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Diario El Litoral
Martes 15.11.2016
20:20

Editorial

El violento epílogo del relato

Las afirmaciones de Bonafini y Esteche no configuran exabruptos de personajes inimputables, sino que forman parte del sustrato ideológico del kirchnerismo.

Foto: El Litoral


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Editorial El violento epílogo del relato Las afirmaciones de Bonafini y Esteche no configuran exabruptos de personajes inimputables, sino que forman parte del sustrato ideológico del kirchnerismo. Las afirmaciones de Bonafini y Esteche no configuran exabruptos de personajes inimputables, sino que forman parte del sustrato ideológico del kirchnerismo.

 

La confirmación del procesamiento de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner en la causa por la venta de dólar a futuro, y la posibilidad de que sea sometida a juicio oral en las próximas semanas, disparó una nueva reacción de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, que una vez más configura -como mínimo- una provocación institucional, y un desafío a la legalidad.

“Le quiero dar las gracias a (el juez federal Claudio) Bonadio, porque cada vez que ataca a Cristina, tenemos miles y miles de argentinos que quieren defenderla y si al loco se le va la mano, vamos y tomamos Tribunales”. En su brutal formulación, la frase de la cuestionada dirigente abarca un verdadero dilema político que afronta el actual gobierno nacional, y a la vez traduce en una nueva amenaza el temperamento que anima a un sector “combativo” del ultra-kircherismo, que ya ha demostrado su desprecio por las formas republicanas y el normal desenvolvimiento de los poderes contenido por ellas.

Efectivamente, la posibilidad de que el curso de las acciones judiciales desencadene efectos punitivos sobre la ex mandataria nacional -más allá del embargo de sus bienes, que pretendió eludir utilizando a su hija como testaferro-, sería bien recibida por una buena parte de la opinión pública; no tanto por lo que atañe a la causa que en este caso la implica, sino por efecto de la percepción de impunidad que rodea a las circunstancias en que se produjo el desaforado enriquecimiento de los Kirchner y sus allegados, mediante formidables negociados a expensas del erario público. Sin embargo, esto que podría verse como una señal positiva para la sociedad, tiene como contracara lo que acertadamente apunta Bonafini: para el importante sector que todavía se atrinchera en la negación del aparato corrupto que funcionó durante la década pasada, y prefiere refugiarse en el consuelo del relato y la lectura ideológica, cualquier pretensión de la Justicia frente a la líder del movimiento es vista como una afrenta y parte de una persecución. Al respecto, el caso de Milagro Sala resulta suficientemente ilustrativo, y la victimización incluso “de género” escenificada por Cristina es una muestra de la manera en que el kirchnerismo remanente está dispuesto a utilizar una eventual detención.

La amenaza frontal y directa de Bonafini, fiel a su estilo, tuvo sin embargo como más cercano antecedente otra, pretendidamente velada, pero a la vez mucho más siniestra. En una entrevista periodística, el líder de la agrupación Quebracho, Fernando Esteche, consideró que un juez que pretenda “tocar” a la ex mandataria “podría aparecer muerto”. La aseveración disparó una nueva denuncia penal sobre el dirigente, acostumbrado a dirimir discrepancias por la vía del palo y la capucha, y que actualmente goza del beneficio de la libertad condicional tras sufrir dos condenas por amenazas y destrozos en la vía pública.

En este caso, el mensaje “mafioso” proviene de un individuo más bien marginal y sin sustento alguno en la comunidad, pero que encontró su punto de inserción y legitimación “popular” al amparo de referentes como Luis D’Elía y Amado Boudou. Y esa pertenencia, junto con el sentido de sus afirmaciones, lo que les quita la hipotética categoría de exabrupto, y las enmarca claramente en un discurso que no asume la fuerza de los hechos, ni se resigna a la marginalidad: el de quienes privilegian el personalismo y el propio interés por el de la ciudadanía y el sistema democrático, y apuestan a que el precio a pagar -por todos- sea el del enfrentamiento y la violencia.


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