Edición del Lunes 17 de octubre de 2016

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Tribuna de opinión

La corrupción: un mal endémico

Por Susana E. Dalle Mura

A la lista de problemas que ha tenido la región en los últimos años, se le agrega uno más, nuestro socio en el Mercosur, la República Bolivariana de Venezuela, está sindicado como el país más corrupto del mundo. La lista fue divulgada por el Foro Económico Mundial y lo coloca en la puntuación más baja entre 138 países analizados, con un índice de ética y corrupción del 1,7%. Otros países de la región como Bolivia están muy cerca de Venezuela, y Brasil se ubica en el cuarto lugar después de la nación africana Chad. Paraguay ocupa el sexto lugar, República Dominicana el octavo, y las posiciones de 11 a 14 son ocupadas por Argentina, Nicaragua, México y Colombia. En orden descendente, los 10 países más corruptos son: 1. Venezuela, 2. Bolivia, 3. Chad, 4. Brasil, 5. Yemen, 6. Paraguay, 7. Nigeria, 8. República Dominicana, 9. Moldavia, 10. Bangladesh. Una calamidad regional.

El Foro es una fundación suiza que creó su índice basado en una encuesta a 15.000 líderes de negocios de 141 países, entre febrero y junio de este año. La lista tiene una escala de entre 1 y 7, y a mayor corrupción, más baja puntuación. Las tres preguntas de la encuesta fueron: ¿Qué tan común es el desvío de fondos públicos a empresas o grupos? ¿Cómo calificas la ética de los políticos? y ¿Qué tan normal es el soborno por parte de las empresas? En junio, un informe del Foro calificaba a la corrupción como el problema más acuciante de América Latina. El criterio se basa en los escándalos como el de Petrobras en Brasil, las denuncias contra la ex presidenta argentina y el ex presidente guatemalteco Otto Pérez-Molina.

Los Estados Unidos, por ejemplo, se ubicaron en el lugar 109 de la lista, más cerca de los países más transparentes. Las naciones con menor corrupción, del 1 al 10 fueron: Singapur, Nueva Zelanda, Emiratos Árabes Unidos, Finlandia, Noruega, Suecia, Luxemburgo, Qatar, Suiza y Holanda. Hay una metáfora de Waldo Ansaldi sobre la democracia en América Latina; él la compara a un barco a la deriva y a esa frase agregaría que habría, urgentemente, que construirle una brújula.

El objetivo central de un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), realizado juntamente con la OEA sobre “La democracia en América Latina”, era presentar en un documento los temas que deben debatirse con profundidad en la región, a fin de fortalecer y profundizar la democracia. Es un desafío hacerla más participativa y conducirla a una mejor ciudadanía. Para ello hay que terminar con la corrupción endémica y volverla incidental, tal como sucede en los países transparentes.

La necesidad de más ética pública y mayor transparencia son un objetivo irrenunciable, sobre todo después de los resonados escándalos de corrupción en varios países de la región. Son una luz de alarma y alerta. La Carta Democrática Interamericana, aprobada por la OEA, constituye un documento-doctrina para su defensa. Así como algunos gobiernos nacidos del voto popular fueron perdiendo legitimidad por el fracaso económico y político, así también la democracia se percibe asociada con la corrupción, la pobreza y la violencia. Mientras tanto, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) constata la apatía de los ciudadanos con respecto a la política.

Expertos como Guillermo O’Donnel expresan que la democracia se orienta hacia una suerte de “democracia delegativa”, en la cual los ciudadanos eligen a sus dirigentes y renuncian a controlarlos políticamente. En base a las encuestas realizadas el BID sostiene que en este continente hay un apoyo predominante al ideario democrático, pero observa un respaldo marcadamente menor a la democracia y a la forma en que ella se practica en la realidad. La democracia debe ir más allá del acto comicial, de lo episódico, y crear mecanismos para fomentar la participación y control permanente de todos los actores.

El destino de la democracia en América Latina estará determinado, sobre todo, por el equilibrio entre sus virtudes políticas y sociales. Es difícil que se supere la situación actual mientras se siga incumpliendo con las promesas electorales a los votantes y se sostenga una corrupción generalizada. El gran politólogo italiano, Norberto Bobbio, pensaba que en toda sociedad los ciudadanos quieren ser iguales en algo, es lo que él llamaba el mínimo civilizatorio; cuantos más recursos hay, ese mínimo civilizatorio aumenta. La democracia debe ser un proceso donde se va definiendo ese umbral para que el ciudadano pueda aspirar a tener más y no a tener cada vez menos: empleo, salud, educación, seguridad. etc.

La mejor fórmula de estabilidad política seguramente siempre será que los individuos que componen la sociedad puedan ver los resultados concretos y tangibles de la democracia y de las virtudes públicas con ausencia de corrupción en las instituciones. Gracias a la prensa nuestro país y la región despertaron en conciencia sobre el enriquecimiento ilícito de funcionarios y el manejo irregular de los fondos públicos en las últimas décadas. La impunidad en la materia no es una cuestión coyuntural sino estructural.

Los ciudadanos de América Latina deberán involucrarse en el combate a la corrupción para fortalecer la democracia. El fenómeno de la corrupción es complejo y para lograr avances necesitaremos: una mayor participación ciudadana, educación en valores, medios adecuados de control público y privado en asociaciones, fundaciones, organizaciones no gubernamentales y gubernamentales; cumplimiento de la ley de ética pública y transparencia, con libre acceso a la información, sea con medidas preventivas y ante su fracaso con la aplicación de sanciones; un Poder Judicial especializado para sancionar estos delitos complejos; y fundamentalmente, la libertad de prensa para investigar y denunciar: gracias a ella conocimos innumerables casos que jamás hubieran sido develados.

Nuestros ciudadanos de “formales” deberán convertirse en ciudadanos “reales”; comprometidos y protagonistas genuinos de la supervivencia de las instituciones de una sana y vigorosa República. Para construir esa necesaria ética pública, brújula para la democracia: ¿Necesitaremos emplear el método de la aleccionadora historia de Zadig o “El destino” de Voltaire? En esa obra, en un capítulo titulado “La danza”, el célebre iluminista francés hace una sátira del rey, cortesanos, financistas y hasta hombres de iglesia, usando la fina ironía para descreer de los poderosos. Se cuenta en la historia que un joven filósofo de la antigua Babilonia presta su ayuda a un monarca permanentemente despojado de sus riquezas por ministros corruptos, queriendo recuperar la honestidad en el manejo de la cosa pública. Es así que, Zadig le propone al rey realizar un baile con todos los pretendientes a un cargo en la Corte. Antes, como examen, debían pasar por el tesoro y recién después, danzar. La mayoría de los postulantes no pudieron bailar por el peso de su rapiña; sólo uno de ellos se movió ágil y grácilmente; por lo que el monarca exclamo: ¡por fin, un hombre honesto!

 

La democracia debe ir más allá del acto comicial, de lo episódico, y crear mecanismos para fomentar la participación y control permanente de todos los actores.



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