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Miércoles 26.04.2017
9:22

Celina "Queca" Kofman

Memorias para la Memoria

Este viernes se presenta el libro “Historias y recuerdos de una Madre de Plaza de Mayo”. A sus 93 años, la mujer recorre con su memoria las vivencias de una historia que se continúa escribiendo.

El libro narra la historia de su búsqueda, pero también los viajes por todo el mundo y la construcción de un legado histórico que trasciende las hazañas individuales. Foto: Guillermo Di Salvatore




Celina "Queca" Kofman Memorias para la Memoria Este viernes se presenta el libro “Historias y recuerdos de una Madre de Plaza de Mayo”. A sus 93 años, la mujer recorre con su memoria las vivencias de una historia que se continúa escribiendo. Este viernes se presenta el libro “Historias y recuerdos de una Madre de Plaza de Mayo”. A sus 93 años, la mujer recorre con su memoria las vivencias de una historia que se continúa escribiendo.

 

 

 

Natalia Pandolfo

npandolfo@ellitoral.com

 

 

La mañana es cálida, pero dentro de la casa la calefacción tira ráfagas de calor intenso. Aun así, la Queca tiene las manos heladas.

 

A sus 93 años, el sentido del oído casi la ha abandonado por completo: a cambio, goza de una vista que no necesita de cristales.

 

Enjuta, espera sentada en la silla, con el trípode a mano. Está vestida con pantalón y pulóver azules. Antes de comenzar la nota, pide un minuto y cubre su cabeza con el pañuelo blanco.

 

—Ahora sí-, sonríe.

 

 

En primera persona

 

 

“El puntapié inicial de este libro me lo dio una gran amiga, Ana Berraz. Ella me hacía masajes en mis piernas, que ya no quieren caminar; y yo mientras tanto le contaba mis historias. ‘Esto es una riqueza —me dijo ella-; no se puede perder. Hay que escribirlo”.

 

“Y entonces me animé. Tuve la ayuda de mi ‘nuerahija’, como yo la llamo, la esposa de Hugo. Fue ella, Julia Gaitán, la primera correctora y quien organizó el libro”.

 

— La presentación se hace en el marco de los 40 años de Madres de Plaza de Mayo. Después de tanto tiempo de lucha, ¿qué ves al mirar atrás?

 

—Hemos conseguido mucho. Unidas como madres, nos hicimos fuertes todas juntas. Unimos el dolor a la lucha, y eso nos fortaleció. Enfrentar a esta dictadura tan sangrienta no fue fácil para mujeres que salíamos a la calle ingenuamente, pensando que a las madres no nos iban a hacer nada justamente por eso, porque éramos madres. Y nos hicieron. Siempre nos preguntan por qué las madres y no los padres. Hemos analizado esa pregunta con psicólogos. En aquel tiempo las mujeres casi no trabajábamos afuera, en cambio los hombres sí: ésa puede ser una respuesta. Pero también pensamos que fue un poco de ingenuidad de nuestra parte.

 

—Este fin de semana se conoció la noticia de otro nieto recuperado, ¿qué sensación te gana en esos momentos?

 

—Es muy fuerte. Faltan muchos todavía para recuperar. Se robaron tantos bebés. Son nuestros nietos. Nosotras socializamos la maternidad, nos convertimos en madres de 30 mil. Levantamos sus banderas de cambio para un país para todos. Los militares barrieron todos los campos de concentración del país, donde se torturó hasta la muerte a nuestros hijos. Creemos que con nuestra lucha los mantenemos con vida, al mantener en pie sus ideales, los de un país sin chicos en la calle. Por lo demás, más de una nos vamos a morir sin recuperar los restos. No nos dieron ni siquiera el consuelo de un duelo. A mí no me interesa, personalmente, encontrarme con los huesos de él. Yo lo quiero recordar como lo vi la última vez: lleno de sueños, de esperanzas.

 

—¿Cómo ves hoy la realidad del país?

 

—Veo un gran retroceso en Derechos Humanos, pero no vamos a perder lo que costó tanto conseguir. Están los familiares, los compañeros, los amigos, los hijos. Hubo que luchar mucho por los juicios a los represores. Después de haber juzgado a las Juntas, el doctor Raúl Alfonsín tuvo que dar un paso atrás y dictar la Ley de Obediencia Debida y Punto Final, que nos cerró el camino por veinte años. Hasta que en 2003, el doctor Néstor Kirchner derogó la ley y ahí se nos abrieron las puertas de los juicios. Debemos cuidar que eso no se pierda.

 

—¿Te asusta que hoy haya gente que va a manifestar a favor de los represores?

 

—No lo puedo entender. Ellos no están arrepentidos de lo que hicieron, inclusive manifiestan que lo volverían a hacer. Pero acá estamos las Madres, los jóvenes, los que han comprendido la historia. Por ellos vamos a seguir luchando. Pedimos juicio y castigo, ellos están rodeados de todas las garantías constitucionales que les negaron a nuestros hijos. Los campos de concentración que crearon aquí no tienen nada que envidiar a los de los nazis. Y sin embargo hay quienes los defienden... no lo puedo comprender. Yo ya tengo 93 años, casi no camino y he visto mucho. Pero tengo la fuerza para seguir adelante. Hay algunas que están postradas, pero nos acompañan espiritualmente. Somos pocas las que quedamos, pero quedamos por todas. Pedimos cárcel perpetua y efectiva, nada de cárcel domiciliaria. A un ladrón de gallinas se le da cárcel común, y a los que se erigieron como dioses y dueños de la vida de nuestros hijos les dan domiciliaria... Mientras tengamos vida seguiremos luchando. Y cuando nosotras no estemos, la lucha seguirá en quienes comprendieron el sentido de la lucha de nuestros hijos. Esa es nuestra tranquilidad”.

 

 

Nota Relacionada

 

Tucumán, el infierno

 

Celina “Queca” Zeigner de Kofman nació en Villa Domínguez, Entre Ríos, el 19 de febrero de 1924. Casada con Marco Kofman y madre de Raúl, Hugo y Jorge, llegó a ser directora de escuela primaria en Concordia. Allí vivía en 1975 cuando Jorge, de 23 años, casado, con un hijo y uno en camino, fue secuestrado en Tucumán. A partir de allí, la vida de la mujer se volvió otra.

 

Recorrió cárceles, cuarteles y juzgados, iglesias y despachos de políticos. Conoció a otros en su misma situación y se sumó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y a la Asociación de Madres de Plaza de Mayo. En 1988 se mudó a Santa Fe, donde se convertiría en una de las referentes de Madres en el interior del país.

 

“Tucumán era un infierno. Desaparecían como moscas. Nadie podía contener eso. Ahí nos tocó actuar. A mi esposo le afectó mucho el corazón; yo pude seguir. Nunca quisimos venganza: queremos justicia. Y en esa línea nos mantuvimos siempre”.

 

Se cree que Jorge estuvo detenido en la Escuelita de Famaillá, primer centro clandestino de detención del país, alojado con otros detenidos ilegales e interrogado bajo tortura. En una de sus tantas búsquedas, Queca llegó, junto a su esposo y su hijo Hugo, a las puertas de ese centro. Ella gritó por su hijo: la sacaron a punta de escopeta y sin darle ninguna respuesta. Su coherencia marca el camino por el que transitó siempre: primero de pie, ahora en silla de ruedas.

 

Cada 24 de marzo, cuando llega a la Plaza junto a sus compañeras, la recibe un intenso “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Ella dice que se conmueve tanto que a veces no le salen las palabras. Cuatro décadas después, nunca pudo saber qué pasó con su hijo. Su nuera y sus dos nietos viven en Israel.

 

 

Nota Relacionada

 

Ellas

 

“En mis recuerdos siguen presentes algunas que ya no están y con quienes compartimos muchas cosas: Aurora Verdú, la señora de Cherry, Tuchi Rosetti, la muy querida Elsa Ramos, Norma Biegkler y la querida “Ramonita”, Ramona Maldonado, recientemente fallecida, quien acompañó todos los juicios a los genocidas”.

 

“Otras Madres, entre las que me incluyo, que fuimos muy luchadoras en su momento, hoy tenemos problemas de salud, que no nos permiten andar calles y plazas como en otros tiempos. Alejandra Ravelo, “Negrita” para todos nosotros, está con un cuadro de salud muy triste, internada en un geriátrico. Hurí de Tornay prácticamente no puede caminar. Sólo quedan dos madres que aún pueden andar: Olga Suárez, la más joven de todas nosotras, y Otilia Elías que, con sus 95 años y su andador, está presente en todos los juicios a los genocidas, en todos los actos de Derechos Humanos y acompaña con su presencia las luchas populares”, cuenta Queca en el libro.

 

 

El Dato

 

La tapa

 

"Yo quiero que en la portada haya un pañuelo blanco”, dijo Queca. Por aquella extraña conexión que existe entre los niños y los ancianos, una bisnieta oyó el pedido y tomó el guante. Emilia Kofman, de siete años, es la autora de la ilustración de tapa.

 

 

El Dato

 

El acto

 

La presentación será este viernes 28 a las 18.30 en ATE Casa España, Rivadavia 2871. Habrá un panel que integrarán, además de la autora, Jorge Hoffmann, secretario general de ATE Santa Fe; Marcelo Villar, de Familiares Detenidos Desaparecidos y María José Lombardo, de la Editorial Último Recurso.


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