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Domingo 23.07.2017 - Última actualización - 08.03.2018 - 13:21
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Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau)

La violencia no es la agresión

La violencia desborda la agresión y demuestra que sólo se pone de manifiesto cuando fracasan las instituciones. Violentas no son las personas, sino las instituciones que no están a la altura de sus objetivos.

Foto: Pablo Aguirre




Espacio para el psicoanálisis (por Luciano Lutereau) La violencia no es la agresión La violencia desborda la agresión y demuestra que sólo se pone de manifiesto cuando fracasan las instituciones. Violentas no son las personas, sino las instituciones que no están a la altura de sus objetivos. La violencia desborda la agresión y demuestra que sólo se pone de manifiesto cuando fracasan las instituciones. Violentas no son las personas, sino las instituciones que no están a la altura de sus objetivos.

Luciano Lutereau (*)

 

Todas las mañana nos despertamos con la noticia de un femicidio. El modo en que la violencia machista mata en nuestra sociedad es alarmante. Por eso es necesario trazar algunas distinciones que permitan delimitar perspectivas del fenómeno en su complejidad.

 

Por un lado, es necesario distinguir entre agresión, agresividad y violencia. La agresión es un acto entre dos personas, en el que se transgrede el límite corporal del otro (se reduce al otro a un mero cuerpo) y se lo daña. La agresividad no implica esa transgresión, pero es igualmente invasiva; por ejemplo, la tensión agresiva se pone de manifiesto cuando, en una discusión, uno de los participantes eleva la voz o interrumpe al interlocutor para que no siga hablando. Lo mismo podría decirse de la invalidación de la posición enunciativa del otro, al descalificarlo con frases del estilo “¿Y vos qué sabés?” o “Callate”. 

 

Hace poco, mientras jugaba con mi hijo, él me dijo “Callate” y, si bien era un chiste, después le expliqué que decirle a alguien que se calle, no dejarlo hablar, es una de las peores cosas que podemos hacerle. En este sentido, el machismo se consolida desde temprano, no sólo de hombres hacia mujeres, sino entre hombres. Es una actitud machista, basada en la agresividad, considerar que la palabra es atributo de algunos, mientras que los demás quedan confinados al silencio. Por eso es tan importante apoyar los movimientos de mujeres que, en la calle, piden ser escuchados. Quedarse en el detalle de que pinten algunas paredes, ensucien algunas veredas y demás, es un asunto menor al lado de la restitución de la voz que se pone en juego en estas circunstancias.

 

La violencia
 

Sin embargo, la violencia es otra cosa. Mientras que la agresión y la agresividad son relaciones duales (incluso cuando pueda haber muchas personas atacando a una sola, esa coyuntura puede reconducirse a relaciones de a dos), la violencia supone una estructura en la que, al menos, hay tres elementos. Pensemos en la siguiente situación: un hombre se reúne en un lugar con su ex mujer; de la reunión también participan abogados y familiares, el propósito es dirimir aspectos del divorcio de la pareja; en un determinado momento el hombre queda a solas con la mujer y la asesina. Podría decirse que el homicidio es el acto agresivo, pero violento es que este hombre haya podido quedar a solas con esta mujer, más si (supongamos) había una orden judicial que restringía la proximidad entre ambos. En este punto, quizá sea momento de empezar a dejar de pensar solamente la relación dual (y, por ejemplo, desarrollar perfiles psicopatológicos del “hombre que mata”) para incluir también la participación de otros co-responsables violentos.

 

De este modo es que la noción de femicidio cobra un sentido más propio. Porque en la consideración de que a una mujer se la mate por el hecho de ser mujer, cabe incluir que en muchos casos esa mujer quiso hacer una denuncia que nadie tomó en cuenta. Así es como la violencia desborda la agresión y demuestra que sólo se pone de manifiesto cuando fracasan las instituciones. Violentas no son las personas, sino las instituciones que no están a la altura de sus objetivos, y en las que sería importante ubicar complicidades con las situaciones de agresión y agresividad. Esto vale tanto para el mundo judicial, policial, etc., como también para el ámbito psicológico. No pocas veces me encontré con supuestos profesionales que sostienen fantasías como la de la “mujer despechada que te va a sacar todo” y otras figuras terribles que pueden potenciar una acción agresiva. Por esta vía, pueden ser co-partícipes de femicidios los abogados, los psicólogos... ¡y también los medios de comunicación! Por ejemplo, cuando publican una nota (y no fue solo una) en la que se habla de la vida “lujuriosa” de una mujer asesinada. Entrelíneas, la conclusión es despreciable: un aspecto de su intimidad justificaría su muerte.

 

Por eso quisiera concluir estas líneas con la idea de que todos somos responsables por la violencia. Quedarnos con la idea de que hay algunos “loquitos” que (porque les falla alguna neurona) matan mujeres, es una noción simplista. La violencia es un fenómeno social y, como tal, requiere que todos pensemos en términos de complejidad. Reconducir la violencia de los “individuos” (a los actos agresivos puntuales que, en tanto delitos, tienen que ser castigados), puede llevar a que olvidemos que tenemos que pedir explicaciones a determinadas instituciones y, ante un hecho trágico, esperar que también sean imputados los que, por negligencia u omisión, también permitieron que eso ocurra.
 

(*) Doctor en Filosofía y Magíster en Psicoanálisis (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante”, “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina” y “Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres”.


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