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Viernes 27.01.2017
10:33

A 20 años de la muerte del escritor

Soriano, la voz de los perdedores solitarios

El autor de “Triste, solitario y final”, “No habrá más penas ni olvido” y “A sus plantas rendido un león”, entre otros títulos traducidos a 18 idiomas, fue además periodista, cinéfilo, apasionado por el boxeo y reconocido hincha de San Lorenzo.

El Gordo, como todos lo llamaban, era un reconocido amante de los gatos. Escribía de noche, una costumbre que le quedó de sus épocas de sereno de la Metalúrgica Tandil. Foto: Télam


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A 20 años de la muerte del escritor Soriano, la voz de los perdedores solitarios El autor de “Triste, solitario y final”, “No habrá más penas ni olvido” y “A sus plantas rendido un león”, entre otros títulos traducidos a 18 idiomas, fue además periodista, cinéfilo, apasionado por el boxeo y reconocido hincha de San Lorenzo. El autor de “Triste, solitario y final”, “No habrá más penas ni olvido” y “A sus plantas rendido un león”, entre otros títulos traducidos a 18 idiomas, fue además periodista, cinéfilo, apasionado por el boxeo y reconocido hincha de San Lorenzo.

 

 

 

Télam

 

 

Osvaldo Soriano (Mar del Plata 1943 - Buenos Aires 1997), autor de las novelas “Triste, solitario y final” (1973), “No habrá más penas ni olvido” (1978) y “Cuarteles de invierno” (1980), dejó su huella en la literatura argentina con una obra en la que buscó construir la voz de perdedores solitarios para indagar en una visión irónica de lo que deja la realidad.

 

Convertido en uno de los escritores más leídos de la Argentina, Soriano murió el 29 de enero de 1997 a los 54 años, víctima de un cáncer de pulmón, dejando una extensa obra literaria y un corpus periodístico en el que se destacan sus crónicas sobre la pelea del 30 de octubre de 1974 en la que Muhammad Alí enfrentó y le ganó a un George Foreman de 25 años con 40 peleas invicto y amplio favorito, por nocaut al final del octavo round. “El gordo”, como lo llamaban sus amigos, había vivido en Tandil pero su infancia había estado atravesada por los viajes de su padre José Soriano, inspector de Obras Sanitarias, por distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires hasta que en 1953, cuando tenía 10 años, ese itinerario se detuvo en la ciudad de Cipolletti, en Río Negro. Los paisajes, las vivencias de esos días en lugares del sur estuvieron presentes más tarde en sus novelas.

 

Soriano vivió allí hasta mediados de los 60 cuando, ya comenzando su juventud, volvió a vivir a Tandil, destino previo a su llegada en 1969, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, a la ciudad de Buenos Aires con 26 años. Dejó el secundario en tercer año y comenzó a trabajar como embalador de manzanas, mientras jugaba al fútbol y soñaba con dedicarse profesionalmente a ese deporte.

 

Más tarde hizo su ingreso a la metalúrgica Tandil, donde trabajaba como sereno durante la noche, y allí comenzó a escribir sus primeros cuentos. De esa manera incorporó un ritual que lo acompañaría siempre: escribir de noche. Según relataba, escribía hasta la madrugada y leía los diarios antes de irse a dormir.

 

 

El periodismo

 

 

Si bien su vínculo con el periodismo comenzó en esa ciudad, cuando publicaba columnas en el diario El Eco de Tandil, se consolidó cuando se convirtió en redactor de la revista Primera Plana. Después llegaron sus escritos en Confirmado y en los diarios Noticias, El Cronista y La Opinión. Además ejerció como corresponsal de Il Manifiesto Italiano y fue uno de los fundadores de Página/12, donde trabajó como asesor de directorio y firmó como columnista de contratapas.

 

En una entrevista que le hizo Mempo Giardinelli en 1992 y que está publicada en el libro “Cómo se escribe un cuento”, Soriano confesó que “El largo adiós”, del estadounidense Raymond Chandler, había sido “la puerta de la literatura”: “Aquel día de 1972 en que leí ‘El largo adiós’, se me abrió el mundo”, confesó en aquella nota en la que también reconocía no haber leído prácticamente nada durante su infancia, porque en Cipolletti “no había librería, como no había asfalto ni cloacas”.

 

Los libros que habían llegado a sus manos eran libros técnicos sobre electrónica o arquitectura, los que estaban en la biblioteca de su padre. Recordaba haber pedido por correo un libro de Ricardo Lorenzo Borocotó sobre un chico que jugaba al fútbol. Más tarde, ya en Tandil, llegó por recomendación de un familiar a la novela de ciencia ficción “Soy leyenda”, de Richard Mathieson, a la que se refería como el primer libro que había leído en su vida.

 

 

Goles en el cielo

 

 

Su primera novela, “Triste, solitario y final”, se publicó en 1973 y fue traducida a doce idiomas. En esas páginas Stan Laurel, el actor que protagonizó junto a Oliver Hardy la legendaria serie “El Gordo y el Flaco”, cree que llegó el final de su carrera como cómico y entonces recurre a Philip Marlowe, el detective creado por el escritor norteamericano Raymond Chandler para entender las causas. 

 

En 1976, con el comienzo de la dictadura cívico militar en Argentina, el escritor y periodista debe exiliarse y se instala primero en Bruselas y luego en París. Al exilio se llevó el borrador de la novela “No habrá más penas ni olvido”, que se publicó en 1978. En esos años también publicó “Cuarteles de invierno” y el libro que reúne 16 crónicas y relatos personales, publicadas entre 1971 y 1975, “Artistas, locos y criminales”.

 

En Bruselas conoció a Catherine Brucher, una enfermera que vivía en Estrasburgo, con quien compartió su exilio en París; más tarde se casó, regresó a la Argentina con la vuelta de la democracia y tuvo a su hijo llamado Manuel.

 

Compartía un ritual con Osvaldo Bayer, David Viñas, León Rozitchner y Tito Cossa que se repetía todos los jueves por la noche en la casa de Bayer, con quien Soriano atravesó el tiempo del exilio en Bruselas y París a través de cartas que se enviaron durante los casi ocho años que ambos estuvieron fuera del país. Bayer, que todavía guarda las cartas, al cumplirse diez años de su muerte lo definió como “descubridor de sombras, arlequines, figurones, galanes, pero también de soñadores que patean constantemente al egoísmo y meten goles en el cielo”.

 

 

La hora sin sombra

 

 

Con la vuelta de la democracia, sus novelas fueron llevadas al cine: “No habrá más penas ni olvido” (1983) y “Una sombra ya pronto serás” (1994), dirigidas por Héctor Olivera, y “Cuarteles de invierno” (1984), dirigida por Lautaro Murúa.

 

Soriano regresó definitivamente al país en 1984 y se instaló en Buenos Aires, donde escribió y firmó desde mayo de 1987 hasta el 27 de julio de 1996 contratapas de Página 12.

 

Nunca dejó de escribir ficción, publicó en vida siete novelas y cuatro libros de recopilación de sus artículos: el último, “Piratas, fantasmas y dinosaurios”, llegó a las librerías en noviembre de 1996, dos meses antes de su muerte. Su última novela fue “La hora sin sombra” (1995), dedicada a su padre.

 

En 1984 publicó “A sus plantas rendido un león”, situada en el comienzo de la guerra de Malvinas y en Bongwutsi, un país del África en el que un cónsul argentino libra su propia batalla contra Inglaterra; y cinco años más tarde, “Una sombra ya pronto serás”, una historia de personajes trágicos acorralados por la pobreza. En 1993 llega “Cuentos de los años felices”, una selección de historias cortas que Soriano había publicado en Página 12 y fueron reeditados en 2013 por Seix Barral, como parte de la Biblioteca Soriano, un espacio que el sello le dedica a la totalidad de la obra de uno de los autores más leídos en el país, y traducido a 18 idiomas.

 

 

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Nombre

 

El español Arturo Pérez- Reverte dijo en varias oportunidades que si se quiere comprender la Argentina, Soriano es uno de los autores que hay que leer. Para Guillermo Saccomanno, en tanto, representaba un fenómeno maldito para mucha intelectualidad nacional. En una entrevista concedida a la Televisión Pública en 1992 Soriano aseguraba que en sus libros había “personas comunes puestas en situaciones límite”.

 

Amante de los gatos, cinéfilo y apasionado por el boxeo y el fútbol, Osvaldo Soriano es no solo el nombre de uno de los autores más leídos de la Argentina, sino también el de la sala de prensa del club del que era fanático, San Lorenzo de Almagro; el de una biblioteca inaugurada por un grupo de hinchas del ciclón en una casa ubicada frente al viejo Gasómetro y el Premio Municipal de Literatura de Mar del Plata, su ciudad natal.


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