alejamiento, de aquellos aurorales días, el poeta, hombre ya, mediado por la experiencia, construye, desde su nostalgia, el recuerdo. Ya no está directamente en aquella primordial presencia pero, sin embargo, busca y encuentra el tiempo necesario para verse, una vez más, en ese centro axial de su universo. Y en “Hoy”, poema que inaugura “Lejos”, Bisso dice: “Dispongo del mismo tiempo/ que aquel niño en la orilla”./ Sabe que el patio de los siete naranjos/ es, ahora, el de las cenizas/ pero, alcanzado y salvado/ por la presencia de los suyos ya idos/, tan finamente evocados,/ comprende que ahora no está solo/ y los recibe: ‘Padre de bondad,/ madre impenitente,/ hermana temblorosa.// Sus rostros vaciados/ flotan sobre mi cauce.// Detrás de la muerte/ resisto con ellos’”. Una tenaz lucha del poeta contra el olvido, que como el mismo Bisso lo señala “encarcela”, se levanta, entonces, en su palabra y, si los más íntimamente propios vienen a él también lo hacen, traídas por la memoria, y ahora sí dichas en pasado y desde el pasado aunque también misteriosamente cercanas, las comunitarias dichas: “Entre la escuela y los juegos/ los niños de Coronda/ arrebatábamos la pequeña reina/ de su trono de arena.// Aquel tiempo nunca lejano/ donde el sol grababa en los hombros/ la alegría de sentirnos frutilleros” así como las indelebles voces de los que, ya idos pero siempre presentes, fundaron la tradición de la palabra hecha canto y nominación de un pueblo: “Nadie olvida las criaturas/ de Polo Chizzini Melo,/ la voz de Alfonso Acosta/ anclada en el alba,/ el puño que guía la magia/ de José Francisco Cagnín.// No los doy por vencidos/ son terrones de memoria/ que navegan, todavía”.

Por último, y ya casi al final de su poemario, el poeta nos acerca, en “Nada he perdido”, poema de título y texto memorables, una línea que creemos cifra su palabra entera: “Quien deja este pueblo abandona el mundo”. Y seguramente por eso es que, casi como entrecerrando los ojos ante el sol de la memoria para ver mejor dentro de ella, y rescatado por la palabra como León Komoroski, su prologuista lo ha observado, se yergue en su lugar de siempre y, consciente del fin que un día ha de alcanzarle, ruega, casi ordena: “Hubo un río./ Tallarás este epitafio/en el viento de la memoria/ y cada vez que asomes a la orilla/ me encontrarás fluir entre aguas lilas”.

(*) Vicepresidente de la Asociación Santafesina de Escritores.


Distante, por vida y por alejamiento, de aquellos aurorales días, el poeta, hombre ya, mediado por la experiencia, construye, desde su nostalgia, el recuerdo.



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