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Miércoles 03.08.2016
20:51

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Deodoro Roca

Deodoro Roca. Ya era un personaje reconocido en Córdoba antes de que los estudiantes salieran a la calle a protagonizar una de las grandes jornadas históricas del siglo veinte: la Reforma Universitaria. Foto: Archivo El Litoral


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Deodoro Roca

Por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com


Deodoro Roca no necesitó de la muerte para ser reconocido. Ortega y Gasset en su momento lo calificó como “el argentino más eminente que he conocido”; Ezequiel Martínez Estrada lo reconoció como el escritor más alto del siglo veinte. Alfredo Palacios, José Ingenieros, Eugenio D'Ors ponderaron su valía intelectual y su coraje civil.


Su compromiso político, su militancia intelectual a favor de causas justas, le valieron conquistar enemigos tenaces que se regocijaron con su enfermedad y así lo demostraron enviándole cartas anónimas y de las otras, una provocación que no hizo más que poner en evidencia su proverbial buen humor y una referencia al pasar acerca de “los odios que me han costado tanto ganar”.


Una multitud lo despidió en el cementerio aquella mañana de julio de 1942. Allí se hicieron presentes hombres y mujeres; jóvenes y viejos, trabajadores e intelectuales; dirigentes populares y socios del club social. Sin exageración podría decirse que la Córdoba de la inteligencia, el talento, la sensibilidad y el trabajo estuvo en el cementerio San Jerónimo para decirle adiós a su mejor hijo. Un dato para destacar: el gobernador radical Santiago del Castillo y el vice Arturo Illia estuvieron en primera fila.


Nació el 2 de julio de 1890 en la ciudad de Córdoba y a decir verdad nunca se fue de la ciudad que quiso y le brindó sus mejores creaciones. Dispuso de todas las condiciones y virtudes para ser un gran señor y efectivamente lo fue, nada más que su señorío lo puso a favor de las causas progresistas. Su pertenencia a las clases altas le valió algunos ataques por parte de quienes no le perdonaban su militancia social, ataques a los que nunca prestó atención, entre otras cosas porque nunca negó su origen social, del cual de alguna manera estaba orgulloso. En su homenaje, el poeta Rafael Alberti le dedicó su “Elegía a una vida clara y hermosa”.


Estudió en el Colegio Monserrat y luego ingresó a la carrera de abogacía, donde se recibió de abogado y doctor “casi sin poder evitarlo”, como dijo con su infalible sentido de la ironía,cuando lo interpelaron acerca de sus críticas a una carrera a la que calificaba de profesionalista, y a un título que “no hace otra cosa que satisfacer la vanidad de los mediocres”.


En 1910 fue presidente del centro de estudiantes de su facultad, pero importa advertir que para 1918 hacía rato que estaba recibido, motivo por el cual su firma no está en el manifiesto reformista, manifiesto que no tiene firma personal, pero todos los que lo conocieron a Roca y estaban familiarizados con su estilo literario, aseguran que fue una creación suya, un texto escrito en su mítico sótano de calle Rivera Indarte con una máquina de escribir Continental que hoy descansa en Ongamira, un modesto caserío en el Valle de Punilla donde él se retiraba a descansar, escribir y ejercer una de sus grandes vocaciones: la pintura.


Deodoro Roca ya era un personaje reconocido en Córdoba antes de que los estudiantes salieran a la calle a protagonizar una de las grandes jornadas históricas del siglo veinte: la Reforma Universitaria, el movimiento estudiantil, cuyas consignas e instituciones se propagaron a toda América Latina y contó con las adhesiones de los intelectuales más distinguidos de su tiempo.


En 1915 fue el orador principal de un acto celebrado en el Teatro Rivera Indarte en contra de la guerra. Cuando se iniciaron las movilizaciones contra las autoridades universitarias de entonces, Roca trabajaba en el Museo Histórico Colonial, cargo del que fue cesanteado por su militancia reformista. Por supuesto que no perdió el sueño ni la paz por esa decisión que se limitó a calificar con un encogimiento de hombros; tampoco su cesantía le impidió continuar su romance con María Deheza, la hija de don Julio, el rector de la Universidad de Córdoba, a quien su futuro yerno fustigaba con la pluma y en las abundantes y tumultuosas tribunas callejeras.


Salvo un breve pasaje por el Partido Socialista a principios de los años treinta, nunca tuvo una militancia política partidaria, aunque fue un interlocutor inteligente de Hipólito Yrigoyen y en su sótano de calle Rivera Indarte estuvieron presentes hombres como Lisandro de la Torre, Rómulo Betancourt, Haya de la Torre y Leopoldo Lugones cuando todavía era socialista.
Político, escritor, abogado, pero por sobre todas las cosas personaje, un personaje que dilapidaba su talento y su fortuna en causas nobles. Le encantaba escandalizar a las almas beatas con sus puestas en escena y a cada uno de sus desplantes le estampaba su sello propio, un sello en el que estaba presente el humor y el ingenio. El decreto de un funcionario prohíbe la exhibición de desnudos en una exposición de arte; Roca responde saliendo a la calle para vestir a las estatuas; un toro ataca a un turista en Ongamira; Roca asume la defensa del animal sosteniendo que el accidente fue algo así como “una venganza del paisaje”; un funcionario ordena talar los árboles de la ciudad y él escribe un alegato pidiendo su cabeza, pero no para cortarla sino para abrirla y ver lo que tiene adentro para ser tan bruto; defiende el derecho de un perro a hacer el amor en la vía pública.


Nadie fue tan crítico a la profesión de abogacía, pero al mismo tiempo nadie la defendió con tanta lucidez. Consideraba que con inteligencia y sensibilidad social el ejercicio de la abogacía puede ser una obra de arte. Fue implacable con los tribunales examinadores de la facultad. “El examen debería quedar catalogado para siempre entre los juegos prohibidos en defensa de la inteligencia”, escribió.


Deodoro Roca: insolente, atrevido, lúcido, brillante, amigo ejemplar y adversario temible, gran señor y demócrata cabal. Vivió como se lo propuso y lo hizo a plenitud. Su biografía pertenece a un tiempo que probablemente nos parezca lejano y de alguna manera añoramos. Por linaje intelectual y decisión política se lo podría calificar como un socialista liberal, un “tipo” hoy en extinción, pero que en su tiempo expresó uno de los momentos más creativos del pensamiento político, el esfuerzo siempre incompleto pero siempre exigente de conciliar la libertad con la justicia.


Gregorio Bermann, su amigo de tantas patriadas, lo calificó como un tránsfuga de su clase, es decir como alguien que perteneciendo a las clases altas, renegó de ellas para defender a los oprimidos. La calificación estimo que debería matizarse. No estoy seguro de que Roca haya sido un enemigo de su clase, porque tampoco estoy seguro de que los conceptos clasistas en clave marxista hayan estado presentes en este atento lector del “Hombre Mediocre” o de los textos de Rodó y Ortega y Gasset.


Su compromiso con el socialismo y la izquierda reformista le valió ser acusado de comunista, imputación que negó con su habitual estilo: “No soy comunista, no porque abomine de serlo, sino simplemente porque no lo soy, como no soy enano ni tengo los ojos verdes”. No fue comunista, pero fue un hombre comprometido con las ideas avanzadas de su tiempo. Creía sinceramente en la libertad y la democracia, y suponía que los hombres merecían un mejor destino que el que les ofrecía el actual orden social.


Por temperamento, origen social y formación cultural no era un extremista y mucho menos un fanático, pero era un adversario temible de autoritarios y capangas, de oscurantistas y prepotentes, a quienes fustigaba con la pluma, la palabra y los actos. Cuando los militares asaltaron las instituciones el 6 de septiembre de 1930, escribió sus palabras más duras y tal vez más proféticas. “El golpe de Estado restablece lo peor de la tradición militar... ya no se podrá prescindir del ejército en nuestra vida pública... motivo por el cual se corromperá cada vez más y servirá para los peores menesteres”.


Su memoria nos pertenece. Sus inquietudes, sus desafíos, sus ideales siguen siendo los nuestros. Admiramos su talento, su inteligencia, su coraje y ese estilo atrevido, ese desenfado insolente, esa manera de vivir afrontado los dilemas más duros de la vida sin perder la alegría y sin renunciar al privilegio de estar vivo.


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