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El Litoral
Sábado 08.08.2015
21:23

Crónica política (por Rogelio Alaniz)

Defensa del liberalismo

Alexis de Tocqueville (1805-1859), retratado por Théodore Chassériau. Foto: Archivo El Litoral




Crónica política (por Rogelio Alaniz) Defensa del liberalismo

 

Por Rogelio Alaniz

A mis tías viejas, la palabra “liberal” les fastidiaba enormemente. No era para menos. Según ellas, los liberales no respetaban las tradiciones, les gustaba leer libros heréticos, no iban a misa, pensaban las cosas más disparatadas, toleraban lo prohibido y ponían en discusión todas las verdades consagradas. Mis pobres e inofensivas tías ya no están en este mundo, pero los prejuicios contra el liberalismo se mantienen intactos, aunque sus enemigos en este caso ya no son tan inocentes ni tan inofensivos. Ya no se trata de ancianas pintorescas que se escandalizaban por las disquisiciones del sobrino, sino de ideologías y grupos de poder que siguen considerando al liberalismo el enemigo principal de la humanidad, el enemigo al que se debe combatir en todos los terrenos en nombre de Estado, el orden, la raza, la clase superior o el fundamentalismo religioso de cualquier signo.

Mi relación con el liberalismo no nació del privilegio, sino de mis simpatías por los luchadores de la libertad. Ser liberal significaba aceptar que la vida es sagrada, que toda persona vale, que nadie puede ser discriminado por el color de su piel, el tono de su fe o la clase social a la que pertenece. También significa que ninguna teoría abstracta dictada en nombre de las masas o la comunidad pueden estar por encima de ella.

Significa que alguien pueda pensar distinto y que esa diferencia no incluya el cadalso para el objetor; significaba discutir el poder -secular y religioso- discutirlo y ponerle límites y, en lo personal, significa un aliento a la curiosidad, el asombro, el ejercicio lúcido de la inteligencia. Significa que, colocado en una situación límite, se pueda tener el coraje intelectual de Schiller: “Si el pueblo revolucionario ingresara a mi casa para incendiar mi biblioteca, lucharía contra él hasta la última gota de mi sangre”.

Disculpen la confidencia, pero no nací liberal y como todo “pecador” cedí a la tentación de las ideologías totalitarias de mi tiempo, aunque a la hora del balance debo decir que, incluso en mis años de militancia en la izquierda, diariamente recibía por parte de izquierdistas, populistas y clericales la imputación de “liberal”, como un insulto, una descalificación o una inaceptable debilidad ideológica, imputación que entonces, en lugar de ofenderme, me enorgullecía secretamente.

¿Liberal el Partido Comunista? No, no lo era. Estalinista, totalitario, vertical, sin embargo su lectura de la historia y su visión “táctica” de la democracia sí lo era. Curiosamente, al Partido Comunista no se lo impugnaba entonces por estalinista, por hacer la apología de una dictadura burocrática, genocida y criminal como la de la URSS, sino por aquellos valores democráticos y liberales sostenidos por intelectuales como Aníbal Ponce o Leónidas Barletta -por mencionar a los que más frecuenté entonces-, intelectuales que creían honestamente en el marxismo, pero suponían de una manera confusa y contradictoria que la antesala del socialismo debía ser un orden político y una cultura de signo liberal que, practicada de manera coherente, llevaría al comunismo.

En ese universo cultural aprendí a respetar a Moreno, Sarmiento, Mitre y Lisandro de la Torre a través de las lectura de Leonardo Paso, Raúl Larra, Álvaro Yunque, el Rodolfo Puiggrós de Rosas el pequeño, los vibrantes discursos de Rodolfo Ghioldi en la campaña electoral de 1945, cuando calificaba a sus opositores -lo hizo en plaza España- de “cóctel atroz de restos de mesas diferentes”; o los escritos liberales y republicanos de ese otro gran intelectual de izquierda que fue Héctor Agosti.

En esas lecturas, ávidas y desordenadas, aprendí a distinguir entre los guerreros de la independencia y los caudillos degolladores; entre el baqueano, el rastreador o el cantor que describe Sarmiento y el gaucho malo, ladrón y borracho. En esos años, descubrí a la Generación del 37, los ensayos de Alberdi, los poemas de Varela, el Facundo de Sarmiento, esa formidable novela de José Mármol que se llama Amalia y el extraordinario relato de Echeverría, “El matadero”.

Curiosas paradojas de la vida: aprender las virtudes del liberalismo en las entrañas del enemigo. Tal vez para este singular aprendizaje valga el principio de que los caminos del Señor son infinitos. Los caminos y las rupturas. Porque abierto el espacio a la libertad de pensamiento, a la curiosidad intelectual y a las exigencias teóricas, pronto descubrí el rostro criminal del comunismo y esa preciosa aventura del pensamiento que significaba incursionar en el mundo liberal, en esa amplia familia donde conviven Montaigne, Voltaire, Locke, Hobbes, Montesquieu, Constant, Tocqueville, Stuart Mill, por mencionar a los más destacados o a los clásicos que más frecuento. ¿Algo más? Por supuesto. Isaiah Berlin, Max Weber, Ralf Dharendorf, Karl Popper, John Rawls, Raymond Aron, Daniel Bell...

También los años me enseñaron a relativizar prudentemente el peso de las ideologías. Adherir a una ideología no significa disponer de la llave de la felicidad o la virtud o la sabiduría. Un liberal debe saber que una ideología orienta, ordena, pero no define lo más importante. Una ideología no te hace más bueno o más malo, aunque algunas se acercan más que otras a develar el misterio de la vida y la historia. Por lo tanto, nadie tiene un carné de santo o virtuoso por adherir a una ideología, porque la condición humana es mucho más complicada, diversa y sorprendente que los libros escritos alrededor de ella.

Así y todo, no es lo mismo ser fascista o liberal; izquierdista o conservador. En todo caso, lo que importa de ellas es conocer sus alcances y sus límites. Y, sobre todo, importa saber que si uno cree en un conjunto de ideas tiene derecho a defenderlas. Desde ese lugar es que digo que considero que el liberalismo -el liberalismo como totalidad abierta, el liberalismo en su versión económica, cultural y política- integra un conjunto de ideas que le ha permitido a la humanidad obtener los mayores logros políticos y sociales y hacer realidad, de una manera imperfecta pero real, el progreso con el orden, la libertad con la justicia, lo individual con lo colectivo y el realismo con la esperanza.

El centro del liberalismo es la libertad del hombre y de todos los hombres. Para un liberal es la libertad la condición de la justicia y no a la inversa. Parte del individuo, pero del individuo en sociedad, y postula un orden político que asegure la protección de los derechos civiles y políticos.

La afirmación de la individualidad le ha valido la imputación de egoísta. Pero el liberalismo no postula al individuo imponiéndose a otros; por el contrario, más que egoísta es igualitario, porque le otorga a todos los hombres el mismo estatus: los hombres son libres, deben ser libres y la política se justifica si garantiza esos derechos. ¿Derechos humanos? Por supuesto, los derechos humanos son una conquista de la humanidad que llegó de la mano del liberalismo. Universales y justos. Valen para todos y el principal bien a defender es la vida y la libertad. En la Argentina, debimos padecer las atrocidades de las dictaduras militares para que hasta los enemigos del liberalismo merodearan por las inmediaciones del liberalismo, aunque más no sea por miedo. Fueron necesarios estos atropellos para que todos valoraran en algún momento las virtudes del Estado de derecho o los peligros del Estado devenido en Estado terrorista.

El aprendizaje de la libertad es arduo y duro, pero lo deseable sería no equivocare en el camino, no insistir en atajos o en lodazales donde la humanidad se empantanó una y otra vez. Bienvenido entonces el liberalismo por su humanismo impenitente, su reivindicación incondicional de la libertad, su defensa porfiada de las sociedades abiertas, no de las sociedades perfectas, por su capacidad exclusiva para trasladar a la vida cotidiana aquellos valores universales y “eternos” que le otorgan significado a la vida, la curiosidad por indagar los misterios de la existencia y su insistencia empecinada en controlar al poder, limitarlo y, al mismo tiempo, sostenerlo.




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