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Domingo 26.02.2017 | Última actualización | 21:29
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Tribuna de opinión

El incierto futuro de la investigación filosófica en la Argentina

La grandeza de una nación se construye con un acceso más equitativo de los distintos saberes a los sistemas de financiamiento en la investigación.

El Pensador de Rodín Foto: Wikimedia.org


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Tribuna de opinión El incierto futuro de la investigación filosófica en la Argentina La grandeza de una nación se construye con un acceso más equitativo de los distintos saberes a los sistemas de financiamiento en la investigación.   La grandeza de una nación se construye con un acceso más equitativo de los distintos saberes a los sistemas de financiamiento en la investigación.

Dr. Juan Carlos Alby (*)

 

Las últimas noticias sobre el recorte del presupuesto para la investigación científica, la restricción del ingreso de becarios al Conicet y la priorización de recursos para investigaciones “más útiles”, suscitan una justa preocupación entre los investigadores de disciplinas “no productivas” según criterios cuantitativos, tales como la filosofía, la psicología y otras. Ya desde los inicios del Conicet, el Dr. Bernardo Houssay no alentaba la incorporación de las llamadas “ciencias humanas” al sistema nacional de becas, con excepción de la Sociología. Éste fue el único saber por fuera de las ciencias fácticas al que nuestro Premio Nobel consideró digno de compartir el Olimpo de las ciencias que había erigido dentro de la magna institución. Disciplinas como la Filosofía ingresaron más tarde al sympossium científico. Utilizo deliberadamente el término “disciplina” (del griego tékhne) y no “ciencia” (del griego epistéme) para no exacerbar el ánimo de los fundamentalistas del positivismo científico.

 

Esta decisión de las autoridades orientada a restringir el acceso a ciertos saberes en beneficio de otros como la ingeniería, la tecnología y la biología, va más allá de un criterio presupuestario e impacta de manera decisiva en la ética de la investigación científica. Tras la falacia de la antinomia entre “ciencia básica” y “ciencia aplicada” y la opción por privilegiar a esta última, se esconde un posicionamiento ético en la línea utilitarista de John Stuart Mill y de Jeremiah Bentham, según el cual “lo bueno es lo útil” antes que “lo bueno en sí mismo”. Y a esta falacia le subyace otra falsa oposición acríticamente difundida en la historia del pensamiento, la de conocimiento teórico vs. conocimiento práctico o vida contemplativa vs. vida activa.

 

Teoría y práctica

 

En los inicios del pensar en Occidente, las intuiciones intelectuales que impulsaron el nacimiento de las ciencias y de las artes fueron de naturaleza cosmológica y teológica, las que antes de ser enunciadas por los filósofos llamados presocráticos ya estaban incubadas en el mito y en la poesía griega. En este saber llamado “teorético”, del verbo griego theoréo, “contemplar” implicaba la contemplación de lo divino entendido en clave cosmológica, independiente de sus fines prácticos o de su utilidad. Pero como tal contemplación no era la de un objeto estático sino la de un viviente dotado de potencias -como los griegos consideraban a la totalidad de lo real-, esta fuerza investía de poder al que contemplaba impulsándolo hacia una vida activa, digna y buena. De ahí que “teoría” y “práctica” no estaban separadas en el origen. Pero cuando esta escisión acontece y es alentada desde las cumbres del poder político, la ciencia se convierte en cientificismo, caricatura de la primera y movilizada por la voluntad de poder antes que por el amor a la sabiduría. Este último es el motor interno de la filosofía, mientras que la voluntad de poder es el móvil de la ideología, justamente su opuesto. La grandeza de una nación se construye con un acceso más equitativo de los distintos saberes a los sistemas de financiamiento en la investigación.

 

Permítanseme aquí un excursus personal y una final ironía. Tengo el orgullo y la fortuna de investigar en dos de las instituciones educativas a las que considero entre las más prestigiosas del país, a saber, la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Católica de Santa Fe. En ese orden cronológico, cada una de ellas fue mi alma mater en distintos momentos de la vida y, en ambas, ejerzo la docencia y la dirección de proyectos de investigación en filosofía con una libertad sin condicionamientos. Pero me temo que lo que está ocurriendo con el Conicet se propagará como una infección a las universidades nacionales y, por fenómeno de adhesión forzosa, a las universidades privadas y no tardaremos en ver el día en que investigadores expertos en el arte del maquillaje y de la mímesis, con el objetivo de conseguir financiación, intenten seducir a evaluadores obsecuentes de la tecnocracia de turno con la presentación de proyectos tales como “El Timeo de Platón y la minería a cielo abierto” o “La incidencia del Libro Alpha de la Metafísica de Aristóteles en el desarrollo sustentable del cultivo de soja en Argentina”. Y es posible que, en el segundo caso, hasta obtengan subsidios por parte de Monsanto.

 

(*) Consejo de Investigaciones de la Universidad Católica de Santa Fe. Investigador de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral.

 


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