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Miércoles 23.11.2016
20:31

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Las maestras del loco Sarmiento

Jennie Howard (izq.) y Frances Wall (der.). Foto: Archivo El Litoral


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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Las maestras del loco Sarmiento

 

 

Por Rogelio Alaniz

Alguna vez Octavio Amadeo escribió que los proyectos más grandes que se pensaron en la Argentina nacieron de los delirios de Rivadavia y las locuras de Sarmiento. Los revisionistas por supuesto pusieron el grito en el cielo, se persignaron y acusaron de vendepatrias y enemigos de la fe a quienes se propusieron construir un país más libre, más justo y más moderno. Con el tema de las maestras norteamericanas que llegaron a la Argentina hasta Jauretche se sumó a la anatema de los cruzados de la fe. Curioso. Uno de los emprendimientos más nobles y progresistas de la segunda mitad del siglo XIX era condenado por los cruzados de las causas nacionales y populares. Lo sorprendente en nuestro caso es que personajes colocados a la derecha del Ku Klux Klan pretendan concluir por esas volteretas de la historia como abanderados de causas justas y populares.

Las oposiciones que sufrió Sarmiento por haber alentado uno de los proyectos más audaces en materia educativa son las que le permitieron decir que esas voces y esas risas quedarán registradas en actas para que el futuro supiera con los burros con los que había tenido que lidiar.

Vamos a los hechos. Una de las primeras iniciativas de Sarmiento apenas se hizo cargo de la presidencia, fue promover la llegada de las maestras norteamericanas. Según sus escritos, el proyecto apuntaba a trasladar más de mil maestras. No pudo hacerlo, pero así y todo lo que hizo fue grande. Entre 1869 y 1898 llegaron sesenta y cinco docentes a nuestro país, cuatro varones y todas las demás mujeres. De ese lote, sesenta eran de religión protestante, un “detalle” que merece mencionarse por los conflictos que generará en su momento en la Argentina clerical y ultramontana.

Hay otros datos: se estima que cinco o seis docentes murieron víctimas de la fiebre amarilla y otras pestes; alrededor de treinta y seis maestras se desempeñaron como docentes durante trece años; dieciséis regresaron a EE.UU. después de cumplir con sus contratos y veinte se radicaron definitivamente en la Argentina hasta el fin de sus días, siendo las más longevas Margaret Collard y Mary Monne que murieron alrededor de 1945 en las muy mendocinas Chacras de Coria.

El proyecto de Sarmiento no fue el producto de un entusiasmo pasajero, sino que fue largamente meditado. Se dice que en 1847, cuando el joven viajero visitó a los docentes de Massachussets Horace Mann y su esposa Mary Peabody, comenzaron a hablar de este tema. Cuando en 1864 Sarmiento fue designado embajador en EE.UU., una de las primeras reuniones que mantuvo fue con Mary Peabody y en la ocasión se terminó de darle forma al proyecto aunque ella ignoraba que unos años más tarde, Sarmiento iba a ser presidente de la Argentina.

Mary Peabody, viuda de Mann, fue una mujer excepcional. Las tres hermanas Peabody fueron admirables: progresistas, laicas, defensoras de los derechos de la mujer y en particular del sufragio femenino, promotoras de la educación popular e igualitaria y absolutamente convencidas de que el rol de la mujer en la vida no es el de ayudar en misa o casarse y llenarse de hijos. De Elisabeth Peabody se dice que es una de las protagonistas que Henry James eligió para su novela “Las bostonianas”, además, pequeño detalle, de ser la fundadora de los jardines de infantes; Sofía Peabody fue pintora, docente y estuvo casada con el gran escritor Nathaniel Hawtorne; Mary por su parte dedicó su vida a la docencia y a luchar por el sufragio de la mujer.

Con Sarmiento, Mary se entendió de maravillas, la relación fue tan buena que las malas lenguas llegaron a rumorear que pudo haber habido un romance entre ellos, algo nada extraño conociendo las aficiones amorosas del sanjuanino. Chismes al margen, la proeza realizada fue calificada por Halperín Donghi como una verdadera odisea laica; con parecido entusiasmo Julio Crespo la califica como disparate sublime.

Mary Mann, junto con la conocida sufragista Kate Dagget, fueron las encargadas de seleccionar a las maestras. Se trataba de chicas jóvenes y cultas que firmaron contratos de tres años para trabajar en la Argentina de maestras de maestras, es decir, para capacitar docentes en las escuelas normales que se estaban construyendo. El embajador Manuel García, marido de la escritora Eduarda Mansilla, fue el encargado de formalizar los acuerdos.

Las maestras viajaron en barco durante dos meses hasta llegar a Buenos Aires. Algunas de ellas fueron recibidas en el puerto por el propio Sarmiento, es decir, por el presidente de la Nación. Por supuesto, algunos problema se presentaron. La comunidad norteamericana en Buenos Aires no quiso que las chicas viajaran a lugares calificados como salvajes. Sarmiento discutió con ellos, incluso con Juana Manso, pero no resulta fácil convencer a tantos, sobre todo porque en ese año en San Juan, por ejemplo, los gobiernos eran derrocados a punta de pistola, mientras que en 1870 en Entre Ríos era asesinado Justo José de Urquiza, una noticia intimidante porque según los acuerdos, las maestras recién llegadas se instalarán en Paraná para aprender durante cuatro meses el idioma y costumbres argentinas, además de hacerse cargo de la Escuela Normal de esa ciudad.

Más allá de las dificultades previsibles, las maestras fueron llegando y cumpliendo con su deber, en su gran mayoría de manera ejemplar. Insisto en que el trabajo no era ni fácil ni cómodo. Si bien el sueldo prometido era muy bueno, siempre será percibido con atraso y en un contexto de dificultades e incomprensiones que hacían muy incómoda y en algunos casos hasta peligrosa, la labor docente. Se trataba de chicas educadas, muchas de ellas de familias de buena posición económica, que de pronto debían viajar por estas inmensidades, asediadas por malones, bandidaje rural y, en los centros urbanos, los peligros derivados del fanatismo, los recelos e incluso las envidias.

Esas maestras vivieron en casas con piso de tierra, sin ventanas, sin servicios higiénicos adecuados y sin embargo no protestaron; conocieron de la soledad, del extrañamiento, del miedo, pero no protestaron. El balance no puede ser más elocuente: organizaron y administraron dieciocho escuelas normales, además de promover jardines de infantes y establecer programas de educación de excelente calidad pedagógica para su tiempo.

Jorge Stearns se instaló en Paraná con su esposa Julia y sus dos hijos. Su esposa murió por falta de atenciones adecuadas y él continuó con su labor además de hacerse cargo de la crianza y educación de sus dos hijos. Jennifer Howard, la maestra que luego escribirá el único libro que se conoce sobre aquellos años, “En otros años y climas distintos”, estuvo en Córdoba y debió soportar las condenas del obispo que ordenaba a los fieles que no asistieran a las escuelas dirigidas por maestras que negaban a Dios.

Howard escribe sobre la mañana en que en el local de la escuela encontró escrita en la puerta la siguiente leyenda: “Esta es casa del diablo y puerta del infierno”. Clara Amstrong sufrió parecidas agresiones en Catamarca, atenuadas luego por la intervención de fray Mamerto Esquiú, quien convenció a los sacerdotes de la diócesis que las maestras protestantes no era tan malas porque equivocadas o no creían en Dios y en Jesús. Esquiú, además de ser el sacerdote de la Constitución, era un hombre de ideas amplias y sabía distinguir la virtud del fanatismo y lo hacía con fundamentos y también con humor y picardía, como un personaje salido de las novelas de Chesterton.

Las maestras normalistas hicieron patria, predicaron los beneficios de la educación, instalaron hábitos de higiene, de disciplina escolar, métodos de estudios fundados en la lectura, pero también en la observación de la naturaleza.

Mujeres valientes, decididas; mujeres de talento y coraje; mujeres que nos honran y a quienes les debemos respeto. En el Cementerio Británico están las tumbas de cuatro de ellas: Jennie Howard, Sarah Eccleston, Minnie Ridley y Francis Bessler. En Rosario, no hace mucho fueron honrados en el Cementerio de Disidentes los restos de Sarah Strong, Virginia Dosway, Clara Gilles, Jennie Hunt, Guillermina Tallon y Mary Ann Gilles. Son, como dice una lápida, las “American Teachers Sarmiento’s group”.

Se trataba de chicas educadas, muchas de ellas de familias de buena posición económica, que de pronto debían viajar por estas inmensidades, asediadas por malones, bandidaje rural y los peligros derivados del fanatismo.


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