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Sábado 11.03.2017
20:24

Crónica política (por Rogelio Alaniz)

El año en que vivimos en peligro

Personas participan en la movilización nacional para reclamar mejoras laborales y salariales, el pasado 7 de marzo, en Buenos Aires. La marcha fue convocada por la Confederación General de Trabajadores. Foto: EFE/David Fernández


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Crónica política (por Rogelio Alaniz) El año en que vivimos en peligro

Por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com


EL ÚLTIMO HURRA


Ya se sabe que gobernar es comprar problemas. Si a esta verdad Macri no la conocía ahora la está aprendiendo en un curso acelerado e inmisericordioso. Ganarse un monumento en la historia suele costar sangre, sudor y lágrimas. Con el riesgo de no saber con certeza si en lugar del monumento, el lugar asignado está en el estercolero de la historia o -después de tantas tribulaciones- en el más gris anonimato. Problemas y riesgos de los hombres que eligieron el camino del poder. Por lo pronto, el año 2017 viene cargado de acechanzas, dudas, tímidas esperanzas e inquietantes incertidumbres. El país no está mejor, como lo prometió el oficialismo, pero tampoco está en ruinas como lo pronosticó la oposición peronista. Hay problemas por supuesto. Y muchos. Pero la mayoría de esos problemas no los inventó Macri. Por el contrario, su acierto es que los está sincerando. Ahora, sabemos que Argentina no es la Alemania que propagandizó “el Morsa” Fernández, ni tiene los índices cero de inflación y pobreza que agitaban los señores Moreno y Kicillof. La Argentina es esto que vemos: trece millones de pobres; indigencia creciente; baja productividad; docentes en huelga dirigidos por un amigo de Boudou; movilizaciones peronistas que se esfuerzan en reiterar tragedias de otros años; empresarios nacionales que se acuerdan de la patria cuando los amenazan con abrir la importación, pero que suelen ser rápidos y diligentes pera remarcar precios; inseguridad que se desborda desde la sociedad a la política y desde la política a la sociedad; dirigentes que invocan causas nobles para enriquecerse; ciudadanos que despotrican con buenos argumentos contra los políticos pero nunca se sabe con certeza si su protesta está inspirada en causas nobles o en la más prosaica y ramplona envidia de quienes quisieran estar en ese lugar para hacerse millonarios a lo Lázaro Báez, Cristóbal López o, por qué no, Cristina Elisabeth.


CAMBALACHE SIGLO XXI


Ésta es la Argentina que supimos conseguir. El gobierno no la inventó, pero tiene serias dificultades para salir de ese lodazal, entre otras cosas porque algunos de sus dirigentes han crecido y se han fogueado en esos lodos. Esta Argentina que, a pesar de todo, sigue siendo por varios motivos uno de los países de mejor calidad de vida en América Latina, una afirmación que más que un consuelo es una imputación. Para nuestra desgracia, vivimos en un país que se ha desdesarrollado. Un país que dispuso de todos los atributos y las condiciones para ser próspero, justo y libre. Y sin embargo, nos las hemos ingeniado para estar donde estamos. No digo nada nuevo si afirmo que el peronismo es el principal responsable de esta decadencia. El principal, pero no el único. Por lo pronto, trece millones de pobres es una imputación muy seria para la fuerza política que más gobernó al país en los últimos tiempos. El cerrojo mortal de empresarios rentistas, sindicalistas corporativos y políticos corruptos lo tiene al peronismo como principal protagonista. Principal, pero no exclusivo. Lo más patético de todo es que el peronismo no sólo contribuyó a hacerlo sino que se prodigó en recursos intelectuales para justificarlo. Empresarios rentistas con mercados cautivos y subsidios jugosos, fueron presentados como sinónimo de burguesía nacional antiimperialista; dirigentes obreros corruptos, autoritarios y mafiosos fueron evaluados como “sabios y prudentes” y considerados la columna vertebral del movimiento obrero; políticos ávidos de fortunas y habilidosos para la tramoya, el negociado y la camándula, fueron y son ponderados como adalides de la causa nacional y popular. La Argentina agoniza en esa red viscosa tendida por el populismo. La agonía abraza a todas las opciones políticas. Salir de la charca populista no es fácil, entre otras cosas porque uno de los atributos del populismo es el cambalache. El cambalache de Discépolo: “En el mismo lodo todos manoseaos”. Al respecto, resultan patéticos y a veces ridículos, los esfuerzos de quienes invocando salir del populismo hacen todo lo posible por parecerse a ellos. La asimilación, que bien podríamos denominar alienación, incluye imitar sus vicios, identificarse con sus consignas, copiarles “hasta el modo de escupir”. Y todo ello presentado con el tono de un realismo práctico, canchero y descarnado. Un realismo que convoca a parecerse al adversario, la coartada supuestamente perfecta para disimular la impotencia política y, en más de un caso, la capitulación.


POBRE CRISTINA


El año electoral está en marcha y nadie se debería asombrar que tanto el oficialismo como la oposición actúen en consecuencia. En política, suele ganar el que impone sus consignas en el electorado. También el que se coloca en el centro del escenario y pone a su adversario a la defensiva. Macri ha decidido al respecto que su adversario sea el kirchnerismo y Cristina Elisabeth en particular. Sabe que si logra instalar esa contradicción en la sociedad, las elecciones serán suyas. El peronismo, por su parte, no logra establecer un liderazgo ganador. Hasta la fecha, la única dirigente con votos propios es “La que te dije”. Efectivamente, esos votos los tiene. Y alguna vez un sociólogo, politólogo o pai umbanda se preguntarán por qué misteriosas y oscuras razones del alma el veinticinco o treinta por ciento de la sociedad sigue apoyando a una mujer cuyo apellido es sinónimo de corrupción. Indagaciones teóricas al margen, lo cierto es que Cristina Elisabeth tiene esos votos pero, como hasta el puntero peronista más modesto lo sabe, esos votos no alcanzan para ganar. Sucede que a la vuelta de los años, los Kirchner se encuentran en una situación muy parecida a la de Menem, ese rival con el que tanto se diferencian y tanto se parecen. Como se recordará, en 2003 Menem era el político peronista con más votos y, al mismo tiempo, el garante seguro de la derrota peronista. Los chanchullos electorales de Duhalde impidieron que Menem sea presidente. La alternativa del cambio pudo haber sido De la Sota o Reutemann. Por diferentes motivos, los candidatos se mancaron antes de largar la carrera. El bastón de mariscal quedó en manos de Kirchner, con los resultados conocidos. ¿Dispone el actual peronismo de un equivalente a Kirchner? Por el momento, esa pregunta no tiene respuesta. ¿Será Massa, Randazzo, Urtubey? No lo sé. Pero en todos los casos, esos candidatos sospechan que para lograr sus objetivos hay que dejar fuera de carrera a la Señora. En 2003, estaba Duhalde decidido a fulminar a Menem. En la actualidad, el presidente es Macri y lo que quiere es que Cristina Elisabeth compita con él.


EL BUENO, EL MALO Y EL FEO


Por un camino o por otro, el peronismo apuesta al fracaso de Macri. Se dirá que toda oposición en el mundo democrático actúa de manera parecida. Sí y no. Toda oposición legítimamente aspira a ganar el gobierno, pero no toda oposición apuesta a la destitución, a incendiar el país o hacer realidad una vez más el elocuente dato histórico que observa que, hasta la fecha, ningún gobierno no peronista pudo concluir su mandato. El kirchnerismo por su lado está convencido de que quien gobierna es un oligarca inescrupuloso, heredero directo de los adustos y trágicos jefes de la Revolución Libertadora. También están convencidos de que su resistencia es igual a la que sus abuelos protagonizaron durante los años de la proscripción peronista. En ese contexto, se entiende que crean que el mejor favor que le pueden hacer a la patria es derrocar a Macri. La solución helicóptero que le dicen. No todos los peronistas piensan lo mismo. Algunos, en todo caso, son más disimulados. Y unos pocos creen sinceramente que por ahora conviene respetar las reglas de juego de la democracia. De todos modos, el peronismo por historia, formación política y mitología, se siente cómodo desestabilizando. Tienen la íntima certeza de que la Casa Rosada es de ellos y que el que se atreva ocuparla es por definición un intruso que, como tal debe ser tratado. Sus mitos son muy fuertes. De los fascistas, les ha quedado ese afán por estetizar la historia y la política. Y, por formación ideológica, la adhesión a un degradado neorromanticismo los conduce por el camino de la confrontación y la tragedia. Lo ocurrido el pasado martes muy bien puede ser un anticipo de lo que nos aguarda.


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