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Martes 31.01.2017
20:38

A propósito de la “Fábrica de la cultura”

La Gioconda se sale del cuadro y nos invita a crear

La Gioconda, en la mirada del ilustrador de El Litoral. Foto: Ilustración de Lucas Cejas


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A propósito de la “Fábrica de la cultura” La Gioconda se sale del cuadro y nos invita a crear

Por María Fuentes (*)


Las teorías tienen un anclaje en la realidad. Digamos, se hacen praxis social. Prueba de ello da la famosa “Rueda de Duchamp”, que espera junto a la puerta de ingreso de “La Fábrica de la Cultura”, desacralizando la vieja concepción de arte con su presencia. Esa predisposición en el espacio no es azarosa. Tiene que ver con una ambientación: diseñada para el juego y en torno a un acervo artístico; centrada en las materialidades y en las técnicas; destinada a la construcción de objetos y a la intervención del sujeto -que no es un mero espectador sino que es un sujeto libre en el espacio y al cual se le propone una actividad-.


La consideración del público como una masa amorfa e indiferenciada, sobre la que se pueden establecer formas de interpretación de una manera hegemónica -retomando concepciones devenidas de corrientes de pensamientos que analizaron el fenómeno de “masa”- se encuentra en completa disonancia con la propuesta cultural de “El tríptico de la imaginación”, compuesto por “El Molino - Fábrica Cultural”, “La Redonda. Arte y Vida Cotidiana” y “La Esquina Encendida”. Es que ahora el Tríptico plantea la propuesta de proyecto cultural amigable, donde se invita al pueblo a un universo de interpretaciones múltiples y de “semiosis ilimitada” -en palabras de Umberto Eco-, donde todo se construye por el aporte personal y hacia lo colectivo.


También “La Gioconda” se sale del cuadro para invitarnos a vivir ese ritual mágico que es el proceso creativo. Ella está ahí, acomodada en un dispositivo lúdico, dispuesta a transformarse a partir de la intervención, dispuesta a ser decorada por todos, absolutamente libre, enmarcada en una postal que se brinda gratuitamente y que se presta al juego de adornar con stickers de objetos coloridos. Ahí está, situada en un espacio donde las concepciones artísticas ortodoxas se disuelven, donde todos podemos crear, donde se pierde el aura sagrada atribuida a la obra “intocable” y se convierte en fetiche de la masa, donde se desintegra la elite y se democratiza el arte.


Esta propuesta del Tríptico, y en especial de “La Fábrica de la Cultura”, nos invita a reflexionar acerca de las Políticas Culturales Públicas y el rol de la disciplina de la Gestión Cultural para la creación de centros culturales que permiten la transición del espacio público y la producción colectiva. En este caso en particular, a través de la puesta en práctica de dispositivos lúdicos que se transforman en signos y permiten, desde el encuentro con la obra y con un otro, un aprendizaje.


El Molino compone un conocimiento cultural hecho praxis social. Genera sentido de pertenencia y apropiación de lo público. Es un espacio único donde se generan lazos únicos a partir del juego. Es un espacio donde se comparten vivencias y se intercambian conocimientos de manera horizontal, rompiendo la brecha docente-alumno. Es un espacio donde Javi -de profesión trapito- ya no queda marginado de la sociedad y crea vínculos de cariño con la posibilidad de compartir sus habilidades con el resto de los visitantes habituales; donde Ema y Lucho se hacen amigos, se regalan mutuamente postales decoradas, juegan y ríen toda la tarde; donde Agu hace catarsis y cuenta que tiene miedo porque el contacto con un papel con agujeritos -usado para una actividad de collage- le recuerda las paredes de su casa llenas de agujeros por los tiroteos que suceden en su barrio; donde los abuelos salen del geriátrico a pasear y a revivir la experiencia de tejer y de crear y creer; donde los niños no videntes sienten, huelen, tocan los materiales, disfrutan e imaginan un mundo de colores y formas; donde los padres, tíos, abuelos vuelven a jugar y a compartir con los niños.


Entonces, el “poder mágico” de La Gioconda se vincula con la virtud de renacer con cada interventor -sin diferenciación de edad, sexo, condición física o social-. Queda clara la postura frente al público en la siguiente frase que figura en las postales de La Gioconda y que invita a jugar a decorarla con stickers: “¿Son obras de arte o meras copias? ¿Las postales intervenidas de la Gioconda pueden ser arte? Para su intranquilidad no hay una definición cerrada. Usted se encuentra ante un objeto extraño. Lo invitamos a cuestionarlo a redefinirlo y rechazarlo. Ya no es usted un mero espectador que observa sino que está invitado a participar”.


Con todo esto, con su presencia, con sus bigotes, con su beso, con sus sombreros, “La Mona Lisa” nos recuerda que no hay edad para jugar, ni para crear, ni para aprender. Nos recuerda que es parte de todos, que su valor no es ser una “mercancía” que se puede comprar sino que conserva el valor de lo público y de la cultura compartida. Ella es nuestra huella, que dejamos cada vez que la intervenimos, es rasgo de nuestra cultura, es parte de nuestra identidad, es la auténtica Gioconda. En palabras de Eduardo Galeano: “La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”.


(*) Lic. en Comunicación (UCSF)


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