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Miércoles 14.09.2016
21:00

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Los hermanos Kennedy y la causa radical

Foto:Archivo
Mario, uno de los hermanos Kennedy, en las páginas de un diario de Montevideo en 1932, algunos meses después de haber tomado la comisaría de La Paz.


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Los hermanos Kennedy y la causa radical

 

 

por Rogelio Alaniz

Para quienes disfrutamos rastreando el pasado, la casualidad suele ser una buena noticia. Adelanto este principio, para decir que siguiendo el rastro de Atahualpa Yupanqui fue que oí hablar por primera vez de los hermanos Kennedy. Fue en Rosario Tala. Un personaje amigo de Cipriano Vila y Climaco Acosta -mentados por don Atahualpa en su poema “Sin caballo y en Montiel”- me contó que el joven Chavero -todavía no se llamaba Atahualpa y mucho menos Yupanqui- había vivido un tiempo en esos pagos, pero a fines de 1931 marchó hacia La Paz para sumarse a lo que calificó como la revolución radical de los hermanos Kennedy.

El hombre que me contaba esas historias era un señor mayor, hospitalario, ceremonioso, nostálgico de un tiempo de hombres a caballo, certeros y habilidosos con el lazo, el cuchillo y el rifle; hombres de pocas palabras pero decididos a cumplirlas; hombres valientes dispuestos a matar o morir por lo que consideraban el honor, un concepto que podía incluir la defensa de su buen nombre, hasta la defensa de una causa o una fe política.

De esa madera -me fui enterando- estaban hechos los Kennedy, un apellido que me evocó en el acto a los hermanos de Boston, asociación que se me ocurrió caprichosa hasta que don Mario Crespo, hijo de Amalia Kennedy y sobrino de los héroes, sugirió que no está descartado algún vínculo familiar originado no en EE.UU. sino en Irlanda. Parientes o no, los Kennedy entrerrianos no necesitaron de esa ilustre relación para ganarse un lugar en el panteón de los héroes.

Henry Kennedy -el abuelo- parece que llegó al Río de la Plata en 1836 y para 1844 ya estaba instalado en Paraná. Uno de sus hijos, Carlos Duval, nacido para esos años, se instala en La Paz dedicado a negocios de hacienda. Antes de fin de siglo se casa con Rufina Cárdenas, emparentada con Berón de Astrada. La estancia Los Algarrobos se la compran a una familia inglesa, aunque otros biógrafos afirman que fue a los Ortiz. Se trata de una propiedad de alrededor de seis mil hectáreas dedicada a la ganadería y que en poco tiempo se habrá de constituir en un establecimiento modelo. En esa estancia, ubicada en el paraje conocido como El Quebrachal en el departamento La Paz, nacen los hermanos Kennedy, cinco varones y cinco mujeres, aunque para la historia o para la leyenda, los recordados serán Eduardo, Roberto y Mario.

Para 1914, muere don Carlos Duval; y en 1922, doña Rufina, de quien según se dice, manejaba la estancia con mano de hierro. De todos modos, para esa fecha los Kennedy ya eran reconocidos en la región como eficientes ganaderos, excelentes domadores de potros y tiradores certeros, de esos que, como se dice en estos casos, donde ponen el ojo ponen la bala, una destreza que cuando la historia les presente una cita habrán de demostrar con creces.

Son radicales desde siempre. Radicales yrigoyenistas “envenenados”, como expresan con orgullo sus parientes. Como buenos radicales están peleados a muerte con los conservadores, pero también con los radicales antipersonalistas a quienes no vacilan en calificar -en homenaje a la retórica yrigoyenista de entonces- de cajetillas, pechos fríos y contubernistas. Sus diferencias con los radicales alvearistas proseguirán a lo largo de los años. Enojados con los “traidores” fundarán el Partido Liberal Independiente, un error, reconocerán años más tarde, un error que de todos modos no les impedirá mantener excelentes relaciones con ese otro joven exponente del radicalismo yrigoyenista de esos años: Arturo Jauretche.

Muchos años después, una nieta dirá que los muchachos eran unos dandies: elegantes, excelentes bailarines, tal vez mujeriegos, mundanos y devotos de Chopin y Mozart. Los Kennedy son estancieros; estancieros y radicales. Nada novedoso en esos tiempos, porque, como le dijera alguna vez don Alberto Barceló a un diplomático francés: “No se confunda mi amigo, en provincia de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, las vacas son radicales”.

El 6 de septiembre de 1930 -o alrededor de ese día- reciben la noticia de que Hipólito Yrigoyen fue derrocado por los militares. Los hermanos están en una feria ganadera organizada por la Sociedad Rural, institución de la que Enrique Kennedy fue uno de sus socios fundadores. La cita con la historia empieza a confirmarse. A la otra semana ya se están movilizando para librar la lucha contra el retorno del régimen falaz y descreído. En esos meses, Eduardo viaja a Europa para presentar una denuncia contra los golpistas en la Sociedad de Naciones. Como la leyenda ya lo acompaña como una sombra, se cuenta que en París conoció a Carlos Gardel.

De regreso, pasa unos días en Montevideo y otra vez en La Paz. Para esos meses ya están conectados con militares decididos a alzarse en armas contra los usurpadores. El nombre que nos interesa en este caso es el del teniente general Gregorio Pomar. (Hoy, sabemos que todas esas revoluciones radicales están condenadas al fracaso, que el ejército nacional es una institución poderosa y que el Estado maneja recursos muy superiores a los de los revolucionarios cuyas exclusivas virtudes son la indignación y el coraje).

Citándolo a Borges, bien podría decirse que a Eduardo, Roberto y Mario, una noche, los está aguardando, la noche en que probarán -por si hacía falta o alguien todavía no lo ha advertido- que son valientes. Es la noche o la madrugada del 3 de enero de 1932, el momento en que debe estallar la revolución radical en Entre Ríos, Corrientes y, según afirman los más entusiastas, en todo el país. Importa poco saber que la revolución fracasará en toda la línea, que los levantamientos no se producirán como estaban previstos y que incluso Pomar enviará un mensaje a La Paz para decir que el levantamiento debe cancelarse, mensaje que por las dificultades de las comunicaciones de la época, o porque algún traidor se interpuso en el camino, nunca va a llegar o va a llegar demasiado tarde.

Esa calurosa noche de verano los conspiradores se preparan para tomar la ciudad. Se reúnen en la casa de uno de los Kennedy. Los hombres llegan a caballo. Un asado en el patio los está esperando. Todos dejan sus chambergos en las perchas de la casa y en una de las camas de un improvisado dormitorio. Las armas las llevan encima, menos los rifles por supuesto. Importan los detalles. Una revolución radical en esos tiempos no era broma. Sabían con certeza que podían morir en el intento, pero sin embargo antes de marchar al combate se despiden con un asado. La ceremonia, el mito antes de la tragedia. A Homero, el detalle le hubiera encantado.

La hora señalada es alrededor de las tres de la mañana. No hay información precisa acerca de los motivos por los cuales en lugar de sesenta hombres, los que van a participar en el combate son catorce, entre los que están Eduardo, Roberto y Mario, pero también el sastre Héctor Papaleo, José Maldonado, Luis Franco, Bernabé Menchaca, Cayetano Romero, Lorenzo Bosch, Paco Sánchez, Lucas Duclós, Fortunato Alegre, Francisco Zoffala y Pedro Oterio.

El objetivo es tomar la comisaría, la oficina de teléfono y los bancos. ¿Por qué los bancos? Para que nadie se aproveche de las circunstancias y saquee los recursos públicos. Son revolucionarios radicales, no delincuentes. La consigna de los conjurados es clara: “No lamemos las botas de la dictadura. ¡Viva la patria!”. Los hombres avanzan agazapados entre las sombras en dirección a la comisaría. No actúan a traición, respetan los códigos hasta en las situaciones límite. No son saqueadores, tampoco carniceros; son hombres de honor, radicales de Alem e Yrigoyen. No tiran emboscados. Antes de iniciar la balacera avisan, pero el aviso incluye las reglas de juego: “Entréguense, porque el que tira, muere”. En la comisaría, los aguardan veinticinco o treinta hombres armados hasta los dientes. Escuchan la advertencia, pero ellos también son hombres valientes y no están dispuestos a entregarse. Pronto sabrán que las palabras de los Kennedy no se las llevaba el viento. Y que su puntería certera era algo más que una leyenda. (Continuará)

Sabían con certeza que podían morir en el intento, pero sin embargo antes de marchar al combate se despiden con un asado. La ceremonia, el mito antes de la tragedia.


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