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Martes 21.02.2017
20:29

Tribuna política (por Hugo Grimaldi)

El manual de las hipocresías argentinas

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Tribuna política (por Hugo Grimaldi) El manual de las hipocresías argentinas

Por Hugo E. Grimaldi

DyN


Las benditas “fuentes de trabajo” a preservar han sido siempre un buen pretexto para disimular la actitud de muchos empresarios que viven de las prebendas estatales, aunque siempre a costa de los consumidores. En el fondo, esa pícara y remanida excusa ha puesto a la defensiva en la Argentina a gobiernos de todo pelaje y color, a quienes se los ha apretado públicamente con dicha situación de eventuales despidos, en una falsa disyuntiva entre términos no opuestos: a quién beneficiar.


El actual gobierno ha comenzado a transitar por el mismo camino y la historia dice que cuando se trató de zafar de esa perversa lógica que siempre ha utilizado la parte del sector privado que sólo conoce ponerse debajo de la sombra del Estado sin invertir ni competir, nunca les fue bien a las autoridades ya que el consenso social se ha quedado siempre del lado de los trabajadores y nunca del costado del dolor de los bolsillos.


Lo que hay que ponderar también es que, con la justificación del mayor empleo por parte de las empresas, los beneficiarios de la cerrazón económica cubren al menos dos aspectos de su supuesta vocación empresaria: o bien disimulan su notoria ineptitud comercial para manejar una compañía sometida a los vaivenes de la competencia o quizás buscan esconder su avidez para ganar dinero, a costa de la imposición de un precio. Y todo, con la menor inversión posible.


¿Por qué se habla de picardía?


Más allá de que es natural que a los empresarios les encante ser monopólicos, tener cotos de caza, estar fuera de las reglas de la competencia, no tener que lidiar con los costos o preocuparse por la productividad, ese regalito del Cielo de navegar en una economía cerrada que la mayor parte de los gobiernos han tenido para con ellos desde siempre, son pocos los que se lo quieren perder.


También están los que no se convencen de que las cosas pueden llegar a ser diferentes y prefieren llorar para mamar, tal como lo vienen haciendo de antaño. Total, mientras tanto, una convocatoria de acreedores puede tapar las ineficiencias y la excusa de la apertura económica puede darles una cobertura transitoria hasta desde el costado moral.


¿Para qué cambiar, entonces, si lo que existe en la Argentina es una cuestión cultural y todo inevitablemente volverá a foja cero cuando aparezca algún gobierno de los catalogados como sensibles que se hará cruces cuando alguien nombre al “mercado”?, suponen.


En tanto, cuando la economía se abre y los consumidores comprueban con ticket en la mano la barbaridad de los precios que han sido inflados por la “industria argentina” o por las armadurías nacionales en nombre de la solidaridad con los trabajadores, allí comienza el tironeo interior de los ciudadanos para intentar encontrar el término exacto entre ambas situaciones.


También es un clásico que, hasta que se resuelva esa puja, el manual de las hipocresías argentinas dice que si hay que comprar electrónica, hoy, la moda es Chile y que para ropa barata, mejor Miami. Al fin y al cabo, cuando cambie la mano, volverá a escucharse otra vieja canción, ya que el mote de “neoliberal” no se le niega a nadie en la Argentina.


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