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Martes 01.08.2017 | Última actualización | 24.08.2017 | 9:20
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La vuelta al mundo (por Rogelio Alaniz)

Maduro y su letanía de sangre, fraude y miedo

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La vuelta al mundo (por Rogelio Alaniz) Maduro y su letanía de sangre, fraude y miedo

Por Rogelio Alaniz


Supongamos que, como aseguran los voceros del chavismo, ocho millones de personas fueron a votar este domingo en Venezuela; supongamos que la convocatoria electoral fue legítima; supongamos que no importa demasiado los ciento veinte muertos de los últimos cuatro meses y los dieciséis muertos del domingo. Supongamos todo esto, y prescindamos del miserable cuadro político y social de esa Venezuela hambreada, asediada por el narcotráfico y la delincuencia callejera. Incluso, no le prestemos la debida atención al casi unánime repudio internacional por esta maniobra de convocar a una Constituyente al margen de todos los recaudos legales establecidos en su momento por el propio chavismo. Supongamos esto y todo aquello que la propaganda de Maduro se propone establecer como “normal”; nada de ello alcanza, sin embargo, a disimular la creciente ilegalidad e ilegitimidad de un régimen que en el más suave de los casos ha dividido a la Nación en dos bandos irreconciliables, una Nación partida por la mitad, el peor de los escenarios posibles para cualquier gobierno de derecha o de izquierda, escenario agravado porque esto ocurre casi veinte años después de iniciada la pomposa revolución bolivariana y su sedicente socialismo del siglo XXI.


El régimen chavista agoniza. Su agonía podrá ser más breve o prolongada, pero su destino es inexorable. La pregunta decisiva a hacernos en este caso es qué costos pagará el pueblo venezolano por esta agonía, cuántos muertos, cuántos exiliados, cuánta hambre y miedo deberá experimentar la pobre gente para sacarse de encima un poder anacrónico, degradado y en quiebra.


El destino de Venezuela puede suscitar muchas interpretaciones, pero está liberado del sentimiento de la envidia. El chavismo está desangrando a la Nación, agotando sus recursos, corrompiendo sus pocas instituciones libres, arrastrando al país a un destino de disolución o guerra. Sobre el futuro inmediato de Venezuela pueden hacerse las especulaciones más diversas, pero todas sin excepción auguran incertidumbre, miedo y dolor.


Soluciones menos malas


Tal como se presentan los hechos, no hay soluciones buenas; hay soluciones menos malas que otras. El gobierno no puede gobernar, pero la oposición tiene grandes dificultades -insalvables para muchos observadores- como para constituirse como poder alternativo. El chavismo ha perdido iniciativa histórica, mística, consenso, pero dispone de los recursos de poder necesarios para impedir que sus ¿adversarios? o enemigos pueden constituirse como gobierno.


Alguna vez se dijo que una situación revolucionaria se distingue por el hecho de que los de arriba no pueden gobernar como lo venían haciendo y los de abajo ya no quieren seguir siendo gobernados como hasta entonces. Algo parecido está ocurriendo en Venezuela, pero para que la situación revolucionaria se perfeccione es necesario que finalmente un sector derrote al otro.


¿Es viable esto en Venezuela? Tal como se presentan los hechos pareciera que no.


Sobre la base de un “empate” de fuerzas, las alternativas posibles en sus grandes trazos son dos o tres, no más: la guerra civil, la más indeseable; el Golpe de Estado, o arribar a una salida electoral, la posibilidad más civilizada pero cada vez más lejana ya que la reciente iniciativa de Maduro impide la posibilidad de un mínimo acuerdo acerca de las reglas de juego para legitimar un poder político.


¿La guerra civil? Hay una población dividida con posiciones antagónicas. Pero el “odio” no alcanza. Para que la guerra civil sea posible son necesarios, además, dos ejércitos. En el caso concreto esto podría ocurrir si una fracción del Ejército se levantara contra la otra, algo improbable en la actual Venezuela.


¿Golpe de Estado? Nadie pronuncia estas palabras en voz alta, pero es una de las posibilidades más deseable para algunos. Hoy, en tanto el liderazgo de Maduro está cada vez más debilitado, las Fuerzas Armadas son el poder real en Venezuela. Al chavismo, como tal, lo sostiene más que nunca el poder militar. Se sabe que en el interior de las fuerzas armadas hay disidencias, diferencias entre quienes respaldan a Maduro y quienes consideran que el régimen debe endurecerse con una dictadura militar que elimine algunas de las mascaradas democráticas del chavismo; una salida tentadora para algunos, pero difícil de implementar con una sociedad movilizada y una presión internacional que repudiaría cualquier salida castrense.


También se habla de militares interesados en una salida política más amplia. Sobre esta posibilidad hay más deseos que realidades. Las Fuerzas Armadas están comprometidas con el chavismo, pero mucho más grave son los negocios con el narcotráfico, negocios cuyo desarrollo permiten registrar la existencia de uno de los carteles más poderosos de la región.


Desde el punto de vista institucional, a partir del domingo la situación se ha agravado. Es muy probable que Maduro ahora insista en que el poder real resida en la asamblea constituyente en la que dispone de una mayoría absoluta. La oposición por su parte intentará refugiarse en la Asamblea Nacional, un espacio al que Maduro literalmente le ha declarado la guerra. Conclusión: dos poderes irreconciliables, sobre la base de una sociedad partida por la mitad.


Un fascista delirante como Atilio Borón propone resolver esta contradicción a través de un baño de sangre. A Borón, los 120 muertos de los últimos cien días no le alcanzan. Quiere más sangre y más muerte para asegurar un poder que su ideología concibe como revolucionario, algo así como una copia de la revolución rusa o la revolución cubana.

 

¿Es posible esto? El chavismo nunca ocultó sus simpatías con el régimen cubano y con una salida política dictatorial a la que su jerga califica como dictadura popular. El problema que tiene es que no pudo hacerlo porque la sociedad civil venezolana se lo impidió. Para disgusto de Maduro, el mundo no es el de 1917 cuando Lenin pudo dar el Golpe de Estado y tomar el poder en Rusia; ni tampoco el de 1958, cuando Castro derrocó a Batista con el visto bueno de Estados Unidos al principio y, luego, con el apoyo militar y económico decisivo de la URSS.


Maduro puede creer que Cuba es el modelo ideal, pero le faltan todas las condiciones para cumplir con ese objetivo. Las revoluciones mencionadas se hicieron no sólo en contextos internacionales excepcionales, sino que luego de asaltar el poder se legitimaron en un tiempo más o menos breve. La llamada iniciativa revolucionaria en ese sentido fue decisiva.


El chavismo a esa iniciativa la ha perdido hace rato. Gobierna Venezuela desde hace casi veinte años y hoy está sufriendo más los estertores de la agonía que las pulsiones del nacimiento. No sólo ha perdido legitimidad interna e internacional, sino que en el camino se ha degradado y corrompido. El chavismo hoy no es portador de ideales renovadores ni de cambio. Sus negocios con el narcotráfico y la corrupción de sus principales dirigentes no tienen nada que ver con la épica que en su momento expresaron Lenin o Fidel Castro. Hoy, su relación con el poder no tiene otra referencia que el poder mismo y los negocios y privilegios que de allí se derivan. Su soluciones políticas más que remitirse a un leninismo o a un castrismo ideal, se acercan peligrosamente a las que en su momento promovió Francisco Franco, como lo observara recientemente Felipe González.

 

La retórica revolucionaria de Maduro hoy no es épica, es grotesca; el chavismo no defiende ideales sino intereses, la mayoría de ellos delictivos; no representa a la nación y en más de un punto es su negación; no es el cambio, es la conservación y la conservación de lo peor. Históricamente, su ciclo está agotado, pero como los hechos lamentablemente se empeñan en demostrarlo, su agonía continuará provocando como en el pasado domingo, sangre, repudio y fraude.


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