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Domingo 22.01.2017 | Última actualización | 19:38
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De domingo a domingo

Macri y el grave recorrido hacia el verticalismo

Foto: DyN


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De domingo a domingo Macri y el grave recorrido hacia el verticalismo

Hugo E. Grimaldi

DyN

 

No es lo mismo patear el tablero que mover la estantería. Sin entrar en el facilismo de repetir aquello de que “todos son iguales”, prejuicio del que muchos críticos ideológicos parten al comparar sus pasados como empresarios que “gobiernan para los ricos”, ha sido saludable observar que las cabezas de Mauricio Macri y de Donald Trump han tenido, por estos días, más separaciones que convergencias, aunque los dos personajes han mostrado en común un apasionado y peligroso apego al verticalismo, algo que, en el extremo, termina siendo el disparador de prácticas reñidas con la democracia.

 

Por ejemplo, desde el minuto uno como presidente de los Estados Unidos, Trump ya zapateó sobre el hormiguero y empezó a ejecutar “manu militari” parte de aquello que prometió en la campaña, aunque muchas de esas decisiones deberán ser aprobadas luego por el Congreso. Y si bien en ambas Cámaras hay mayoría republicana, existe consenso de que no habrá disposición a convalidar cualquier zafarrancho. Más allá de que los que sean considerados delirios pasen el trámite legislativo o no y, si lo consiguen, el filtro de los jueces, hay algo que los observadores visualizan casi como definitivo, como es la expansión del proceso de cierre que el mundo anglosajón comenzó con el Brexit y que quizás ahora lleve al fin de la economía globalizada que gestaron, hace tres décadas, justamente un estadounidense y una británica: Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

 

En tanto, ya con un año de experiencia como presidente, al tiempo que busca con ahínco afianzar la inserción de la Argentina en el mundo, aquí Macri ha tenido que reacomodar algunos platos caídos sobre los estantes, por cimbronazos de afuera y de adentro. Internamente, se ha dedicado a disciplinar al “equipo”, una visión que, con la excusa de la “homogeneidad” comparte el uso del dedo con el más rancio peronismo, método exacerbado al máximo en tiempos de Cristina Fernández.

 

Como se verá, al lado de la incertidumbre que afronta el mundo con la llegada de Trump, los problemas de la Argentina parecen nimios, ya que es notorio que existen diferencias de magnitud entre el peso de los dos países, propias de quienes ocupan el centro o la periferia del Globo y en el rodaje de cada personaje como mandatarios. La diferenciación queda más que clara a la hora de verificar las intenciones; aquellos, porque han comenzado a mirarse el ombligo, mientras que el gobierno argentino busca desesperadamente salir de la cerrazón internacional a la que sometió al país el kirchnerismo.

 

Sin embargo, hay un elemento que puede visualizarse como algo en común entre este proceso que recién empieza en los Estados Unidos, que se nutre de claras características populistas y algo que, hasta ahora, no se había manifestado tan explícitamente en Cambiemos: la necesidad de tener uniformidad de criterios que es lo mismo que acallar voces disonantes alrededor del presidente. Por ahora, Macri las tolera desde afuera del gobierno y Elisa Carrió o algún misil radical es elocuente ejemplo, pero puertas adentro sólo se quiere mostrar a la sociedad, ya mirando a las elecciones de octubre, la certeza de un rumbo único.

 

Esa idea, desde ya que puede darse de patadas con la necesidad que tiene el gobierno de encontrar nuevos socios que ayuden a mostrar en esas elecciones no tanto que se han ganado demasiadas bancas más (algo imposible casi, ya que igualmente no se alcanzarán las mayorías parlamentarias que se necesitarían), sino que no se ha perdido la provincia de Buenos Aires. Entonces, parece que los gurúes de la estrategia del oficialismo se han decidido por dos caminos novedosos para este gobierno que se dan de patadas con otros abordados como dogma con anterioridad: el uso de las redes sociales y el diálogo como bandera.

 

Macri, internamente, se ha dedicado a disciplinar al “equipo”, una visión que, con la excusa de la “homogeneidad” comparte el uso del dedo con el más rancio peronismo.

 

Cambio de método

 

En primer lugar, se ha pasado a marcar la agenda al echar a rodar los nuevos asuntos a través de los medios tradicionales (edad de imputabilidad, tema laboral, cuestión migratoria, ley de ART, decretos, etc.) y así se calienta la discusión previa en el orden que le interesa al gobierno. En ese primero, también empujado por la llegada de Trump y los cambios financieros que podrían darse hay que inscribir los viajes al exterior de varios ministros (Nicolás Dujovne, Francisco Cabrera, Susana Malcorra y Esteban Bullrich) a Davos y el de Finanzas, Luis Caputo a Londres y los Estados Unidos.

 

Los primeros llegaron el encuentro suizo con la misión de agitar el árbol para recordarles a los inversores que la Argentina había cumplido con casi todo lo que Macri les había prometido que iba a hacer y de armar el tinglado para una segunda fase, la del año en el que se pretende terminar con la recesión. Los frutos cayeron del lado de Caputo quien, un día antes de la asunción del nuevo presidente de los EE.UU., recogió 7 mil millones de dólares a cinco y diez años de plazo, a una tasa bastante alta para la región, pero impensada hace un año. Queda ahora del lado del gobierno la necesidad de que esos recursos sean apenas un paliativo para financiar transitoriamente los grandes desajustes fiscales que tiene la economía. Quizás un acuerdo con el Fondo hubiese sido más apto para encarar reformas estructurales, algo que en un año electoral traería demasiado ruido si se lo comenzara a discutir, aunque nunca se sabe. Si la sola mención de la flexibilización laboral movió el avispero sindical y un decreto no nato (ART) ya provocó el rechazo del Frente para la Victoria, la cosa se pondría muy brava.

 

La intempestiva salida del economista Carlos Melconian de la presidencia del Banco de la Nación Argentina (BNA) ha puesto en el ojo de la crítica al jefe de Gabinete, Marcos Peña.

 

A puro dedo

 

En segundo término, el gobierno se ha impuesto como nueva doctrina aquel conocido refrán de las barbas incendiadas, ya que se han generado desplazamientos dentro del gobierno, cuyo objetivo fue el de cerrar filas alrededor de la Jefatura de Gabinete, aunque con ello se corra el riesgo de que se puedan inferir algunos rasgos totalitarios y se termine apuntalando el pensamiento único. La intempestiva salida del economista Carlos Melconian de la presidencia del Banco de la Nación Argentina (BNA) ha puesto en el ojo de la crítica al jefe de Gabinete, Marcos Peña, y a sus dos subjefes, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, quienes, al decir del presidente, son “mis ojos y mis oídos”.

 

Más allá de los probables motivos de la salida (su resistencia al uso de recursos del BNA para asistir al Tesoro como reedición de una habitual práctica kirchnerista, o que hayan llegado a oídos del entorno presidencial algunas de sus críticas técnicas al manejo de la economía, o quizás algún desvío paritario) el resultado práctico del desplazamiento fue mostrarle al resto del Gabinete quién manda y qué pasa cuando alguien se sale de la uniformidad requerida. Ni CFK podría haberlo hecho mejor. Aunque a propósito de acercar una “guía para el monitoreo” de Trump, en este último ítem la Cámara de Exportadores de la República Argentina (Cera) acaba de hacerle un gran aporte al presidente argentino, a la hora de marcar por qué las voces disonantes se convierten en un aliado de las buenas políticas.

 

Según distribuyó la Cera, en lo que se ha dado en llamar el “pensamiento de grupo”, el psicólogo estadounidense Irving Janis identificó hace muchos años que los miembros del famoso “equipo” cuentan con “incentivos para no generar discordia, por lo que delegan el poder decisorio a la generalidad y aceptan las determinaciones del grupo, acallando y minimizando las preguntas, críticas o dudas propias que puedan tener sobre algún curso de acción” y que esto puede devenir en la “toma de decisiones inadecuadas y soluciones ineficaces o erróneas”.

 

Así, determinó que una situación de esta índole llegó a extremos de alta gravedad en las malas decisiones tomadas por los altos mandos del gobierno estadounidense durante momentos de crisis agudas, tales como la falta de preparación ante el ataque japonés de Pearl Harbor, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión de la Bahía de los Cochinos y la escalada en Vietnam. Según las recomendaciones de Janis, para evitar esos errores son necesarias siempre las voces de los Melconian o de los Alfonso Prat-Gay. Lo interesante para ver cuán importantes hubiesen sido ambos como refutadores de las bajadas de línea internas y para mejorar la síntesis a la hora de avanzar es que ellos estaban enfrentados entre sí por la velocidad de los cambios económicos (shock vs gradualismo).

 

Otra situación incomprensible para el gran público es que los dos tuvieron durante el año de gestión excelentes desempeños en sus áreas, e inclusive quedaron aprobados ampliamente en los parámetros de eficiencia, otras de las manías profesionales de los ingenieros. Desde las usinas del gobierno se ha escuchado que los cambios se habían hecho porque se buscaba sentar en los dos sillones vacantes a personas que “comuniquen”. Está recontra-probado que Dujovne (Hacienda) y Javier González Fraga (BNA) sobre todo, son excelentes comunicadores, capaces de explicar temas áridos con llaneza y mucha solvencia a la vez. Pero, si algo tienen Melconian y Prat-Gay es exactamente el mismo perfil a la hora de llegar al gran público con sus análisis y opiniones.

 

Otra posibilidad es que hayan sido raleados porque no silenciaban sus opiniones (“problemas de personalidad” o de “alto perfil” o de “soberbia” se deslizó sibilinamente desde la Casa Rosada), pero no es tan así, porque está muy claro que ambos fueron muy leales con el gobierno que integraban y que públicamente se quedaron callados, sin expresar sus eventuales diferencias. La consecuencia será que ese final de los dos desplazados seguramente les va a impedir de ahora en más a otros sacar la cabeza para que no se la corten, lo que le dará seguramente mayor uniformidad a la gestión, aunque se acrecienta el peligro de meter la pata. “El líder del grupo debe asignar a cada miembro el papel de evaluador crítico e incentivar al grupo a expresar sus dudas y críticas” y esto implica que Macri o la troika que lo representa “debe estar dispuesto a escuchar y aceptar dichas críticas”, recomendaba Janis para corregir el problema. Habría que acercarle este paper al presidente.

 


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