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Jueves 09.03.2017
20:56

Mesa de Café (por Remo Erdosain)

El gremialismo docente en el país de Jauja

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Mesa de Café (por Remo Erdosain) El gremialismo docente en el país de Jauja

Por: Remo Erdosain


La mesa volvió a armarse. Después de un mes de vacaciones, los muchachos regresan a las rutinas del año. Eso sí, algo más tostados y con algunos kilos de más. Porque, contra lo que se supone, las temporadas de vacaciones en el mar o en la montaña tienen poco y nada que ver con la vida sana. Por el contrario, lo que predominan son las comilonas y las libaciones diarias, entre otras cosas porque no hay mucho más para hacer. Y, ya es bien sabido que en las sociedades que vivimos los niveles más elevados de sociabilidad se despliegan frente a una mesa con abundantes viandas y variadas botellas.
Abel arranca la jornada quejándose como de costumbre.


—Me hubiera gustado quedarme en el mar toda la quincena de marzo, pero mi hija nos apuró porque empezaban las clases y había que estar en Santa Fe -comenzó.


—¿Y cuál era el problema entonces?


—El de todos los años. Los chicos empiezan las clases, pero una vez más, las clases no se iniciaron, algo que le dije a mi hija pero no me quiso hacer caso.


—Las compañeras docentes tiene derecho a hacer paro -retruca José.


—Admito ese derecho -replico- pero creo que habría que compatibilizarlo con el derecho de los chicos a tener clases.


—Más que compatibilizarlo -observa Marcial- hay que priorizarlo. Esto quiere decir que entre el derecho de los chicos y el derecho de huelga, lo que se debería imponer es el derecho de los chicos.


—No comparto -dice José- el gobierno, el de la provincia y el de la nación, son los responsables de la educación...


—¿Y las maestras... y los caciques sindicales... no tienen ninguna responsabilidad?


—No es lo mismo.


—Según se mire no es lo mismo. La educación Argentina se cae a pedazos, pero la joda continúa.


—No sé a qué joda se refieren -dice José.


—A la joda de los paros, de las roscas sindicales; a la joda que significa que un tipo como Baradel sea el jefe y el patrón del sindicalismo docente; a la joda de maestras que festejan cuando las efectivizan y al otro día agradecen abollando a las escuelas con paros salvajes.


—Algo debe de andar muy mal en la educación del país para que el señor Baradel sea dirigente docente.


—Lo de docente, es una verdadera licencia del lenguaje -señalo- porque por lo que se pudo saber en su vida estuvo frente a un grado.


—Éste es el país que vivimos; ésta es la clase trabajadora que tenemos -se queja Abel-. Sindicalistas camioneros que jamás manejaron un camión; gastronómicos que jamás trabajaron en un bar; maestros que jamás estuvieron frente a un grado; estatales que jamás trabajaron en la administración pública.


—Es como decía un viejo caudillo conservador: ningún país aguanta la variable de jubilados cada vez más jóvenes y estudiantes cada vez más viejos.


—Admitan que los sueldos de los maestros son bajos.


—Según se mire. Comparados con los de Formosa, por ejemplo, el feudo del compañero Insfrán, los sueldos de Santa Fe son de lujo. Por otro parte, los sueldos de los policías, de los enfermeros, también son bajos pero no se la pasan haciendo paros.


—Yo agregaría, aunque no caiga simpático, que los maestros tiene a su favor la estabilidad laboral, vacaciones de invierno y de verano, cobran puntualmente del uno al cinco de cada mes...


—Son los argumentos de Cristina -dice José con tono burlón.


—Alguna vez, muy de vez en cuando, esta chica decía algo interesante -responde Marcial.


—A mí, lo que me llama la atención -digo- es que si sumamos el total de la plata destinada por el Estado para sostener la educación primaria y secundaria y a esa suma la dividimos por la cantidad de alumnos, la cifra que da es asombrosa.


—¿Y se puede saber cuál es esa cifra?


—Entre veinte y veinticinco mil pesos por alumno.


—¿Por año?


—No, por mes.


—No jodás


—No jodo; nunca estuve tan serio.


—No sé adónde querés llegar -farfulla José.


—A que una burocracia inmensa se chupa los fondos asignados. Y a ello agregale que hay un promedio de cuatro o cinco maestras por alumnos. En esas condiciones, ni aunque tuviéramos los ingresos de Alemania o EE.UU. podríamos sostener una educación de buena calidad y con maestros bien pagos.


—Lo que yo creo es que la escuela pública...


—A la escuela pública la están haciendo pedazos los gremialistas al estilo Baradel.


—Lo que pasa es que ustedes son unos conservadores recalcitrantes y no les gusta que Baradel ande en mangas de camisa y use barba.


—Yo -observa Marcial- a todo eso lo podría disculpar; lo que no le disculpo es su rechazo al agua y el jabón. Creo sin exageraciones que a Baradel hay dos cosas que no le gusta en la vida: trabajar y bañarse.


—A decir verdad -pregunta Abel- ¿alguno de nosotros mandaría a su hijo a una escuela donde el maestro sea Baradel?


—Lo que decís es una gorileada.


—Puede ser, pero es verdadera. Tan verdadera que vos mismo no mandarías a tu hijo a esa escuela.


—Es más -continúa Marcial- yo creo que hasta que la clase dirigente, los administradores del Estado no se decidan en serio a descontarle los sueldos a los huelguistas este tema no se va a solucionar.


—¿Y el derecho de huelga?


—En primer lugar, habría que discutir hasta dónde llega el derecho de hacerle huelga al Estado y dejar a los chicos sin clases. Y, en segundo lugar, el derecho de huelga y sus cacareados y retóricos planes de lucha no están en contradicción con el derecho del Estado de hacer cumplir el principio elemental de “día no trabajado día no pagado”.


—Esas amenazas no los va a afectar a los maestros.


—Habría que verlo. Cuando ese principio rigió, las huelgas se redujeron a su mínima expresión, que es como debe ser en un país civilizado. Porque si no, todo es muy lindo y sobre todo gratis: los dirigentes gremiales juegan a la revolución y se pelean entre ellos por los sillones. Y las maestras aprovechan la bolada y no van a trabajar.


—Sin ir más lejos -señala José- la amiga y colega de mi hija arregló las cosas de tal manera que se quedó con su familia una semana más en la playa.


—¿Cómo hizo?


—Sencillo: a los dos o tres días de huelgas le agregó un certificado médico que más que entregártelo te lo regalan, y de ese modo sumó una semana completa que con los dos fines de semanas, le dieron nueve días más de playa y sol.


—Y a esas trapisondas los gremialistas docentes las llaman “planes de lucha”.


—No comparto- concluye José.


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