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Sábado 18.03.2017 | Última actualización | 9:50
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“Nenúfares, un espectáculo puto”

Entretelones de la andanza humana

Se produce en la escena una rara sintonía en la que cuatro personas visitan un territorio desconocido y ajeno: el fabuloso territorio del otro. Foto: Gentileza producción


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“Nenúfares, un espectáculo puto” Entretelones de la andanza humana

 

Roberto Schneider

 

El teatro brinda siempre la posibilidad de desechar máscaras, de revelar el contenido real, de fundir en un acto las reacciones físicas e intelectuales. El rol de los actores es un salirse de sí mismo y, así entendido, es una invitación al espectador para compartir una historia nueva. Ese acto puede ser comparado con el amor más auténtico. Después cada uno acepta o rechaza esa historia que es el espejo donde un ser humano puede mirarse, aunque su propia imagen le duela. Es en esta vertiente en la que se nutren, precisamente, los hacedores de “Nenúfares, un espectáculo puto”, el montaje estrenado en La 3068. La propuesta tiene sustento en el trabajo dramatúrgico de Sergio Abbate y Pablo Tibalt, inspirados en el universo de Copi, según sostiene el estupendo programa de mano.

 


Muy poco se conoce sobre Copi. Su verdadero nombre era Raúl Natalio Damonte Taborda, nació en Buenos Aires en 1939 y murió en París en 1987. Escritor, autor teatral, dibujante humorístico, actor. París lo lanzó a la fama internacional. Su feroz historieta “La mujer sentada”, una tira semanal en “Le Nouvel Observateur”, fue difundida en el mundo entero. Las piezas de teatro, dirigidas sobre todo por sus compatriotas Jorge Lavelli y Alfredo Arias, se representaron en todas las grandes capitales, menos en la Argentina, porque ofendían los rigurosos principio morales de sucesivos gobiernos autoritarios. Homosexual asumido, implacable y tierno a la vez, Copi escribió por ejemplo “Una visita inoportuna” (estrenada en el Teatro Municipal General San Martín de Capital Federal tras su deceso) mientras moría de sida. Con inusitado coraje, enfrentó su disolución física y se burló de la muerte, encarnada en una estrafalaria diva de ópera, Regina Morti.

 


En “Nenúfares...”, los dramaturgos urden una fábula con acentos disparatados para mostrar los entretelones de la andanza humana. La historia que se muestra puede ser la de una familia disfuncional -cuál sería el modelo de una funcional-; o la de una empresa, o la de (por qué no) un elenco teatral. Es decir cualquier forma de asociación dependiente del ejercicio del poder. Se dice que el poder corrompe; decimos más bien que enloquece. La locura impulsa a los personajes de la escena: la Madre; Lena, la nena del moño, la Señora Katassia y Monsieur Copito. Es precisamente la Madre, esa mujer feroz y cínica cuya implacable lógica, basada en el delirio y el pragmatismo más mezquino, se despeña en el absurdo. Pero hay mucho más que absurdo en este particular universo: hay un formidable aliento poético capaz de llegar, sobre algunas irreprimibles sonrisas, a los abismos de una tragedia.

 


Se produce en la escena una rara sintonía en la que cuatro personas visitan un territorio desconocido y ajeno: el fabuloso territorio del otro. Los autores despliegan la ferocidad de sus miradas sobre un mundo que desmiente las ilusiones de amor o de piedad. Arde un infierno aterrador en los cuerpos de esas criaturas. Uno se rie porque la historia tiene ingenio y humor corrosivo, falsamente “naif”, pero bien pronto la risa se congela. Aquí se refleja, en parte, el devenir humano. Con algo de humor, con lenguaje procaz, irreverente, soez, pero que alcanza asimismo para conformar un fresco en el que se combinan la pena y la alegría, para reafirmar que la vida continúa, a pesar de todo.
La creación, especialmente cuando se trata del trabajo de los actores, significa y conlleva una sinceridad infinita, disciplinada. O, dicho en otras palabras, el material utilizado en la creación no debería representar ningún obstáculo para el creador. Desde la dirección general del espectáculo Pablo Tibalt logra que la esencia del texto surja intacta, sin divismos ni deformaciones. Edgardo Dib es un actor talentoso, con rigor dramático y equilibrada expresividad y mucho sentimiento puestos en la escena. Disfruta de un personaje doloroso, del que obtiene las profundidades más lacerantes, ofreciendo una emotiva actuación para el recuerdo. Está muy bien acompañado por el mismo Tibalt y Lucas Ruscitti, ambos resolviendo personajes de difíciles aristas con sólidos recursos e indiscutible entrega. Es correcta la actuación de Gerardo Casas.

 


El montaje escénico se apoya en el vestuario y las pelucas de Osvaldo Pettinari; el maquillaje de Lucas Ruscitti; el diseño del espacio escénico y los objetos de Pablo Tibalt, la selección de la banda sonora de Abbate, Dib y Tibalt y la iluminación de los últimos nombrados, que deja algunas escenas en penumbras. Hay mucho de soez, palabrotas y alguna grosería, lo mismo que hoy por hoy es casi elemento cotidiano de ciertos programas televisivos. Pero hay ritmo y tiempo teatral en una totalidad donde el ser humano, ese ser manuable y mutable, esa criatura que camina con miedo y con amor por la reducida cornisa que lo obligará a caer hacia el cielo o el infierno, está presente para obligar a meditar acerca de la condición humana.

 

 


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