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Miércoles 10.08.2016
21:51

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Natalio Botana y el diario Crítica

Foto: Ilustración de Lucas Cejas


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Natalio Botana y el diario Crítica

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

 

 

Se dice que Natalio Botana llegó a Buenos Aires en 1911 y que gracias a su amistad con Adolfo Berro logró conectarse con Marcelino Ugarte, el gran padrino del régimen conservador de provincia de Buenos Aires, el hombre que lo habilitó para iniciarse como empresario periodístico, ya que periodista de redacción lo fue desde 1911 en el diario La Razón dirigido entonces por Emilio Morales.

Nació en la localidad uruguaya de Sarandí del Yí en septiembre de 1888. Su familia quiso que fuera sacerdote e incluso estudió en un seminario jesuita, aunque pronto descubrió que no era la religión su vocación y antes de los veinte años ya estuvo enredado en las refriegas políticas entre blancos y colorados, destacándose por su coraje, su talento y sus conductas extravagantes, como por ejemplo, incorporarse al ejército con un mucamo negro.

Las derrotas de los blancos, facción política con la que siempre se identificó, lo obligó a instalarse en la ciudad de Buenos Aires donde llega con sus amigos y futuros socios Enrique Queirolo, Ángel Marides y Berro. Tiene 23 años, es ambicioso, le sobra talento y le gusta la buena vida: las mujeres, el póker, la buena música, los caballos, los cigarros, las ropas que hoy llamaríamos de marca y el trato con pintores y poetas.

El lunes 15 de septiembre de 1913, el diario Crítica salió a la calle, una edición impresa en una modesta imprenta de calle Sarmiento, con periodistas reclutados en los cafetines de la bohemia intelectual de aquellos años a quienes se les prometía participar en una arrebatadora aventura que, por el momento, no será retribuida con buenos sueldos porque el talento sobra pero los recursos faltan.

Durante diez años, Crítica luchará denodadamente para instalarse en un medio donde existían diarios de gran llegada como La Nación, La Prensa y La Razón. Lo que el nuevo diario se proponía era revolucionar el estilo periodístico, pero también el estilo de gestión empresaria y, como los hechos se encargarán de demostrarlo, lo iba a lograr.

Crítica se constituye en un verdadero fenómeno en una Argentina que según el censo de 1914 tenía casi ocho millones de habitantes y -dato destacado- una población que gracias a las leyes educativas de Sarmiento ya exhibía altos índices de alfabetización. En esas ciudades de inmigrantes, de italianos, españoles, judíos, polacos, árabes y rusos, se estaba gestando una vida urbana, cosmopolita, tumultuosa, moderna, que Botana percibía con lucidez, actuando en consecuencia.

Crítica, en ese sentido, era el emergente de una Argentina que se transformaba aceleradamente, como lo señala la apertura al mundo, el crecimiento económico, la prosperidad de sus clases medias, los flamantes derechos de las clases populares y sus manifestaciones cotidianas: el fútbol, el box, las carreras de caballos, el tango, el jazz, el cabaret, la sala de revistas, el circo, las nuevas editoriales que daban a conocer clásicos de la literatura, las últimas novedades científicas y la plenitud de la democracia, con sus contradicciones y tensiones, pero con sus libertades y su ampliación de derechos.

Con buenas y malas intenciones, a Botana se lo ha comparado con Randolph Hearst (y más adelante con Al Capone, con quien parecía tener un inquietante parecido físico) por su genio empresario, pero también por su inescrupulosidad. La insidia, la mala fe y, en algunos casos, la certeza, no alcanzan a ocultar aquello que era obvio: se trataba del periodista y el empresario de medios más destacado, más innovador y creativo de su tiempo, también el más audaz, el antecedente que hasta el día de hoy tiene presente todo empresario de medios que se proponga llegar al gran público con la mejor calidad, la mayor eficiencia económica.

Botana no confundía periodismo con beneficencia pública, pero entendía mejor que nadie lo que importaba para la calidad del producto que pretendía vender, lo que significaba tener una redacción que dispusiera de la libertad necesaria para expresar su talento en el marco de la estrategia editorial del diario.

Crítica pronto fue calificado como un diario sensacionalista, una imputación que tenía algo de verdad pero que a la hora del balance resultaba incompleta, porque si bien en sus páginas abundaban los títulos catástrofe, las fotos y caricaturas, lo que también se destacaba era la participación de los intelectuales más importantes de su tiempo, entre los que se puede mencionar, entre otros, a Jorge Luis Borges, Ulises Petit de Murat, los hermanos González Tuñón, Nicolás Olivera y Roberto Arlt.

Incluso, el supuesto sensacionalismo de Crítica merece una reflexión ya que en su momento constituirán toda una novedad los títulos de tapa, el empleo de un lenguaje coloquial -en el que abundaban los giros populares, incluido el lunfardo-, y el esfuerzo por conectarse con el humor de la sociedad, un logro que le permitió decir a un analista que Crítica no conducía a la opinión pública, sino que era conducido por ella.

De todos modos, no fue fácil instalar el diario en la calle. A la presencia de una competencia prestigiada, se sumaba la escasez de recursos. Para 1920, Crítica vendía apenas nueve mil ejemplares, pero ya empezaba el despegue que durante esa década será irresistible. Es precisamente para esa fecha que la gerencia del diario se instalará en su local de calle Sarmiento 815, modificará su original lema de “Diario de la noche, impersonal e independiente”, parta instalar la consigna que lo habrá de distinguir el futuro: “Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble caballo para picarlo y tenerlo despierto”.

Para ese tiempo, Botana ya vivía con Salvadora Medina Onrrubia, “la Venus Roja”, como la calificara un periodista en homenaje a su belleza e inteligencia. Cuando Salvadora conoció a Botana ya era reconocida como la primera periodista mujer por sus columnas escritas en el periódico anarquista La Protesta y la primera oradora pública femenina por sus intervenciones en asambleas, diatribas que iniciaron un día de 1909, cuando desde un balcón arengó a sus compañeros en favor de Simón Radowiztsky, el anarquista que perpetró el atentado contra el coronel Ramón Falcon, jefe policial y propiciador de la mano dura contra el movimiento obrero.

Botana demoró varios años en casarse con esta mujer, no porque él no quisiera hacerlo, sino porque ella, a raíz de sus convicciones libertarias, rechazaba el matrimonio habilitado por Dios o el Estado. A Botana, una mujer hermosa, inteligente, transgresora y atrevida lo seducía, y Salvadora reunía todas esas condiciones. Atendiendo a la moral media de la época, tampoco le interesó al flamante director de Crítica que su mujer fuera madre de un hijo de padre desconocido. No sólo no le prestó atención a ese “detalle”, sino que adoptó al niño y, según dicen sus biógrafos, a ese chico lo quiso con locura, lo cual no hizo otra cosa que acentuar la tragedia ocurrida quince años después, cuando el adolescente conocido con el apodo de “Pitón” decidió suicidarse, un acto del cual él y Salvadora nunca pudieron recuperarse.

Natalio y Salvadora trabajaron codo con codo para sacar al diario adelante. La leyenda dice que en tiempos difíciles, Salvadora organizaba almuerzos en la redacción para atender las necesidades de los periodistas más famélicos, a muchos de los cuales se les pagaba con vales y con la promesa del reconocimiento para cuando llegaran tiempos mejores.

A la calidad periodística del diario, que poco a poco se irá imponiendo en el mercado, se sumaba el talento o la capacidad de maniobra de Botana para organizar la distribución de Crítica apoyándose en bandas de canillitas -dirán sus detractores-, quienes con buenos y malos modales aseguraban que el diario estuviera en las calles antes que los otros y a un precio más ventajoso.

Decía que el diario habrá de instalar las grandes agendas del periodismo contemporáneo: policiales, espectáculos, deportes y política, todo ello expresado con un lenguaje de frases coloquiales, con giros populares y consignas sacadas de los ambientes del fútbol, el turf, la noche, es decir los grandes protagonistas del Buenos Aires de los años veinte.

(Continuará).


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