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Jueves 13.10.2016
20:58

MESA DE CAFÉ (por Remo Erdosain)

La inseguridad de la seguridad

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MESA DE CAFÉ (por Remo Erdosain) La inseguridad de la seguridad

 

Remo Erdosain

—Lo procesan a Boudou -comenta Abel.

—En realidad no lo procesan, lo que hay que decir es que le inician un nuevo proceso y ya van... -digo.

—Para ser sinceros, y perdón si soy demasiado directo -dice Marcial-, creo que a Boudou como a “La que te dije” hay que meterlos presos, esa sería la noticia.

—A mí me llama la atención -dice José- que señores como ustedes, que hablan del Estado de Derecho y la majestad de la Justicia se olviden, por ejemplo, de las garantías en juicio o la presunción de inocencia.

—¿Vos creés que con “La que te dije” o con su maridito del alma es justo hablar de presunción de inocencia? -pregunto.

—Yo, por el contrario, creo que si de presunción se trata, de lo que hay que hablar es de presunción de culpabilidad -observa Marcial.

—Yo con estos ñatos y ñatas no tengo presunciones, tengo certezas, lo demás pertenece a las fallas del sistema -digo.

—Yo siempre digo -dice Abel- que están los que se defienden como inocentes y están los que se defienden como culpables. Es fácil distinguirlos. Y en homenaje a esa facilidad es que digo que la Señora y sus cómplices son culpables, son culpables como lo era Al Capone.

—La confusión con mafiosos no me parece algo apropiado.

—No los confundo, lo son. Al Capone era un chico de pecho a su lado, y si no preguntale a Nisman.

—Así no se puede hablar; con esos razonamientos se hace difícil sostener una conversación -se queja José.

—Lo que se hace difícil es sostener una República en serio, con tantos malandras gobernando y con tantos malandras en libertad.

—El tiempo va a ser un buen juez -dice José-; es como en 1955, Perón era un ladrón, un fascista y un violador de menores...

—¿Y no fue así? -pregunta Marcial guiñando un ojo-, ¿o a Nelly Rivas la inventé yo?

—No te contesto porque no tiene sentido; lo que digo es que el tiempo da perspectiva...

—La única perspectiva es la cárcel a los ladrones. Yo no quiero que a “La que te dije” la castigue Dios, quiero que la castigue la Justicia -afirma Abel.

—Justicia dijiste, y es lo que se debe respetar, entre otras cosas el derecho de defensa -refuta José.

—Lo que se debe respetar es el reclamo de la sociedad contra la impunidad; porque sobran pruebas de que la Señora es corrupta y que se valieron del gobierno para hacerse multimillonarios.

—Es lo que yo siempre digo -dice Abel-, se habla de la puerta giratoria que existe a favor de los delincuentes, pero en el caso de los delincuentes políticos no hay puerta giratoria, porque, como alguna vez dijera Menotti: “Para saber entrar hay que saber salir”. Y los malandras políticos nunca entran.

—Ya que sacás el tema, parece que hubo movilizaciones en todas las ciudades contra la inseguridad -dice Abel.

—No es para menos; la gente está harta.

—Yo quisiera al respecto hacerme algunas preguntas, porque yo también estoy contra la inseguridad, pero ¿qué puede hacer un Estado, un Estado o un gobierno, si un tipo, por ejemplo, se acerca a dos chicas que están tomando mate en una plaza y las apuñala y sale corriendo. No hay manera de impedirlo.

—Lo que la gente exige no es lo imposible; lo que se reclama es que ese tipo sea detenido y que no salga, porque no se puede impedir que un criminal mate o robe al azar, pero sí se puede impedir que siga libre -digo.

—Yo creo que los reclamos contra la inseguridad son reclamos contra policías corruptos, jueces sinvergüenzas, abogados de malandras y políticos indiferentes.

—Admitamos que los delincuentes también son personas.

—Son personas, por supuesto -dice Marcial-, pero son personas que roban, matan y violan y, por lo tanto, merecen un trato diferenciado de los inocentes, y no como sucede ahora que los amigos garantistas están preocupados por el dolor del delincuente y les importa tres pitos el dolor del que perdió un hijo, un padre o una esposa.

—El garantismo fue una conquista de la sociedad -advierto.

—Pero como toda conquista hay que merecerla; y, además, la balanza debe ser equilibrada, y acá la balanza se volvió demasiado para un lado

—Yo siempre me acuerdo de la novela de Alejandro Dumas, “El conde de Montecristo” -digo-; un tipo que regresa a su pueblo y lo quieren joder para quitarle la novia, quedarse con sus bienes... Finalmente le hacen una cama y termina preso, enterrado en vida, mejor dicho en una cárcel en medio del mar... La hago corta, las garantías se establecieron para que eso no ocurra, para que un inocente no esté a merced de los caprichos del déspota o de los hombres del poder. Conclusión: las garantías se hicieron para proteger a los débiles.

—Así fue en su origen, pero como te decía antes, una sociedad tiene que merecer un régimen de garantías...

—Es así, pero además acá no se pone en discusión las garantías, lo que se pone en discusión son los abusos que se cometen en su nombre; delincuentes que entran por una puerta y salen por otra en nombre de las garantías, o abogados que se hacen multimillonarios defendiendo a malandras y valiéndose para ello de las leyes o de un sistema de procedimientos, en muchos casos pensado para favorecer al delincuente y no para hacer justicia.

—Yo lo que creo es que si no hubiera tanta pobreza no habría tanta delincuencia.

—Esa es una verdad general que sólo sirve para resolver generalidades, pero acá se trata de resolver situaciones concretas. Suponiendo incluso que se resolvieran los temas sociales y si, como dijera Macri con evidente desparpajo, se arribara a la pobreza cero, en el mejor de los casos pasarían ocho o diez años, y acá de lo que se trata es de dar una respuesta a la gente hoy, no dentro de hipotéticos diez años.

—A ello agregaría -dice Abel- que si bien la pobreza es un dato importante para tener en cuenta, no siempre es el único y a veces ni siquiera es el más importante.

—¿Por qué decís eso?

—Te doy, por ejemplo, el caso de Nueva York antes de Giuliani. Era la ciudad con más delitos y más muertes y, al mismo tiempo, una de las ciudades con mayor nivel de vida.

—Sin duda que es un tema complicado, que no se resuelve de la mañana a la noche.

—Eso ya se sabe, pero yo lo que pretendo por ahora es un cambio cultural, un cambio que empiece por establecer diferencias entre el delincuente y la víctima. Me parece elemental.

—No exageremos, la Justicia establece diferencias.

—Las establece teóricamente, pero culturalmente, pienso en los Zaffaroni y en muchísimos jueces y fiscales, que creen que al que hay que defender es al delincuente, considerado una víctima del sistema o del capitalismo... por eso digo que es necesario un cambio cultural, un cambio cultural de la clase dirigente, porque la gente común, la gente que trabaja, estudia, vive, tiene muy claro quiénes son las víctimas y quiénes los delincuentes.

—Yo insisto una vez más en diferenciar entre ladrones y delitos de sangre. El que mató, el que asesinó y, agregaría, el violador, que vayan todos adentro y que no salgan por muchos años. El daño que hicieron es irreparable...

—La cárcel no resucita a los muertos.

—No los resucita, pero establece una diferencia entre impunidad y justicia.

—No se le puede negar el derecho a un delincuente de recuperarse -insiste José.

—Lo tiene, pero además debe pagar por el daño que hizo. Supongamos que un asesino se recupera, que una junta de médicos establece que ya no es más agresivo, que será más bueno que el pan... A pesar de todo eso, yo creo que debe seguir en cana...

—No comparto -concluye José.


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