Edición del Jueves 12 de julio de 2018

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Roxana Morduchowicz

“Los chicos en la web no distinguen entre información y publicidad”

La especialista en educación y medios expuso las claves de su reciente libro “Ruidos en la web. Cómo se informan los adolescentes en la era digital”.

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“Los adolescentes usan el primer link que aparece, no chequean, no comparan. Y cuando reciben información, recuerdan al contacto que se las envió más que a la fuente original”.

Foto: Archivo El Litoral

 

Redacción de El Litoral

politica@ellitoral.com

Adepa

—¿Cuáles son los principales ejes del libro?

—Mi libro parte de un problema que afecta a todo el mundo, que no es exclusivamente argentino. Cuando los chicos de edad primaria o secundaria buscan información en la web (buscar información es la segunda actividad más importante de los chicos cuando navegan en Internet, después de las redes sociales), ya sea para la tarea escolar como para sus propios intereses, utilizan el primer link que les aparece; no chequean, no comparan ni tampoco buscan segundos y terceros sitios web.

El otro problema es que no distinguen entre contenido informativo y publicidad. Es un riesgo que utilicen la publicidad como si se tratara de información. Es que se informan básicamente por las redes sociales. Esto que pasa en general con toda la población, se agrava con los adolescentes porque son los usuarios más intensos de las redes sociales. El peligro que trae esto, es que en las redes sociales la información es parcial, porque depende de sus gustos o de sus contactos, está descontextualizada, no es como en un diario que tenemos distintas notas para conectar y entender mejor el problema, sino que es una gota de un tema, otra gota de otro tema. Esta descontextualizada y fragmentada.

Y el tercer gran problema es que terminan recordando más al contacto que se los envió que al origen de la información, según encuestas realizadas en Estados Unidos. Los chicos suelen pensar que pueden viralizar y compartir información cuando la reciben de su mamá, de su mejor amigo, etc. De hecho, esto provoca que los chicos usen información poco confiable y de procedencia dudosa. A partir de ahí, arranca el libro. Tiene dos grandes partes: la primera es entender este problema y cuáles son los riesgos, es la propia democracia, y la segunda parte es qué se podría hacer al respecto.

—¿Cuáles son los efectos en la formación de los adolescentes?

—¿Por qué pensamos tanto en los adolescentes si éste es un problema que afecta a toda la sociedad? Me refiero a no tener criterio para elegir información. Pensamos en los adolescentes porque es un grupo social que está en formación, por tanto, hay que hablar de la educación y de la escuela.

La escuela es una institución que nació con Gutenberg, cuando se inventó la imprenta se hizo necesaria una educación que enseñara a leer lo que la imprenta empezaba a difundir. Durante siglos, la labor principal de la escuela era distribuir información, hacer la información accesible para toda la población. Hoy en el siglo XXI, ese desafío dejó de existir porque información es lo que sobra y está al alcance de todos. El acceso está facilitado. La escuela tiene otros desafíos, que no es ya distribuir información sino enseñar a pensarla, a compararla, a chequearla, a organizarla, a procesarla y a formar la propia opinión.

Hay que lograr que este tema sea algo cotidiano en las escuelas, de lo contrario se forma un chico que copia y pega para la tarea escolar. Lo que me interesa recalcar en el libro es, justamente, que “copiar y pegar” no es una travesura que hace el chico; es un uso no reflexivo ni crítico de la información que está recibiendo de la web.

Internet tiene un potencial muy grande si se lo sabe usar. Por tanto, la Unesco está dándole prioridad hoy en día a un concepto nuevo: “alfabetización informacional”. Éste es el eje para todo el mundo.

Hace veinte años, Unesco decía que la persona alfabetizada es la que sabe leer y escribir, porque era lo que alcanzaba para insertarse en un trabajo, por ejemplo. Hoy, la Unesco ya dice que leer literalmente un mensaje ya no alcanza. Hoy, hay que saber leer entre líneas, como decimos ordinariamente. Hay que saber entender, comprender, analizar, interpretar y formar la propia opinión para tomar decisiones. Éste es el gran desafío para la escuela: dejar de distribuir información y que lo importante no sea la memoria (acordarse de los ríos de América, por ejemplo), sino entender, comprender y formar la opinión con respecto a eso que leímos.

—¿Cuáles son los riesgos para los ciudadanos?

—El origen de las noticias falsas es justamente la viralización de información por creer más en los contactos que en medios de comunicación tradicionales que chequean la información. Los adolescentes sin quererlo o sin intención se hacen partícipes de esto, porque viralizan informaciones confiando en las personas que se las enviaron, pero sin chequear la fuente. Esto es muy grave. Afecta directamente la democracia.

Para poder tomar una decisión, uno necesita información, conocimiento y capital cultural. Sin esto y con una formación endeble, las decisiones que se toman son poco fundamentadas y generalmente erróneas. Nunca van a ser pensadas, reflexivas y siempre van a estar basadas en información de dudosa credibilidad y dudosa procedencia. En una democracia se deben tener en cuenta la relevancia de la información y la confiabilidad, estos conceptos hay que enseñar a los adolescentes y a los adultos. Si no hay una información basada en una fuente confiable, autorizada, las decisiones son endebles y la participación también es dudosa.

Los mejores ejemplos se ven en países que han llevado a cabo elecciones presidenciales y donde las informaciones falsas han corrido como el agua. No van a dejar de existir las fake news, pero necesitamos fortalecer al ciudadano para que sepa identificarlas, para que no se quede con el primer link, para que compare, para que chequee y para que analice la procedencia. Esta “alfabetización informacional” que propone la Unesco es la mejor herramienta para no caer en informaciones dudosas o de procedencias falsas.

—¿Cuál cree que debe ser la responsabilidad de los Estados?

—Es importantísima, es la primera. Porque en el caso de los adolescentes, las escuelas son públicas, y es lugar donde van a aprender todas estas competencias (buscar información, saber analizarla, compararla e interpretarla) que van a utilizar toda la vida. Necesitan aprenderlo en la escuela, hay grandes sectores de la población que son vulnerables, y los chicos han superado el nivel de escolarización de sus padres.

El único lugar en que puede aprender estas competencias de alfabetización es la escuela. Y ahí, el Estado tiene un rol fundamental. Pero no solamente en la escuela, el Estado tiene distintos sectores que deben garantizar el buen uso de la información (el Ministerio de Modernización, el Enacom). Es decir, todos los organismos que tienen que ver con la puesta a una ciudadanía digital, además de asegurar una conectividad sino también el uso, la práctica. El Estado entonces se transforma en el primer actor.

—¿Qué otros actores sociales son importantes?

—El segundo actor lo representan las empresas, porque tienen la obligación de la ética en la información. Entonces, todas las que tengan que ver con la distribución de información de cualquier tipo tienen la obligación para con el ciudadano de ser éticos y honestos, y ellas mismas chequear la información. Porque si le estamos pidiendo a los ciudadanos que no se queden con el primer link, también a las empresas hay que pedirles lo mismo.

Y por supuesto, todas las asociaciones civiles deben seguir con el mismo criterio que es apostarle a una información transparente, honesta, ética, que refleje sinceramente su posición, pero a través de la ética y la honestidad. Esto va a hacer de la democracia, una democracia más fuerte. A medida que los ciudadanos estén informados, sean reflexivos y basen sus informaciones en una información confiable gana la propia democracia.

—¿Qué rol tienen las empresas tecnológicas?

—En mi opinión, las empresas tecnológicas tienen dos grandes desafíos: el primero es tratar que los primeros links que aparezcan no sean de dudosa confiabilidad. Yo refiero al caso de una periodista del diario The Guardian, que buscó en Google “sucedió el Holocausto” y el primer link que le arroja el buscador es de un movimiento neonazi que plantea las “10 razones por las que el Holocausto nunca sucedió”. Ella se hace la pregunta -y yo adhiero-, qué entendemos que las empresas de tecnología cobren por estos primeros lugares de privilegio, pero hay determinados temas que tienen que ver con los derechos humanos o por hechos de la historia comprobados, en los que no debería entrar la lógica comercial.

Hay que pedirles a las empresas tecnológicas que los primeros links que aparecen siempre sean los de información autorizada, confiable, respetuosa que quien lo utilice lo haga tranquilamente. Si esta misma situación que le pasó a la periodista hubiese pasado en una clase donde una docente pide información del Holocausto y un chico pone la misma y le salta ese primer link (los estudios internacionales nos dicen que usan el primer link), corremos el riesgo de que lleguen a la clase copiando y pegando el primer link de un movimiento neonazi sobre el Holocausto.

Entonces, para que no pasen estas cosas, la primera responsabilidad es chequear la información y fijarse que venga de una fuente confiable, autorizada, honesta, ética, respetuosa, transparente.

—¿Cuál es el segundo desafío?

—Que los algoritmos pueden ayudar. Todos recibimos informaciones de algoritmos que “trabajan para nosotros” nos dicen qué libros leer, de dónde estudiar, adónde viajar, pero no puede ser que deleguemos en algoritmos la detección de noticias falsas, por lo menos exclusivamente. Primero porque los algoritmos son hechos por personas, y esas personas también se pueden equivocar.

El segundo motivo para dar un solo ejemplo es que el algoritmo no reconoce el humor o la parodia, entonces si yo digo de mí misma: “Claro, sí, yo tengo ojos celestes” mi interlocutor se va a dar cuenta por mi tono que estoy parodiando, ironizando, que soy sarcástica o humorística. Nadie va a creer que yo tengo ojos celestes. Pero cuando aparece escrito, el algoritmo no detecta que es humor o una ironía y lo va a declarar como falso porque yo no tengo ojos azules. Entonces, el humor, la parodia y la ironía también son fundamentales para una sociedad, muchas veces entendemos un hecho de la realidad gracias al humor.

Si lo suprimimos porque los algoritmos no lo detectan, la mesa nos queda sin una pata. Entonces no podemos delegar exclusivamente en algoritmos la detección de noticias falsas o la formación de futuros ciudadanos o ciudadanos actuales digitales del siglo XIX. Pueden existir estos algoritmos, pero sin una alfabetización informacional para adultos y adolescentes esto no funciona, no podemos delegar en programas algo que tiene que ver con la formación y el pensamiento crítico.

“En las redes sociales, la información es parcial, porque depende de los gustos o los contactos, está descontextualizada, no es como en un diario que tenemos distintas notas para conectar y entender mejor el problema”.

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“Lo que me interesa recalcar en el libro justamente es que ‘copiar y pegar’ no es una travesura que hace el chico; es un uso no reflexivo ni crítico de la información que está recibiendo de la web”.

Foto: Archivo El Litoral

Perfil

Morduchowicz es doctora en Comunicación por la Universidad de París y consultora de la Unesco en temas de educación y tecnologías. Especialista en cultura juvenil y en la relación de los niños y los adolescentes con las pantallas e Internet, asesoró a los Ministerios de Educación en América Latina, Europa Oriental, África y Asia sobre la utilización de tecnologías en el ámbito educativo. Fue profesora invitada en las universidades de París, Poiters (Francia) y Stanford (Estados Unidos), y conferencista en el Congreso de Inclusión Digital 2016 por el Massachusetts Institute of Technology (MIT), Boston. Coordinó el programa “Escuela y medios” del Ministerio de Educación de la Argentina y es asesora del Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom) en el área “Los chicos y las pantallas”. Autora permanente de columnas de opinión sobre niños, adolescentes y tecnologías en todos los diarios de Buenos Aires, participa habitualmente en congresos internacionales en los que se trata esta problemática. Escribió numerosos libros sobre el tema, como Los adolescentes del siglo XXI (2013) y Los chicos y las pantallas (2014).



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