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Martes 08.11.2016 | Última actualización | 10:38
9:57

Brasil vuelve a jugar en el Minerao después del mundial

El partido que el planeta no se pierde por nada del mundo

La Selección Argentina está ante un compromiso que no es definitorio pero que puede ser bisagra. En Cidade do Galo, el predio del Mineiro, donde ya el plantel concentró para el Mundial de hace dos años, Bauza apuesta a que aparezca esa rebeldía que nos convierte en únicos y buscados en el mundo futbolero.

El entrenamiento argentino en Brasil Foto: Twitter Selección Argentina


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Brasil vuelve a jugar en el Minerao después del mundial El partido que el planeta no se pierde por nada del mundo La Selección Argentina está ante un compromiso que no es definitorio pero que puede ser bisagra. En Cidade do Galo, el predio del Mineiro, donde ya el plantel concentró para el Mundial de hace dos años, Bauza apuesta a que aparezca esa rebeldía que nos convierte en únicos y buscados en el mundo futbolero. La Selección Argentina está ante un compromiso que no es definitorio pero que puede ser bisagra. En Cidade do Galo, el predio del Mineiro, donde ya el plantel concentró para el Mundial de hace dos años, Bauza apuesta a que aparezca esa rebeldía que nos convierte en únicos y buscados en el mundo futbolero.

Enrique Cruz (h)
(Enviado Especial a Belo Horizonte, Brasil)

 

“Vengan muchachos, pasen y esperen que Claudio Gugnali ya viene”, fue la frase de Ventura, aquél encargado de prensa que tenía la selección y que muy gentilmente ubicaba al enviado de El Litoral al Mundial de 2014 en una pequeña sala acondicionada para las notas individuales, esas que tanto escasean para los medios del interior. Cidade do Galo es un hermoso predio, con cuatro canchas y con un confort que la selección de Sabella disfrutó muchísimo en aquellos tiempos no tan lejanos, aunque mucha agua corrió bajo el puente en apenas dos años y algo más. En esa oportunidad, mientras esperábamos a Gugnali, vimos a un Bilardo puro y en acción. El doctor, campeón del mundo en el 86, destapaba una a una las ollas en las que se cocinaba la cena de ese día. Fiel a sus principios y costumbres, Bilardo no quería perderse un solo detalle.

 

 


Ese mismo lugar es el que, durante mucho tiempo menos y apenas con un solo partido como objetivo, la selección volvió a elegir para esperar un partido que no es definitorio, pero que tiene algunos condimentos que casi lo definen como tal. Sobre todo para un Bauza que en medio de la gran tempestad que asola al fútbol argentino, trata de sobrevivir y de hacer equilibrio para no dejarse devorar por ese “monstruo” que parece comerse todo lo que encuentra en el camino. ¡Si hasta las noticias que llegan de la Argentina hablan de una catarata de técnicos que se están yendo de sus clubes! ¿No era que el torneo de 30 equipos iba a permitir, entre otras cosas, que los clubes puedan mantener procesos y no cortar el trabajo de los entrenadores en forma abrupta como es una costumbre en nuestro fútbol?

 

 


Hoy se completó el plantel con la llegada de los dos jugadores más referentes de este grupo: Messi y Mascherano. Lejos de hacerse un espacio para trabajar en lo futbolístico –algo prácticamente imposible cuando a los jugadores no se los tiene ni siquiera con una semana de anticipación- la idea de Bauza es aprovechar el tiempo para hablar mucho, tocar las fibras más íntimas e intentar que aparezca esa rebeldía y ese temperamento tan nuestro, que nos distingue y nos hace diferentes, para buscar lo que, a priori, se puede definir como un “batacazo” en estas tierras.


Todo es un parche en el fútbol argentino: la dirigencia, los torneos, el técnico de la selección mayor y también los de las juveniles. En medio de todo esa vorágine inestable, aparece un plantel jerarquizado y de experiencia, con el mejor jugador del mundo como principal integrante, que en este poco tiempo que transcurrió desde aquella charla con Claudio Gugnali, en ese mismo predio que hoy vuelve a recibir a la selección, hasta hoy, perdió tres finales y consumió dos entrenadores: Alejandro Sabella y el Tata Martino.
No será una final la que jugará Argentina en el Minerao de Belo Horizonte, pero tiene muchos atisbos de partido trascendente, de esos que pueden marcar un antes y un después. Y en ese aspecto, Argentina siempre tiene una reserva temperamental a la que puede apelar con cierta dosis importante de expectativa. Y si no, basta con recordar lo que este mismo grupo ha conseguido las últimas dos veces que le tocó jugar en Colombia, por ejemplo. Una vez fue Sabella el que gozó de una reacción tremenda para solidificar su posición como entrenador cuando esos “monstruos” que a veces parecen devorarse al fútbol argentino, estaban a punto de lograr su cometido. Y después, tras un comienzo tambaleante en estas Eliminatorias, el gol de Biglia le dio respiro a un Martino a quién esa vorágine resultadista se lo consumió después de las dos finales perdidas ante Chile en las últimas Copa América.

 

 


Belo Horizonte, ciudad cosmopolita que no ofrece muchos atractivos más que el simple hecho de pertenecer a un país alegre, jovial, pleno de diversión y que ama al fútbol como pocos, o como nosotros si así lo prefiere, nos recibió ayer con un cielo gris, amenazante de lluvia (se concretó en algunos momentos del día) y una temperatura que no difiere mucho de aquella que nos acompañó también en esa gesta del 2014.
Dicen que la lluvia se convertirá en un protagonista durante estos días previos a un partido que, hace poco, hasta los mismos grandes entrenadores del fútbol mundial como Luis Enrique, Guardiola, Ferguson y Mourinho, admitían que les encantaría ver. Y que obviamente lo harán. El estadio también tiene lo suyo: es el mismo en el que Alemania le propinó la paliza más grande a Brasil y el partido que la historia puso allí nomás, muy cerquita en el cuadro de importancia a aquél de 1950, el famoso Maracanazo del Negro Jefe Obdulio Varela y compañía.


La rareza de volver a jugar en el Minerao marca una clara diferencia con nosotros. Argentina no volvería a jugar en un estadio en el que se “comió” siete goles en el Mundial que organizó para ganarlo. Sin embargo, el pentacampeón  no se fija en cábalas ni en amulettos de la suerte o de la mala suerte. Redobla la apuesta. Y “obliga” a que Neymar y compañía, que mordieron el polvo de la derrota y el deshonor futbolero en aquella tarde que ningún brasileño querrá recordar, vuelvan a pisar el campo de juego de ese estadio.


La historia y la rivalidad entre Argentina y Brasil es grande. Basta con saber que se midieron en 102 ocasiones desde 1914 a la fecha para darse cuenta de lo que significa este choque. Pero llamativamente, hay muy pocas experiencias en Eliminatorias. Con el sistema anterior –el de zonas- Argentina y Brasil nunca habían compartido grupo (eran cabeza de serie casi siempre y por eso no se mezclaban). Y en el actual sistema, recién jugaron en este nuevo siglo. El del jueves, será el tercer partido en el Minerao. Una vez fue derrota 3 a 1 (los tres de Ronaldo para Brasil y Sorín para Argentina) y el otro fue 0 a 0, en la previa al Mundial de Sudáfrica y todavía con Basile de entrenador. Y acá en Brasil, apenas hay un antecedente más: en el Morumbí de San Pablo, también con victoria para los locales. Es decir que el de pasado mañana nos puede dar, además, la oportunidad de hacer historia ganándoles por primera vez en su casa por Eliminatorias.


Son los condimentos que un partido de esta naturaleza empieza a aportar y a sumar, con un único objetivo: que el banquete sea lo más rico posible para que se disfrute. Brasil, en este momento, es el seleccionado más afianzado de Sudamérica. Y nosotros, aún con nuestros problemas a cuestas, tenemos algo a favor: que tenemos una saludable tendencia a sacar cosas de adentro en los peores momentos y, claro está, al mejor jugador del mundo.


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