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Miércoles 02.11.2016
21:09

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Juana Manuela, de Lima a Buenos Aires

Foto:Archivo
“Panoramas de la vida”, colección de novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas, de Juana Manuela Gorriti. Fue publicado en 1876.


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Juana Manuela, de Lima a Buenos Aires

 

 

Rogelio Alaniz

Es la medianoche del 27 de marzo de 1865. Dos mujeres caminan por las calles de La Paz en dirección al Palacio Presidencial. Juana Manuela le propone a su hija Edelmira ingresar por la puerta grande; no va a permitir que los enemigos de su esposo se den el lujo de hacerla entrar o salir por la puerta de servicio. Cuando llegan al Palacio los primeros que se sorprenden son los centinelas que no se atreven a impedirles el paso. Desde uno de los salones llega el estruendo de las voces y las risotadas. Los ganadores festejan sus hazañas y algunos ya están borrachos.

Juana Manuela camina por la galería central acompañada de un oficial que ha aceptado guiarla hasta el cuarto donde están los restos del Tata. Juana Manuela se ha separado de él hace casi veinte años, pero ella no va a permitir que el cuerpo del hombre que amó, el cuerpo del hombre que seis mil y una noches durmió a su lado quede en manos de sus asesinos.

Nunca las paredes de ese edificio envilecido por tantas traiciones y corruptelas vieron caminar con tanta dignidad a una mujer. Juana Manuela avanza; la mirada altiva, el gesto empecinado, el mantón negro que cubre una parte de su rostro. Juana Manuela va a buscar los restos de su hombre, del padre de sus hijas, del legítimo presidente de Bolivia. Sabe que ella es la hija del hombre que peleó con Belgrano en Salta y Tucumán, la sobrina del sacerdote que conversaba con Mariano Moreno; la niña que estuvo en los brazos de Güemes; la prima hermana de la mujer que apoyó la cabeza de Lavalle en su falda y lo besó en los labios un instante antes de morir. Sabe, en definitiva, que es una Gorriti y que ninguno de los que están en el palacio se atreverán a detenerla.

Belzú está tirado en un catre; el rostro manchado de sangre. “Por un hilito de sangre se le iba la vida a Manuel. Sabía que era mortal pero había establecido una secreta complicidad con la vida. Por un hilito de sangre se le iba la vida a ese apuesto, a ese noble capitán. Él sabía que no era inmortal; él sabía que a veces el triunfo y la muerte vienen juntos. Se mueren mis caballos que no saben que van a morir. Eso pensaba Manuel antes de la batalla. Hasta esa tardecita en que una bala penetró entre la parte media de la nariz y el pómulo izquierdo que yo tantas veces besé. Por un hilito de sangre se le iba la vida a Manuel...”.

Recogen el cadáver. De algún lado aparece una angarillas y Juana Manuela y su hija inician el viaje de regreso. A su alrededor todos hacen silencio. En algún momento, aparece el general Melgarejo; mira a Juana Manuela y desaparece detrás de una puerta. Las mujeres pasan a su lado, altivas, majestuosas, dignas; rodeadas de un triple silencio: “La noche, la muerte y el dolor”.

Diez mil mujeres vestidas de negro y más de veinte mil hombres acompañan al cortejo. Indios, cholos, campesinos, llevan en andas los restos del hombre que los hizo sentir personas. “¿Quién sino Tata Belzú los facultó para dejar la chaqueta corta y pantalón partido dejándolos usar saco y pantalón recto? ¿Quién sino Tata Belzú les permitió salir de las ferias y comerciar en cualquier parte? ¿Quién les dio derecho a ocupar cargos públicos, a estudiar en las escuelas de artes y en las universidades? ¿Quién se dolió de sus vicios y defectos? ¿Quién sino Tata Belzú? ¿Quién soñó un destino más maduro y respetable para todos los bolivianos? ¿Quién sino Tata Belzú extendió la mano al indio? ¿Quién sino él intentó sacarlos de su condición de bestia destinada a la mina? ¿Quién sino Tata Belzú quiso abolir el pongo?”.

Juana Manuela regresa a Lima, a las tertulias literarias, a las reuniones sociales, a su oficio de escribir, a sus amoríos con Julio Sandoval, mucho menor que ella, con el que va a tener dos hijas y con el que nunca se va a casar. Sus libros se publican en Lima, Buenos Aires, Santiago y más adelante en Europa. No vamos a decir que en algún momento fueron best sellers, pero llegó a ser una escritora reconocida.

La vida literaria no la va a eximir de cumplir con sus compromisos sociales. Cuando España bombardea el Callao ella se ofrecerá como colaboradora. Y por las tareas de solidaridad desplegadas en la retaguardia el gobierno de Perú la honrará con un reconocimiento oficial. Con los honores vienen las desgracias, las enfermedades y las muertes de los seres queridos. También llega la pobreza porque se hace muy difícil vivir con los recursos de la escuela y lo que ahora llamaríamos los derechos de autor.

Para mediados de los años setenta viaja a Buenos Aires. Existe la promesa de publicarle algunas novelas y ella está decidida a gestionar la pensión que le corresponde por ser hija de un guerrero de la independencia. En Buenos Aires, recibe reconocimientos, honras y una pensión de alrededor 200 pesos.

En esos días conoce a Juana Manso que está casi al borde de la tumba. Juana Manuela abraza a la mujer que admira: “Permítame pedirle su amistad y besar la mano de mi maestra y colega”.

Las relaciones con Eduarda Mansilla no van a ser tan amables. Eduarda está fastidiada por los escritos de Juana Manuela contra su tío don Juan Manuel de Rosas. Juana Manuela no es mujer de andar pidiendo disculpas, pero en homenaje al respeto que le tiene a Eduarda trata de explicarle que relatos, por ejemplo, como “La hija del mazorquero” (con el título “El puñal del mazorquero” será llevada al cine en 1923, película dirigida por Leopoldo Torres Ríos y sus principales actores serán Blanca Juncal y Víctor Quiroga) van más allá o más acá de la simple adhesión o rechazo a Rosas. Parece que en algún momento las dos mujeres conversaron en alguna reunión social, pero sería una exageración sentimental decir que fueron amigas.

Desde 1875 en adelante, Juana Manuela vive en Buenos Aires y en Lima. El gobierno la autoriza a viajar más seguido sin presionarla por el cobro de la pensión por la muerte de su hija Mercedes en 1879. Los años de la vejez no suelen ser felices, y mucho menos cuando a una madre le toca presenciar la muerte de sus hijas. Buenos Aires en esos años está creciendo a saltos, pero Juana Manuela mira con ojos desencantados lo que está sucediendo a su alrededor. Sospecha que ya es una reliquia del pasado y que lo más importante de su vida está en el pasado y no en el futuro. La vejez y la tristeza no la privan de ejercer la crítica. En Buenos Aires, todo parece ir sobre rieles, peor lo que ella observa es que “la gente de aquí sólo piensa en ganar dinero, el abogado cierra su estudio, el escritor tira su pluma...”.

Juana Manuela sabe que es la sobreviviente de una época, la hija del hombre que firmó la declaración de la independencia, la sobrina de Facundo Zuviría, la señora de un presidente, la amante de otro y la suegra de un tercero; la mujer que hablaba de igual a igual con Mitre en el exilio y la que nunca le perdonó a Felipe Varela su amistad con Mariano Melgarejo, el asesino de Belzú.

Sabe que su tiempo está llegando a su fin y escribe sobre esa nostalgia y melancolía. Recuerda que alguna vez Alberdi habló sobre esas mujeres que tratan de escapar del molde establecido y finalmente fracasan. “Son algo cuando ya no son nada; pueden disponer de sí cuando ya nadie quiere disponer de ellas”. Juana Manuela sospecha que ella ha logrado sortear esa trampa, del destino, pero tampoco esa modesta conclusión la conforma demasiado.

Juana Manuela Gorriti muere el 6 de noviembre de 1892. Ni los disparos de la revolución de 1890 ni las primeras manifestaciones obreras en las calles de Buenas Aires parecen haberla impresionado demasiado. Ella pertenece a otro tiempo, a otra época y ha aprendido en carne propia que más allá de los resultados ocasionales la vida siempre se encarga de derrotarnos.

La leyenda cuenta que antes de morir su amigo, publicista y admirador, Vicente Quesada, le dice que sus manos siguen siendo bellas y hermosas. Juana Manuela le contesta que los sueños pasaron y que la única realidad son los recuerdos. Quesada observa que el recuerdo también puede ser el amor. Podemos tomarnos la licencia de imaginar la mirada de ella, su sonrisa desteñida y desencantada y, la que tal vez haya sido su última frase: “Ya es muy tarde para pronunciar esa palabra”.

Nunca las paredes de ese edificio envilecido por tantas traiciones y corruptelas vieron caminar con tanta dignidad a una mujer. Juana Manuela avanza; la mirada altiva, el gesto empecinado, el mantón negro que cubre una parte de su rostro.

 

Juana Manuela sabe que es la sobreviviente de una época, la hija del hombre que firmó la declaración de la independencia, la sobrina de Facundo Zuviría, la señora de un presidente, la amante de otro y la suegra de un tercero.


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