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Miércoles 07.12.2016
20:45

Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Julieta Lanteri, la dignidad de ser mujer (II)

Julieta Lanteri es la sexta mujer en la Argentina en obtener el título de médica. Para ese momento tiene más de treinta años y estima que el derecho de las mujeres a estudiar está relacionado con el derecho a ejercer su libertad civil y política. Foto: Archivo El Litoral




Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz) Julieta Lanteri, la dignidad de ser mujer (II)

Por Rogelio Alaniz


Julieta Magdalena Ángela Lanteri nació en un pueblo del Piamonte italiano el 22 de marzo de 1873. A los seis años llegó con su familia a Buenos Aires. Después, los Lanteri se trasladaron a La Plata. Desde jovencita la chica tuvo la rara virtud de meterse en problemas. Quiere estudiar por ejemplo. Una mujer podía, con suerte y viento a favor, terminar la primaria y a partir de allí el matrimonio y los hijos. Julieta se empecinó en cursar el secundario. Por supuesto todos se conjuraron para hacerle la vida imposible. Concluye rindiendo libre. Tiene veintidós años y se supone que ya debería considerarse satisfecha en sus pretensiones intelectuales. Error. Decide estudiar Medicina para escándalo de comadres y compadres. De farmacéutica se recibe en 1898, pero recién en 1907 puede presentar su tesis doctoral apadrinada por el doctor Mariano Paunero. El diploma va a contar con el aval de los profesores Luis Agote, Gregorio Aráoz Alfaro, Telémaco Susini, Carlos Malbrán, Jorge Penna, José Ramos Mejía, Ángel Gallardo y Miguel Puiggari. No es un aval modesto para quien por sus pretensiones de estudiar Medicina fuera descalificada con los términos más vulgares.


Julieta Lanteri es la sexta mujer en la Argentina (la primera es Cecilia Grierson) en obtener el título de médica. Para ese momento tiene más de treinta años y ya es reconocida por su militancia sufragista. Estima que el derecho de las mujeres a estudiar está relacionado con el derecho a ejercer su libertad civil y política.


En 1906 se realiza en la ciudad de Buenos Aires el Congreso Internacional de Libre Pensamiento. Por primera vez en una tribuna pública se habla de patria potestad compartida, del divorcio, de la tenencia de los hijos, e incluso una oradora se atreve a mencionar el tema tabú del aborto. En 1910 se constituye el Primer Congreso Feminista Internacional. Para esa fecha, Julieta conoce a Alberto Renshaw, el hombre con el que se habrá de casar y se habrá de divorciar antes del año. No se sabe dónde y cómo Julieta conoció a ese hombre, hijo de norteamericanos y nacido en Canarias quien, además, era catorce años menor que ella. Tampoco se sabe por qué una mujer inteligente, culta y, en algunos temas, brillante, decide casarse con un personaje gris, sin distinción y sin fortuna, un personaje al cual la historia lo recordará por haberse casado con Julieta.


Después viene la lucha por gestionar su carta de ciudadanía. Lanteri no da puntada sin hilo. Cuando luego de largos y trabajosos trámites logra ser reconocida como argentina, se inscribe en el padrón municipal y el 23 de noviembre de 1911 se presenta en el atrio de la iglesia de San Juan y vota. Cuarenta años antes de que la Ley 13.010 le reconozca este derecho a las mujeres, Julieta Lanteri se da el gustazo de votar.


Hay que decir que en realidad lo que Julieta hizo fue burlar las disposiciones legales aprovechando algunas lagunas de la ley. Cuando quiso hacer lo mismo para que le reconocieran el derecho a enseñar en la Facultad de Medicina, la respuesta de los jueces fue negativa. ¿Oyeron? Una mujer no podía dar clases. Previsible si se quiere, en la medida en que es considerada menor de edad e incapaz. Previsible pero espantoso.


Ese mismo año, 1911, funda con Raquel Camaña la Liga para los Derechos de la Mujer y el Niño. Y en 1919 se da el gusto y funda el Partido Feminista Nacional. La mujer no puede votar, pero la ley no prohíbe que sea candidata, sostiene Julieta, experta a esta altura del partido en trabajar las hendijas de la ley.


Julieta será la candidata del flamante partido. La campaña electoral hará mucho ruido, aunque obtendrá pocos votos. En el emprendimiento la acompañan algunas mujeres y se suman algunos hombres. Julieta habla en las improvisadas tribunas y no se priva de decir lo que piensa. “¡Oh los hombres! Siempre serán los mismos. Almas ingenuas que se creen imprescindibles. Suponer que la mujer intenta quitarles sus derechos, cuando, en realidad, aspiramos solamente a colaborar con ellos en la marcha del mundo. Somos partidarias de la ciencia como ellos. Y como ellos somos liberales, despreciando a las mujeres que salen del hogar para refugiarse en los conventos e inutilizarse en el claustro como piedras inútiles”.


Más o menos para 1920 se presenta en el Registro Militar y pide enrolarse. La rechazan y fiel a su estilo, inicia su militancia para que la reconozcan como ciudadana. Discute, se pelea, llora, insulta. Finalmente el ministro la recibe y no da lugar a su pretensión. Inicia un juicio que durará diez años, hasta 1930. Y le fallan en contra. Conclusión: las mujeres no pueden enrolarse y, por lo tanto, no son ciudadanas y, por lo tanto, no pueden ni deben votar.


Volvamos a 1919. El Partido Feminista Nacional obtiene 1.730 votos. El resultado no está a la altura de los esfuerzos desplegados pero tampoco es para avergonzarse. Son 1.730 votos conquistados a pulmón. El escritor Manuel Gálvez va a confesar en sus “Recuerdos de vida literaria” que votó por ella. “Como no quería votar ni por los conservadores ni por los radicales, decidí apoyar a la intrépida doctora Lanteri”.


Julieta no es complaciente con la conducta de ciertas mujeres cómplices con el machismo dominante, pero se esfuerza por entenderlas. “Los hombres tienen la culpa; las quieren muñecas y así se vuelven ellas. Sí señor. Muñecas que guiñan los ojos y juegan a los amoríos sin preocuparse más que de los trapos y los bombones que le puede dar el novio. Muñecas sin corazón...”. Desde entonces, han pasado casi cien años, los tiempos sin duda que han cambiado, las mujeres disponen de derechos muy bien ganados, pero ciertas conductas que describe Julieta se mantienen intactas y, en algunos casos, se han agravado.


Julieta mientras tanto no da el brazo a torcer. Continúa presentándose en las elecciones con resultados siempre adversos. No era fácil. Julieta era la candidata de una causa donde las beneficiarias no votaban. Honra a los hombres que la acompañaron en las peores circunstancias. Honra, pero eran pocos. El 2 de marzo de 1930 se presenta otra vez como candidata y el diario Crítica la bautiza como “Miss Constancia”. Cada vez obtiene menos votos, pero la convicción acerca de la justicia de su causa se mantiene intacta. “Mi proyecto es seguir marchando sin cesar -dice en una entrevista- y estoy convencida de que antes de tres años se habrá realizado nuestro ideal. La mujer poseerá derechos cívicos y estará respetada de acuerdo con ello en los organismos de gobierno”. Como se podrá apreciar, a veces Julieta se permitía ser optimista, demasiado optimista. Para que sus deseos se cumplan no faltan tres años, sino veinte. Y no verá hecha realidad la causa por la que dedicó su vida.


El 23 de febrero de 1932, a las tres de la tarde, un auto la atropelló en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha. Trasladada al Hospital Rawson, murió dos días después sin haber recuperado el conocimiento. Tenía 59 años. La crónica policial habló de un accidente, pero del conductor del auto nunca se supo nada. Una de sus íntimas amigas fue la que instaló la sospecha de que había sido un crimen. Sugestivamente, las actas policiales que registran el hecho no son legibles, cuando todos los otros escritos que están en el Libro de Actas pueden leerse perfectamente. En el Juzgado el expediente desapareció y nadie dio una explicación satisfactoria acerca de esa curiosa casualidad. Otra amiga de Julieta denunció que el conductor del auto era un militante de la Legión Cívica, una banda fascista constituida durante la dictadura de Uriburu dedicada a apalear estudiantes, dirigentes populares y a atentar contra locales anarquistas, socialistas y radicales..


En la necrológica escrita en Caras y Caretas, de marzo de 1932, la periodista y militante feminista Adela di Carlo, señala: “Hace más dolorosa la circunstancia que ha provocado su muerte, el hecho de que ella temía ese trágico fin”.




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