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El Litoral
Martes 31.01.2017
20:36

Por Luciano Lutereau

La comodidad del soltero


Por Luciano Lutereau La comodidad del soltero

Por Luciano Lutereau (*)


Es una queja habitual, en nuestros días, la denuncia de que los varones rehúyen de los compromisos. No sólo que no quieren casarse, sino que marcan todo tipo de distancias con sus “parejas” (a las que incluso llaman “la chica con la que estoy saliendo”). Se ha pasado del nombre propio de la enamorada (que tanto costaba confesar) a la descripción definida: “la vecina del tercer piso” o “la amiga de la prima de un amigo”.


“Así estamos bien”, suelen decir los varones; o bien, ante el menor avance de ella: “No te confundas”, como si el deseo pudiera no implicar una confusión, ese punto en que el encuentro sale del anonimato y se convierte en una relación. El varón de nuestro tiempo, en muchos casos, rechaza esta coyuntura, como si se hubiera apoderado de él una suerte de tabú del contacto. Por esta vía, actúa cierta posición cínica que no es más que un modo de conformismo narcisista. Se rechaza la interpelación del otro.


Eventualmente, puede permanecer en esta actitud durante mucho tiempo. Era el caso de un muchacho al que, en cierta ocasión, le pregunté: “¿Cómo se llama la chica con la que estás saliendo... hace un año?”. Sin embargo, mi pregunta no lo incomodó. El soltero contemporáneo es impermeable al tiempo y sus efectos, esa incidencia del factor temporal que en psicoanálisis llamamos “castración”. De este modo, la ética del soltero es la de quien nada quiere saber de la castración, es decir, de la pérdida que constituye el deseo. Prefiere mantenerse, de acuerdo con el título de un libro de Eva Illouz, en una “intimidad congelada”.


Recuerdo otro caso. El de un muchacho que me hablaba de una conferencia de Michel Foucault sobre la muerte del autor. Realizaba toda una explicación intelectual sobre el sujeto en la modernidad y el yo posmoderno confundido con el murmullo anónimo del lenguaje. Le dije que esa “confusión” bien puede justificar la cobardía: firmar algo siempre tiene un costo. Se ríe y recuerda haberme dicho antes que, para él, el matrimonio no es más que una firma. Sin embargo, hay que ir a firmar... Queda tocado y continúa: tiene la fantasía de que formalizar el vínculo con su “chica”... Me río de que también la llama “compañera”; entonces le digo que compañía se hacen los pájaros. Él entiende que digo: “los pajeros”. En fin, si formaliza la relación ya nada será igual y, por cierto, no lo será. Se lo confirmo.


“Firmar como novio”, dice, y se ríe nuevamente al pensar que ésta es una función vacía. “Es ir a poner la cara en las reuniones, estar para la foto, hacer el papel de boludo”. Yo escucho otra cosa y le digo que, en su caso, es también una manera de evitar la fantasía de ser engañado. Sólo a los novios se les mete los cuernos. “Oh sí, estoy mirando a tu novia ¿y qué?”, le canto (según una canción de Babasónicos). Y, por unos segundos, con esa irrealidad instantánea que a veces tienen las sesiones de psicoanálisis, cantamos juntos.


Luego se acuerda del famoso chiste en que una chica dice que tiene novio y el seductor responde “No soy celoso”. “No autorizarse a ser el novio para evitar los celos”, le digo.


No obstante, ¿no se trata de que todo varón condescienda a ser un poco cornudo para ser el hombre de una mujer? En un viejo seminario de 1996, pero aun de mucha actualidad, Phillipe Julien recordaba que ya Rabelais, en el siglo XVI, decía que “Toda mujer, aunque estuviera en cierto modo satisfecha sexualmente por el hombre, siempre está como en otro lugar”. Lo interesante es que Rabelais llama a esta actitud “coquage” (de acuerdo con el tesoro de la lengua francesa: “poner los cuernos”). En definitiva, la puesta de cuernos es un rasgo inevitable del matrimonio, que nombra más bien que a una mujer no se la puede poseer (¡cuántos casos de femicidios se explican por ese deseo de posesión!), no se la puede tener “toda” (¡el pobre paga con sus celos esa impotencia!), salvo que se la tenga como perdida.


(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis (UBA). Docente e investigador de la misma Universidad. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” y “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina”.


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