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Domingo 29.01.2017
19:18

La última familia que quedó en la ciudad presenta a su tercera generación Los tres hijos del matrimonio, junto a la primera nieta

Laosianos: una huida de película y su vida de refugiados en Santa Fe

Santa Fe albergó a cinco familias de refugiados laosianos en 1979. Sólo los Inthavong quedaron en la ciudad, con sus tres hijos, hoy totalmente integrados a la vida de Occidente. La sucesora ya llegó y se llama Rita.

Tres generaciones. Phengta y Som con sus tres hijos: Makoto (37), Nicolás (23) y Néstor (34) y la pequeña nieta Rita. Foto: Amancio Alem


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La última familia que quedó en la ciudad presenta a su tercera generación Los tres hijos del matrimonio, junto a la primera nieta Laosianos: una huida de película y su vida de refugiados en Santa Fe Santa Fe albergó a cinco familias de refugiados laosianos en 1979. Sólo los Inthavong quedaron en la ciudad, con sus tres hijos, hoy totalmente integrados a la vida de Occidente. La sucesora ya llegó y se llama Rita. Santa Fe albergó a cinco familias de refugiados laosianos en 1979. Sólo los Inthavong quedaron en la ciudad, con sus tres hijos, hoy totalmente integrados a la vida de Occidente. La sucesora ya llegó y se llama Rita.

Mariela Goy

mgoy@ellitoral.com

Twitter: @marielagoy

 

Som Chanh, una joven de 19 años, iba desde su pueblo natal a la ciudad a comprar telas para seguir sus estudios de costura. Llevaba sólo una mochila y se despidió del padre, pidiéndole su documento por si tenía que pasar la noche en otro lado. “¿Hasta el documento vas a llevar? ¿Y dónde te vas a quedar?”, empezó a inquirir el progenitor, que ya empezaba a sospechar. “Entonces me fui así nomás”, dice la mujer, que hoy tiene 56 años de edad. Tomó el autobús y fue a buscar a su prima. Juntas habían urdido la coartada para cruzar a nado el Mekong, uno de los grandes ríos del mundo. Discurre por seis países asiáticos, entre ellos, Laos, donde nació y creció Som. El objetivo era alcanzar Tailandia, por entonces convertido en receptor de miles de pobladores laosianos que huían de la violencia y represión del régimen comunista de Pathet Lao. Desde la capital Viang Chan, las dos jóvenes salieron de madrugada hacia otro pueblo que estaba a orillas del río.

“Mi prima tenía conversado al tipo del cementerio que necesitaba dinero y nos dio unos troncos de bananas para cruzar el Mekong, ‘si no se van a ahogar', nos dijo. Nos quedamos en el cementerio, con miedo, para que los militares no nos vieran, si no te mataban. Por el río se veían cabecitas nomás, tronquitos con gente que se escapaba. Yo lloraba, me saqué la ropa para no hundirme, la puse en la mochila y nos metimos al agua. Como a 30 metros se escucha: ¡ra-ta-tá!, ¡ra-ta-tá!, ¡nos disparaban! Abrazamos cada una su tronco y sacamos la nariz nomás”, comienza a contar Som.

La mujer pidió que la entrevista no la hiciera llorar. Pero 37 años después de aquella odisea, las lágrimas parecen haberse secado y ahora recuerda el episodio con una voz firme, aunque en un castellano precario: sin artículos y con verbos en infinitivo o poco conjugados, sólo en presente y algún pretérito que se cuela. Le gusta hablar y sigue el relato sin pausa:

“Después seguimos por el río. Mi prima soltó el tronco, y con una mano yo la agarro del pelo porque se hundía. ‘Soltame, me quiero ahogar', me dijo. No daba más, tenía calambres y yo también. La puse como pude encima del tronco y nadamos como tres horas por el río. Se escuchaban perros ladrando. ‘Hay un pueblo', dijo mi prima. Estaba todo oscuro, llegamos a la orilla y nos empezamos a poner la ropa. Ahí nomás llegamos a Tailandia”.

A su lado, Phengta Inthavong aguarda respetuoso que su esposa termine de contar la odisea. La entrevista se lleva a cabo alrededor de la mesa familiar de Makoto, donde se ubican los tres hijos del matrimonio y las nueras, que también escuchan con atención la historia de la huida.

En cambio, la salida de Phengta (61) de Laos fue más tranquila porque ocurrió en 1976, antes de que la situación del país se volviera opresiva. “Salí con papel yo. Con mi hermana, salimos bien, no había tanta custodia. Me fui porque era joven y no me gustaba esa política”, asegura el hombre, que le cuesta el castellano bastante más que a su mujer.

Tailandia: refugio y un casamiento exprés

Cuando Som llegó al campo de refugiados, Phengta ya llevaba allí un par de años. “Había miles de personas. Si tenían muchos hijos, les tocaba dormir sentados porque no había lugar. La comida la daba Naciones Unidas, la traían en camiones y se repartía a cada familia”, explica el hombre.

La parte de cómo se conocieron la cuenta la mujer de la casa, y es una historia signada por una necesidad de supervivencia. “Al llegar al campo, él me silbó cuando fui a buscar comida; dos días después me pidió en compromiso y en menos de una semana estábamos casados”, recuerda la mujer.

Luego, relata la razón de ese casamiento exprés. “Mi tía estaba en el campo de refugiados y cuando le cuento que alguien me había silbado, me dice: ‘Phengta es un chico bueno, no da problemas, te tenés que casar con él porque en una semana me voy a Estados Unidos y dos chicas lindas no se pueden quedar acá solas. Pueden caer en cualquier fama o las pueden vender' ”.

Pero a ella no le había agradado ese muchacho musculoso y lleno de tatuajes. Así que la tía se dio a la tarea de convencerla: “ ‘Se le borran con el tiempo los tattoo, con agua y jabón. Se casan, salen del país y después si no funciona, se separan', me mintió mi tía, como yo era una chica campesina que no sabía nada... Sí era verdad que se vendían chicas en el campo de refugiados y que los países que nos podían recibir, como Estados Unidos, no aceptaban solteros”. Así fue como un 12 de septiembre de 1978 se formalizó el compromiso y el día 16 se casaron.

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Cinco familias de laosianos se instalaron en el Vivero Provincial, pero sólo los Inthavong quedaron allí. Las otras cuatro emigraron hacia distintos lugares. Foto: Amancio Alem

Santa Fe, un destino divino

Si bien la Junta Militar que ocupaba el poder en la Argentina por el año 1979 ofreció recibir a 1.000 familias surasiáticas, sólo 293 arribaron al país entre ese año y 1981 (266 laosianas, 21 camboyanas y 6 vietnamitas), según consta en el Informe Narrativo sobre el Programa para Refugiados Indochinos en la República Argentina del Acnur y en el documento Programa de Refugiados del sudeste asiático (*).

El matrimonio Inthavong, con su pequeño hijo Makoto de un mes de edad, integraba esa cifra. “Nosotros esperábamos ir a Francia y no pasaba nada; a Estados Unidos y tampoco. Alguien nos dijo: ¿quién quiere ir a la Argentina? Te dan casa y trabajo para vivir. Fui a anotarme con ella y mi hijo, y una semana después ya salimos de Tailandia en avión. Llegamos el 14 de octubre de 1979 a Ezeiza, y diez días más tarde nos trajeron a Santa Fe”, cuenta Phengta, mientras Som añade: “No conocíamos dónde quedaba Argentina, y nos decían: es en América Latina”.

A la ciudad de Santa Fe, llegaron cinco familias laosianas en total, que el gobierno destinó al Vivero Provincial ubicado en Recreo Sur, dependiente del Ministerio de la Producción de Santa Fe. Allí se construyeron cinco viviendas y se les dio trabajo en la multiplicación de especies forestales.

Los refugiados que vinieron al país -procedentes del medio rural de las tierras altas de Laos en su mayoría- lograron con el tiempo una inserción en las actividades económicas de la región a la que les tocó ir. No obstante significó un shock cultural importante. “Allá había cultura de arroz; no sabíamos nada de vivero, tuve que aprender”, dice Phengta, que ya está cerca de la jubilación. “Sufrimos muchísimo porque no sabíamos hablar nada y porque era otra comida, otra cultura, todo nos resultó difícil al principio”, recuerda su mujer.

Poco a poco, las otras cuatro familias se fueron yendo hacia distintos lugares y sólo quedaron Phengta y Som con sus tres hijos viviendo aquí. “Si Dios nos mandó a Santa Fe es por algo: acá tuvimos los hijos, trabajo, una vida tranquila”, señala el hombre. Som completa la idea: “Argentina nos adoptó enseguida. La gente es muy amable; lo primero es agradecer. Estamos contentos de estar acá. Santa Fe es muy linda y acá voy a morir”, dice esta laosiana, bien convencida de su elección, como lo estuvo también aquella vez, de no dejarse vencer por las balas ni por río.

(*) Informe 2012 del Ministerio del Interior de la Nación: www.mininterior.gob.ar/poblacion/pdf/Documento07.pdf

 
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"Sufrimos muchísimo porque no sabíamos hablar nada y porque era otra comida, otra cultura; todo nos resultó difícil al principio”.

Som, la última laosiana en Santa Fe

 

Los tres hijos del matrimonio, junto a la primera nieta

“Estamos orgullosos de ellos y de su lucha”

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Casa y trabajo. Dos cuestiones básicas que la Argentina proveyó a los inmigrantes laosianos que llegaron al país entre 1979 y 1981. Phengta Inthavong fue empleado en el Vivero Provincial, ubicado en Ruta 11 km 478, y allí sigue trabajando aún hoy. Foto: Flavio Raina

Además de Makoto (37 años) que nació en el campo de refugiados de Tailandia, el matrimonio Inthavong tuvo dos hijos en la Argentina, a los cuales decidió ponerles nombres de estas latitudes: Néstor (34) y Nicolás (23).

Los tres hermanos ya tienen sus respectivas parejas: Vanesa, Leticia y Aurora. Y la tercera generación de laosianos es Rita, de apenas siete meses, y fruto de la pareja de Nicolás y Aurora.

“No podemos menos que sentirnos orgullosos de ellos y de su lucha, de todo lo que pasaron para llegar hasta acá y de lo que hicieron para que nosotros tengamos una vida relativamente normal”, dice Makoto, el primero en tomar la palabra, como buen hermano mayor.

“Nuestros padres se esforzaron y mucho. Venir a un lugar donde no manejaban el idioma, ni la cultura, tratar de que nosotros podamos ir a la escuela, integrarnos y, a la vez, conservar algo de la cultura de su país”, agrega Makoto, que continuó en la universidad y hoy es arquitecto.

Néstor, que trabaja en la administración pública provincial, dice que la integración en la escuela no le costó y que “a cierta edad uno no le da bolilla a los comentarios” por lo que su escolaridad “fue normal”, asegura. Nicolás, quien se desempeña como agente penitenciario, asiente con la cabeza.

En cambio, los primeros años de Makoto no fueron tan fáciles. “Yo en la escuela era el ‘chinito nuevo'. Quizá era otra época, pero les costaba ver al morochito de ojos rasgados y nariz chata. Fue al principio nomás y por eso tuve problemas de conducta; después ya pasó”, cuenta el mayor, quien con su esposa Vanesa tienen decidido ir a conocer Laos en algún momento.

Los hijos del matrimonio entienden bastante el idioma de sus padres, pero nunca llegaron a hablarlo. “La fonética es muy complicada, tiene muchas consonantes que en castellano no existen. Cuesta mucho y más aún cuando no tenés con quién practicarlo. No estamos en una comunidad donde se pueda mantener vivo el idioma”, sostienen.

Si bien se autodefinen como “argentinos” y fueron criados en el catolicismo, los hermanos intentan mantener algo de la cultura de sus ancestros. “El respeto hacia los padres y algunas comidas típicas, por ejemplo”, dicen. Sobre una repisa de la casa del hijo mayor se ven estatuitas de budas y elefantes, propios de la cultura asiática.

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La vida cotidiana

Tatuajes. Phengta se saca la camisa y se le ven los tatuajes de tigres y dragones en pecho y espalda. Uno de los hijos explica que se los adjudicó un maestro de Artes Marciales y que cada uno tiene un significado que se corresponde con la personalidad del que los porta.

Budas y crucifijos. El sincretismo religioso se advierte a primera vista en la vivienda de los Inthavong en el Vivero Provincial, la misma que recibieron hace 37 años. “Éramos budistas pero acá no hay muchos templos, así que nuestros chicos son católicos y nosotros también”, dice Som.

Alimentación. “Ellos comen muchas ensaladas picantes, hechas con mamón. El arroz es fundamental en la alimentación. Carnes poco y nada”, explica Makoto.

Tiempo libre. “Salimos a visitar a algún paisano o al río. Phengta pesca y nosotros siempre tenemos una quintita con la verdura nuestra: zapallos blancos, esponja, espacias, hay de todo”, señala Som.

Raíces. Phengta tuvo la oportunidad de viajar dos veces a Francia para volver a ver a su madre y a tres hermanas. En cambio, Som si bien se enteró de que fallecieron sus padres y algunos hermanos, nunca más vio a algún miembro de su familia y dice que le gustaría volver a Laos de visita alguna vez.

Libro y documental. La historia de los últimos laosianos de Santa Fe tiene un libro, autoría de la escritora santafesina Susana Persello, que lleva el título “Los días de Sol”. Fue editado en 2010 por el Centro de Publicaciones de la UNL. También hay un documental denominado “Los últimos laosianos” de Ignacio Luccisano, cuyo trailer puede verse en YouTube. El diario El Litoral también relató su historia en una oportunidad anterior en la pluma de la periodista María Alejandrina Argüelles.


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