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Viernes 28.10.2016
22:08

“La invención de la naturaleza” (por Enrique Butti)

El hombre que hizo del mundo su patria

“Naturgemälde”, de Alexander von Humboldt, mostraba la correlación entre las zonas climáticas y las plantas en función de la latitud y la altitud en el Chimborazo. Foto: Archivo El Litoral


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“La invención de la naturaleza” (por Enrique Butti) El hombre que hizo del mundo su patria

 

 

Por Enrique Butti

Inventó las isotermas (líneas de temperatura y presión que encontramos en los actuales mapas climáticos); descubrió el ecuador magnético; sus esquemas de naturgemälde (palabra alemana que podríamos traducir como “pintura de la naturaleza”) crearon la base de la ecología; sus viajes y exploraciones por todo el mundo influyeron firme (y siempre acertadamente, guiado por ideales de libertad y abolicionismo) en la política internacional; fue modelo para investigadores de la naturaleza (Darwin, Perkins Marsh, Haeckel y Muir) y tuvo ascendiente en el estilo y en la mirada de muchos escritores (de Walt Whitman a Ezra Pound, de Julio Verne a Gabriel García Márquez).

Alexander von Humboldt nació en 1769 en una familia acomodada de la aristocracia prusiana. Atizado por los diarios del capitán James Cook y Louis de Bougainville, que habían dado la vuelta al mundo, desde joven se vio impulsado a los viajes y exploraciones, siempre pautados por rigurosos estudios y experimentos.

Era muy joven cuando conoció a Goethe que no sólo era un deslumbrante escritor sino también un científico apasionado. El autor del “Fausto” había por entonces dejado de ser un joven rebelde y un “apuesto Apolo”; un conocido lo describió cargando un estómago “como el de una mujer en las últimas etapas del embarazo”. La mutua admiración y la amistad con el joven naturalista fue inmediata. Durante toda su vida, al regreso de sus largos viajes, Humboldt viajó a Weimar mientras Goethe vivió para leer juntos libros de historia natural, dar largos paseos y compartir elucubraciones y fantasías.

¿Cómo entender a la naturaleza? “El árbol que veo en mi jardín, ¿es la idea de ese árbol o el árbol real?”, era la gran pregunta del momento, con las respuestas opuestas que proponían los racionalistas y los empiristas. Kant había provocado poco antes una revolución filosófica “tan radical como la de Copérnico”, al ubicarse entre aquellas dos corrientes e introducir el concepto de que “cuando experimentamos, un objeto se convierte en una cosa tal como la percibimos”.

Sobre todo esto, y muchísimo más cuenta la detallada y apasionante biografía de von Humboldt, de Andrea Wulf, titulada “La invención de la naturaleza”, que Taurus acaba de publicar en castellano. Una parte central del libro la ocupa la expedición que Humboldt realiza a partir de 1799 en América, recorriendo desde Perú a los Estados Unidos, con epicentro en la escalada del volcán Chimborazo en los Andes, en lo que hoy es Ecuador.

En 1806, se publica el primero de los 34 volúmenes del “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente”, donde Humboldt incluía el magnífico dibujo de su naturgemälde, un gran desplegable que mostraba la correlación entre las zonas climáticas y las plantas en función de la latitud y la altitud en el Chimborazo. Resultó una revolución en la botánica, dominada hasta ese momento por el concepto de clasificación, porque examinaba el mundo vegetal en un contexto más amplio y consideraba a la naturaleza como una relación holística entre fenómenos varios. Consideraba la vinculación que la agricultura tenía con la economía y la política, y marcaba la red de conexiones que la naturaleza revelaba a nivel global. Fue el primer libro ecologista del mundo.

El “Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España”, publicado en cuatro volúmenes entre 1808 y 1811 tuvo también repercusiones esenciales para la historia latinoamericana. A finales de 1804, Humboldt ya había regresado a Europa e instalado en París, y allí conoció a un venezolano de 21 años que llevaba una disipada vida de alcohol, juego y sexo, al parecer tratando de olvidar la pena que le había provocado la muerte de su joven esposa, fallecida de fiebre amarilla a los pocos meses de la boda. Se llamaba Simón Bolívar, y Humboldt le narró el encanto de su tierra lejana. Se hicieron amigos y hablaron de política y revoluciones. En esos días, Napoleón se había coronado emperador y Bolívar se escandalizaba de que su héroe se hubiera transformado en un déspota y en un tirano.

Tres años después, Bolívar regresaba a su patria lleno de fervor por las ideas ilustradas de independencia. “Pero la lucha contra los españoles iba a ser una larga batalla”, escribe Wulf. “Una rebelión llena de traiciones entre íntimos amigos. Brutal, caótica y a menudo destructiva, tardaría casi dos décadas en expulsar a los españoles del continente y, al final, acabaría con Bolívar gobernando como un dictador”.

Wulf nos cuenta también detalles inéditos sobre la vida íntima de Humboldt. Perspicaz, de “lengua maliciosa”, era muy atractivo pero no se casó nunca y las mujeres no le interesaron. Aunque conoció largas etapas de soledad, a menudo contó con estrechas amistades masculinas, y las cartas a estos amigos están plagadas de declaraciones amorosas.

Hoy hay una “corriente de Humboldt” frente a la costa de Chile y Perú; en la luna existe una zona denominada “Mar de Humboldt”; unas 300 plantas y más de cien animales llevan su nombre, lo mismo que varios parques y montañas de Latinoamérica y Estados Unidos (también allí cuatro condados y trece ciudades, bahías, montañas y lagos), cadenas montañosas en China y Sudáfrica. También nuestra provincia tiene el orgullo de haberle dedicado su nombre a una de sus principales comunas.

“El árbol que veo en mi jardín, ¿es la idea de ese árbol o el árbol real?”, era la gran pregunta del momento, con las respuestas opuestas que proponían los racionalistas y los empiristas.

Tenía en cuenta la vinculación que la agricultura tenía con la economía y la política, y marcaba la red de conexiones que la naturaleza revelaba a nivel global. Fue el primer libro ecologista del mundo.


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