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Edición del Sábado 13 de enero de 2018

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La tranquilidad de ser gobernado por un buen capitán

Por Ing. Alberto Bottai

Hace ya algunos años, mi amigo Juan me invitó a viajar a Punta del Este con su velero Cachilo. Planificamos el viaje, partiendo desde Rosario, para llegar a destino cinco días después, ya que navegábamos solamente de día. En el segundo día, problemas técnicos y la marea baja nos demoraron y perdimos un día. Habiendo superado Piriápolis, un fuerte oleaje hizo que el capitán decidiera regresar a ese puerto y perder otro día. Esta decisión, lo que seguro no tenía, era sabor a triunfo. Pero en definitiva ¿nos equivocamos? No, todo lo contrario. La correcta decisión del capitán hizo que llegáramos sin inconvenientes a puerto y hoy yo puedo escribir este artículo.

Este hecho regresó a mi memoria a raíz de los comentarios que provocaron las recientes medidas económicas. He escuchado la palabra “fracaso”, “equivocación”, en fin, críticas porque un gobierno que piensa y tiene un plan, realiza una corrección en el tiempo para lograr las metas a alcanzar. Obviamente, a todos nos gustaría llegar cuanto antes a una inflación similar al de los países confiables, pero si el costo para ello es un año más, quedémonos muy tranquilos.

Es importante tener en cuenta que ser presidente no es igual a ser el dueño de una empresa. Si Macri hubiera comprado una empresa en bancarrota, sin duda hubiera aplicado un plan mucho más rígido, para revertir en poco tiempo su situación anormal.

Pero el presidente no es el dueño de la Argentina. Cada dos años tiene que rendir cuentas y lograr el apoyo de las urnas. Y aquí tenemos un problema: como comenté en un artículo del 2013, la ciudad de Buenos Aires tenía en esa época una tarifa de energía eléctrica cincuenta veces más barata que Montevideo. Y los dos países compartimos la represa de Salto Grande. Todos nos horrorizamos con esta realidad pero: ¿qué opinamos cuando sólo la aumentan diez veces? Son muy difíciles los cambios cuando nos tocan nuestro bolsillo.

Venimos de doce años de despilfarro, permitido por los ingresos por el precio de la soja en los dos primeros períodos de gobierno que posibilitaron repartir planes, cobrar precios ridículos por energía y transporte, otorgar todo tipo de subsidios y hasta hacernos creer que el fútbol es un bien indispensable que todos debíamos poder ver gratuitamente. Y este reparto incluyó también ingresos para los sectores de mayores recursos, es decir a todos nos tocó algo de la torta. Cuando los precios de nuestras exportaciones retrocedieron a algo más normal, la fiesta continuó en el tercer período de gobierno bancada por el saqueo de las AFJP, el Anses, el Banco Central y hasta la venta de dólar futuro a precios ridículos que finalmente tuvo que pagar este gobierno.

Toda esta manera de vivir, con la consiguiente pérdida de la cultura del trabajo, produjo un lógico acostumbramiento y que lamentablemente se tiene que revertir con un cambio difícil de digerir por toda la población que precisamente, es la que debe revalidar la permanencia del equipo gobernante. Todo lo relatado hace comprender claramente el porqué del gradualismo, por qué no aplicar simplemente lo que la economía tradicional aconseja, como piden algunos economistas ortodoxos.

Como ha explicado el equipo económico reiteradamente, el plan pretende, con un aumento gradual de la productividad, poder ir disminuyendo el déficit fiscal que se genera al dar a los argentinos un nivel de vida que es incompatible con los ingresos que el país genera en la actualidad. Hacerlo abruptamente, quitándonos el nivel de vida que creímos alcanzar, provocaría caos y un cambio de gobierno. Hago votos para que el presidente nos lleve a puerto tan bien como Juan lo hizo con nosotros en la oportunidad que relaté y deseo a todos un buen 2018.



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Sábado 13 de enero de 2018
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