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Miércoles 07.09.2016
20:17

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Juan B. Justo

Foto:Archivo El Litoral


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Juan B. Justo

 

 

por Rogelio Alaniz

Fue el intelectual de izquierda más importante de la Argentina; lo fue por partida doble: por su producción teórica y por su capacidad organizativa. Y habría que agregar, por sus convicciones morales, sus sólidas e insobornables convicciones morales. No era divertido, y probablemente no fuera simpático, pero era exigente, austero y formal.

No era divertido pero era honrado; no era mundano, pero era agradable; no era simpático, pero era confiable. Macedonio Fernández lo definió con palabras precisas: “Un socialismo profundo y por lo tanto discretísimo lo hacía casi un individualista. No creo que el socialismo haya tenido en ninguna parte y nunca un caudillo más inteligente y más puro”.

Moralista, estaba convencido de que el socialismo era un conjunto de reformas económicas y sociales sostenido por profundas convicciones éticas. En Justo, la austeridad y la decencia eran un compromiso personal y político. Predicaba duro, pero predicaba con el ejemplo. Lo que exigía a los otros se lo exigía a sí mismo. Por eso era escuchado y respetado. No era popular ni se proponía serlo. Despreciaba la chabacanería, la vulgaridad, y consideraba que a los obreros había que respetarlos y no humillarlos con la demagogia.

Nunca llegó a tener el carisma, el desenfado y la simpatía de Alfredo Palacios. Más aún, jamás se propuso imitar ese modelo. Con Palacios eran diferentes hasta en los detalles, y esas diferencias se expresaban en el modo de entender la política o de vivir la causa socialista. Para Palacios, el socialismo era un ideal y una estética; y además, una aventura personal. Para Justo, el socialismo era un esfuerzo colectivo, una exigencia de estudio y reflexión.

Su seriedad, su rigor, sus exigencias, no nacían de un sentimiento clasista o de desprecio a los trabajadores. Por el contrario, estaba convencido de que el futuro de la humanidad dependía de los trabajadores y, por lo tanto, era necesario respetarlos, tomarlos en serio. “Para la clase obrera lo mejor”, decía cuando explicaba por qué La Vanguardia debía tratar temas económicos y sociales o recomendar la lectura de los clásicos de la literatura universal o iniciar los actos partidarios con Bach, Mozart o Beethoven. “Para la clase obrera lo mejor”.

Noventa años después de su muerte, algunos intelectuales empiezan a reconocer su valía, a valorar lo que representó para los inicios del siglo XX un Partido Socialista que llegó a ser uno de los más importantes de América Latina, reconocido por su representatividad y por la calidad ideológica y moral de sus dirigentes e intelectuales.

A la hora del balance histórico, el Partido Socialista fundado por Justo emerge como la única experiencia de izquierda en el siglo XX. Reformista y democrático, se propuso conciliar los ideales del cambio social con los ideales de la libertad. No era fácil ni cómodo proponerse ser socialista en la Argentina de fines del siglo XIX. En el caso de Justo, tampoco era conveniente desde el punto de vista utilitario. El joven médico que había obtenido por su tesis la medalla de oro de la facultad, el intelectual cuyas colaboraciones en las revistas científicas de su tiempo eran ponderadas por sus colegas y maestros, el profesional que por sus méritos contaba con un futuro abierto que incluía reconocimientos académicos y seguras satisfacciones económicas, decidió abandonar la profesión porque entendía que el ejercicio de la medicina, tal como él lo concebía, era un esfuerzo inútil en una sociedad donde los trabajadores y sus familias sufrían los estragos del hambre debido a un orden social injusto.

El paso de la medicina a la política lo ilustra con un detalle significativo, un detalle moral y político: vende el auto que le habían comprado sus padres para fundar el diario del partido, La Vanguardia, el órgano teórico en el que se expresarán los nuevos ideales y las próximas tareas políticas.

No es exagerado decir que desde los tiempos de Alberdi, Mitre y Sarmiento no había surgido en estas tierras un intelectual capaz de precisar con tanta claridad los objetivos de la Nación. Si Alberdi había teorizado acerca de la república posible, Justo formula desde la cultura socialista las metas de la república verdadera. Si Sarmiento hablaba de educar al soberano, Justo retoma esa consigna y en su discurso se transforma en la educación de la clase trabajadora.

La gran hazaña intelectual de Justo fue encontrar los caminos teóricos y prácticos para hacer realidad la existencia de una fuerza socialista en un país con un desarrollo capitalista atípico, que no se ajustaba a los cánones establecidos por la literatura de izquierda. Cien años después es posible reconocer algunos límites a ese proyecto, pero los críticos izquierdistas y populistas de Justo no lo atacan por sus errores sino por sus aciertos.

Un partido que reivindica la justica social desde una cultura republicana es un pésimo ejemplo para la tradición populista; un partido que se propone educar a los trabajadores, organizarlos en cooperativas, mutuales, bibliotecas y sindicatos, un partido que exige fusionar la teoría con la práctica, la moral pública con la moral privada y el trabajo con la inteligencia, es, además de un mal ejemplo, una mala noticia.

Justo fue el primer político socialista en la Argentina que estableció un principio que hasta el día de hoy sigue siendo válido: para ser de izquierda, primero hay que ser democrático y republicano. El segundo principio establecido es que la izquierda es heredera de las mejores tradiciones del racionalismo; esto quiere decir que no se puede ser de izquierda y predicar el delirio, la violencia nihilista o, como sucede en los tiempos que corren, producir alianzas con fascismos políticos y religiosos.

Las preocupaciones teóricas de Justo giraron alrededor de cómo hacer posible la relación entre socialismo y Nación, y socialismo y democracia. Justo no copia, traduce en el sentido más profundo y creativo de la palabra. Es lo que hace con Marx, por ejemplo. Justo dialoga con Marx, lo interpela y lo traduce. Para el jefe del socialismo argentino, Marx es un compañero del partido, un compañero lúcido, inteligente, pero no es Dios.

Hay que leer a Marx, recomienda, pero hay que leerlo con ojos críticos, con mirada laica y, si es necesario, hay que revisarlo. Justo no se avergüenza de discrepar en algunos puntos con Marx; o poner en tela de juicio sus profecías. Sabe que discute con un par, y como buen socialista, sabe que así como no es aconsejable creer en Dios, mucho menos se debe endiosar a los hombres.

Justo no entiende por qué ciertos marxistas de su tiempo apuestan al derrumbe del capitalismo. Él entiende que al capitalismo hay que superarlo, no destruirlo. Su opción por un socialismo parlamentario, evolucionista y promotor de reformas nace de su esfuerzo por comprender la realidad. Hay una mirada crítica de la modernización capitalista de fines de siglo, pero esa crítica incluye un reconocimiento a un modelo de acumulación que ha permitido el progreso; de lo que se trata, de aquí en más, es de sumar a ese progreso material el progreso social y moral.

Alejando Korn dijo de él: “Sobre una línea recta, sin influencias ni desviaciones se ha desenvuelto esta vida sujeta en todo momento a la ley de su imperativo categórico. Una gran pasión lo animó. No tenía halagos para la flaqueza humana, no tenía el don de la mentira afable. Reunía las condiciones necesarias para fracasar en nuestro ambiente político donde hasta el talento estorba. Sin embargo se impuso. No alcanzó, es cierto, las posiciones oficiales que en nuestro país se ofrecen a la viveza pedestre de todas las mediocridades. No aspiró a ellas. Era de la estirpe de los hombres que, como Alberdi, sin disponer de poder material, gobernaban los destinos de los pueblos. Ejerció un amplio poder espiritual, pero no fue un divagante abstracto. Ninguna visión utópica, ningún lirismo revolucionario hubo de extraviar la sensatez de su juicio, jamás una frase demagógica aduló los instintos de la muchedumbre. Fue un maestro. Cuarenta años después de Caseros, no había germinado ninguna idea nueva en el cerebro argentino”.

Ejerció un amplio poder espiritual, pero no fue un divagante abstracto. Ninguna visión utópica, ningún lirismo revolucionario hubo de extraviar la sensatez de su juicio, jamás una frase demagógica aduló los instintos de la muchedumbre.


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