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Jueves 29.09.2016
19:41

Mesa de café

Cuando a la plata de los contribuyentes la administran los malandras

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Mesa de café Cuando a la plata de los contribuyentes la administran los malandras

Remo Erdosain

—Yo al gobierno de Macri no lo entiendo -declara Marcial, para después agregar- mantiene y amplía los planes sociales, lo que traducido a criollo quiere decir que satisface las exigencias de los líderes piqueteros que viven y se financian con esos recursos, y como contrapartida los piqueteros le pagan con cortes, tomas y marchas combativas todos los días.

—¿Y qué es lo que no entendés?

—Precisamente eso; que financie a quienes todos los días le hacen la vida imposible en las calles. Resulta que paga para que no le hagan lío y la respuesta es más lío financiado con la plata del Estado. Yo miraba el otro día una manifestación. No soy de los pierden el sueño porque en el mundo haya pobres, pero realmente se te parte el corazón ver cómo la traen a la gente como si fuera rebaño para realizar reclamos que sólo benefician a los dirigentes, con el agregado que muchas movilizaciones las realizan para cometer entre las diferentes organizaciones o simplemente para hacer exhibiciones de fuerza, de lo que ellos llaman, “capacidad de convocatoria”, todas poses teatrales cuyo objetivo es luego pedir más plata para seguir con la joda, la joda de ellos claro está.

—Y entonces, ¿qué proponés, que corten los asignaciones universales? -pregunta José con tono burlón.

—A vos te gustaría que yo diga que sí, que efectivamente se deje de gastar plata para mantener vagos o a tipos que han decidido que los que trabajamos tenemos la obligación moral y práctica de mantenerlos. Pero no te voy a contestar que sí, que hay que cortar todas las asignaciones, y no te lo voy a decir porque entiendo que hay gente que efectivamente necesita esa asignación, pero lo que se impone es revisar el destino de esos recursos; yo quiero que la plata de nuestros impuestos vaya a los pobres no a D’Elía, Esteche, Pérsico o el Chino Navarro. Ésa es la diferencia que yo tengo con vos José y con todos los peronistas. Yo quiero terminar con la pobreza, no vivir de ella como hacen ustedes.

Le hago señas a Quito para que me sirva otro cortado “mitad y mitad” y tomo la palabra.

—Lo que correspondería es que los planes sociales sean administrados de manera más justa y racional. Y además que se trabaje pensando que son soluciones provisorias, no eternas; se supone que en el futuro la gente conseguirá trabajo...

—Si los vivimos manteniendo no van a conseguir trabajo por la sencilla razón de que no lo van a buscar. ¿Para qué trabajar si me mantienen?

—No es tan así -dice Abel-; además, en la vida real la gente trabaja y de paso se beneficia con algunos planes sociales.

—No sé si no es tan así. Yo admito que hay gente que necesita ser ayudada; pero hay muchísimos vivos que los ayudan sin necesidad o a cambio de apoyo político. De mil que reciben planes sociales, solamente los necesitan trescientos. Y me quedo corto. Y con un agregado: que si se beneficiara solamente a los que lo necesitan, podría pagárseles mucho mejor.

—No es ninguna novedad que en la Argentina la pobreza y los pobres son un excelente pretexto para el enriquecimiento de punteros, sindicalistas, jefes de barras bravas y políticos. No es ninguna novedad -admite Abel.

—Eso puede que sea cierto en parte -admite José- pero no es menos cierto que por un camino que seguramente hay que perfeccionar se resuelven los problemas de la gente, y la gente de alguna manera está protegida. Nada es perfecto, pero los beneficios llegan.

—Ese argumento de que nada es perfecto es una excelente coartada para los malandras. Por el contrario, yo no creo que resuelven nada; en el mejor de los casos dejan las cosas como están, porque estos vivos saben muy bien que si los problemas reales de la gente empiezan a resolverse ellos se quedan sin curro. ¿Qué sería de la vida de D’Elía, Esteche, o cualquiera de esos atorrantes si los pobres dejaran de ser pobres? No nos engañemos, los primeros interesados en que la pobreza continúe son ellos. Ellos, mucho más que un empresario o un burgués, están interesados en que los pobres estén jodidos, porque ésa es la condición para que ellos puedan currar.

—Esta Argentina es terrible -digo- la capacidad que tenemos para transformar el oro en barro es admirable. En ese sentido, hasta somos admirables. Hemos corrompido mutuales, cooperativas, planes sociales, sindicatos, movimientos piqueteros. Nada quedó afuera de la pulsión criolla de corromper.

—Sin ir más lejos -me interrumpe Marcial- corrompimos organismos de derechos humanos, monjitas de clausura, pero dejemos de hablar en plural porque si eso lo hicimos todos es lo mismo que decir nadie; acá en la Argentina la máquina implacable de corrupción tiene nombre y apellido.

—¿Podés decirlo? -pregunta José con tono insidioso.

—No hace falta decirlo, todos sabemos quiénes o quiénes son. Y vos sos el primero en saberlo, así que no hagas preguntas innecesarias.

—¿Podés dar ejemplos por lo menos?

—Las obras sociales, por ejemplo. Es escandaloso.

—¿Qué es escandaloso?

—Que los sindicatos o, mejor dicho, los burócratas sindicales administren las obras sociales es una vergüenza y es otro ejemplo de financiamientos con los recursos públicos de esos malandras que son los dirigentes sindicales.

—No se puede meter a todos en la misma bolsa.

—La mayoría está en la misma bolsa; después en todo caso nos ocupamos de las escasas y contadas excepciones. Admitamos de una buena vez que en esta Argentina bendita que nos tocó vivir nadie se hace dirigente sindical para defender a los trabajadores, sino para hacerse millonario a costa de los trabajadores. Es así de simple y de trágico. Y si no miren al “Caballo” Suárez o al compañero Suárez... alguien que no es precisamente una excepción, en todo caso es la manifestación más modesta de una capa social de malandras, sinvergüenzas, trepadores sociales y atorrantes atornillados a los sindicatos de por vida.

—No todos son iguales.

—Tal vez. Pero... ¿querés distinguir a un dirigente sindical de un malandra?

—¿Cómo los distingo?

—Por dos manifestaciones. Fijate cómo viven y fíjate cuántos años hace que están al frente de su sindicato. En eso, la ecuación es infalible. Cuantos más años están en el sindicato más malandras son y más gorda es su cuenta corriente.

—¿Terminaste?

—Puedo seguir porque la tragedia es que esto no tiene fin.

—A mí no me parece mal -dice Abel- que las obras sociales estén en manos de los trabajadores.

—No están en manos de los trabajadores, están en manos de los burócratas sindicales; cifras millonarias administradas por estos malvivientes.

—¿Y vos lo que querés es que no haya obras sociales?

—No me hagas decir lo que no digo; yo creo que a las obras sociales las debe administrar el Estado, que es en definitiva el primer y el último garante. Y que los trabajadores, que es lo que quería el “compañero” Ramón Carrillo, es decir, dispongan de un seguro nacional de salud. El sistema siempre tendrá algunos defectos, pero serían muy menores comparados con este financiamiento salvaje administrado por malandrines.

—No comparto -concluye José.

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