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Martes 04.10.2016
21:16

La vuelta al mundo (por Rogelio Alaniz)

Colombia y las sorprendentes lecciones de las urnas

Foto:Ilustración de Lucas Cejas


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La vuelta al mundo (por Rogelio Alaniz) Colombia y las sorprendentes lecciones de las urnas

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Una elemental enseñanza política aconseja que nunca se debe festejar antes de tiempo, una verdad que pareciera no haber tenido en cuenta el señor Juan Manuel Santos, su socio en la emergencia, el comandante Timochenko, pero sobre todo los principales jefes políticos del mundo, incluidos Obama, Macri y el Papa Francisco, para no mencionar al rey emérito Juan Carlos, quien olvidando las lecciones aprendidas con la ETA se hizo presente en Cartagena para avalar un acuerdo que jamás hubiera aceptado en España con los colegas vascos de las Farc.

Llama la atención que políticos astutos y curtidos no hayan advertido el rechazo que por lo menos la mitad más uno de los colombianos manifestaban a un acuerdo que, como dijera Álvaro Uribe, representaba una rendición lisa y llana ante el terrorismo y el narcotráfico. Se trataba, en definitiva, de esperar una semana y proceder en consecuencia, un gesto de prudencia que en nada afectaba la voluntad pacifista, pero respetaba la voluntad del pueblo colombiano y, sobre todo, impedía que los jefes de Estado del mundo fueran acusados por los simpatizantes del NO de intervenir en los asuntos internos de un país soberano.

Aleccionadoras e irrefutables fueron en ese sentido las palabras de Uribe al presidente de Perú, cuando le preguntó si la misma paz que intentó festejar con Santos la hubiera aceptado con Sendero Luminoso, la organización terrorista de filiación maoísta que los peruanos padecieron durante años.

Santos y sus socios presentaron una propuesta de acuerdo o, para ser más precisos, una hoja de ruta para arribar a la paz, como una decisión nacional. Atendiendo a su comportamiento, el hombre suponía que el plebiscito era apenas un trámite, reforzado además, por la publicidad, las abiertas presiones ejercidas a la prensa y a gobernadores y alcaldes y la propia solidaridad internacional. Los hechos demostraron, en principio, que su propuesta era la de una “parte” de los colombianos y no del “todo”, pero atendiendo a las declaraciones de los flamantes ganadores, también queda claro que la opción no era, ni es, “paz o guerra” como intentó presentarla Santos, sino “paz con impunidad o paz sin impunidad”; “paz con narcotráfico o paz sin narcotráfico”, o “paz con vigencia del Estado de Derecho o paz con instituciones creadas por encima del Estado de derecho para favorecer a la guerrilla” y lo que es peor aún, a una facción de la guerrilla, ya que en las conversaciones de La Habana no estaba incluido, por ejemplo, el ELN (Ejército de Liberación Nacional).

¿Por qué se equivocaron “tan fiero” los jefes de Estado? ¿Por qué dirigentes políticos de insospechadas simpatías con el comunismo se “comieron” el amague de Santos, Timochenko y los Castro? Puede que las proclamas de buenas intenciones los hayan movilizado en lo que consideraban una dirección correcta, pero si así fue, insisto una vez más que deberían haber tenido la prudencia de esperar aunque más no fuera una semana para ver lo que ocurría, y no ponerse por anticipado el traje y la corbata de la victoria.

Un comportamiento prudente por parte de todos ellos hubiera sido escuchar lo que decían los dirigentes opositores, empezando con Uribe, por supuesto, pero continuando con líderes de centro e incluso de izquierda que advertían de los riesgos y sobre todo, del peligro que representaba para la institucionalidad democrática las inaceptables concesiones realizadas por un Santos cuyo entusiasmo por la paz a todos les resulta por de más sugestivo, entre otras cosas porque en tiempos de Uribe fue el más guerrero y cuando ganó las elecciones presidenciales prometió continuar con la tarea iniciada por Uribe de derrotar a las Farc o de arribar a un acuerdo de paz que incluya, como ya había ocurrido con las Autodefensas, penas de prisión para los responsables de crímenes, secuestros y atentados terroristas.

¿Por qué se equivocaron? Insisto. Otra respuesta tentativa a este incómodo interrogante es que los jefes de Estado hayan sido víctimas de lo que se denomina el pensamiento políticamente correcto y sobre todo, la tendencia de sumarse sin beneficio de inventario a lo que se considera que de una manera u otra se va a imponer o triunfar. En este punto, todos, Santos y Timochenko incluidos fueron engañados o se dejaron engañar por las empresas de medición pública que en algunos casos le otorgaban al SÍ una ventaja sobre el NO de más de veinte puntos.

Vanidad de vanidades. Los colombianos decidieron otra cosa y si bien la ventaja obtenida fue mínima, la cifra adquiere un singular significado, atendiendo a que el poder político y estatal estuvo militando abrumadoramente a favor del SÍ. Pero el dato que merece incorporarse a cualquier reflexión que se haga sobre este plebiscito, es que más del sesenta por ciento de los colombianos no fue a votar, un porcentaje que nos obliga a arribar a la melancólica conclusión de que este tratado de paz sugestivamente celebrado en La Habana entusiasmaba más a los observadores externos que a los propios colombianos, una lección que a quienes nos gusta reflexionar sobre los fenómenos que corren en el mundo debería alertarnos, por ejemplo, para observar con más ecuanimidad lo que está ocurriendo en EE.UU. donde hay una absoluta unanimidad a favor de Hillary Clinton -unanimidad en la que me incluyo- pero pareciera que en los EE.UU. “profundo” esa contundencia no es tan evidente.

¿Qué va a pasar de aquí en más? Por lo pronto sería apresurado arribar a conclusiones inmediatas. Santos ha dicho que la paz se mantiene, es decir que ni las Farc ni el gobierno reiniciarán la actividad armada. Habrá que verlo. Sobre todo en el caso de las Farc cuyos integrantes lo único que hicieron en los últimos cincuenta años fue tirar tiros y suponer que la actividad militar redime y purifica.

Desde el punto de vista interno, la situación de Santos no es nada cómoda. Habrá que prestar atención al desarrollo de los acontecimientos, pero de una derrota política de esa magnitud no se sale impune y sin pagar costos severos. Timochenko mientras tanto ha dicho que no van a abandonar las tratativas de paz, pero no se ha privado de criticar a quienes según su punto de vista “siembran el odio y la destrucción”, es decir, se refiere a los que no están de acuerdo con que queden libres e impunes.

A Santos le quedan dos años para concluir su mandato presidencial y habrá que ver cómo se las arregla para asegurar la gobernabilidad después de esta derrota. No es un político improvisado y no está solo, pero ya se sabe que las luchas políticas en Colombia son impiadosas y a los derrotados los tritura, como dijera un periodista, “la máquina de picar carne”.

Sin duda que el político más fortalecido en esta coyuntura es Álvaro Uribe, pero habrá que ver si la resolución de un conflicto político intenso y prolongado se logra colocando en un primer plano al dirigente político más expuesto y más conflictivo. En principio, lo que parece imponerse es la prudencia. A nadie se le cae la palabra “paz” de la boca y hasta el propio Uribe ha dicho que ése es su objetivo final y para ello no ha vacilado en convocar algo parecido a un gran acuerdo nacional.

¿Uribe pacifista? Por lo menos sus manifestaciones verbales no son guerreristas, entre otras cosas porque si bien Colombia rechazó el acuerdo de paz de Santos, la inmensa mayoría de sus habitantes está harta de la guerra, los secuestros, las acciones terroristas y los persistentes enfrentamientos armados. Nadie desea volver a esa situación, pero lo que estas elecciones intentan demostrar es que los colombianos no olvidan los padecimientos infligidos por la guerrilla. Lo demás, le corresponderá resolverlo a la política y es de desear que la política en este caso sea sinónimo de deliberación pacífica y no de acción militar aunque, en homenaje al realismo, después de este resultado electoral hay que decir que objetivamente todas las alternativas están abiertas.

Queda claro que la opción no era, ni es, “paz o guerra” como intentó presentarla Santos, sino “paz con impunidad o paz sin impunidad”; “paz con narcotráfico o paz sin narcotráfico”.

La baja participación nos obliga a arribar a la melancólica conclusión de que este tratado de paz sugestivamente celebrado en La Habana entusiasmaba más a los observadores externos que a los propios colombianos.


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