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El Litoral
Jueves 31.08.2017
7:19

Liliana Bodoc

"Santa Fe es el mito fundacional de mi infancia"

La reconocida escritora dialogó con El Litoral en el marco de su visita a la ciudad. La autora de “Elisa. La rosa inesperada” contó cómo fue el proceso de composición y los avatares personales detrás de su novela más reciente.

Bodoc presentó su flamante novela en una librería céntrica. Foto: Pablo Aguirre


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Liliana Bodoc "Santa Fe es el mito fundacional de mi infancia" La reconocida escritora dialogó con El Litoral en el marco de su visita a la ciudad. La autora de “Elisa. La rosa inesperada” contó cómo fue el proceso de composición y los avatares personales detrás de su novela más reciente. La reconocida escritora dialogó con El Litoral en el marco de su visita a la ciudad. La autora de “Elisa. La rosa inesperada” contó cómo fue el proceso de composición y los avatares personales detrás de su novela más reciente.

 

 

 

Leonardo Pez

lpez@ellitoral.com

 

 

Liliana Bodoc nació en 1958 en Santa Fe. Es autora de la aclamada trilogía “La saga de los confines” y, entre otros galardones, fue distinguida con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo. El jueves 24 volvió a su ciudad natal para presentar en sociedad “Elisa. La rosa inesperada” publicado por Editorial Norma.

 

El Litoral conversó con la autora para profundizar en la historia de la adolescente de Villa del Parque que viaja al norte en busca de nuevas experiencias.

 

 

Viajes

 

 

—La historia que da vida a “Elisa...” tiene más que ver con el azar que con un plan exitoso. ¿Cómo se dio el proceso de composición?

 

—El plan inicial, muy auspicioso, era el típico viaje de iniciación adolescente a Tilcara y Purmamarca. Resultó ser distinto y más doloroso, tanto física como emocionalmente. Después, hubo un distanciamiento muy grande. No quería saber nada con Tilcara ni con las fotos del viaje. Casi un año y medio después, y cuando el camino se completó con Santa Fe, pude acceder a la escritura. Siempre es conmovedor escribir, pero en este caso en particular, lo fue de una forma especial. Me toca más de cerca que cualquier otra novela que haya escrito. 

 

—¿Por qué?

 

—Porque muchas de esas situaciones las viví a través de mi hermano mayor, Juan Ramón, que pasó la mayor parte de su vida en Villa del Parque. Porque está Santa Fe, y para mí, es un mito, lo mejor y lo peor que te puede pasar en la vida. Yo no me puedo enojar con Santa Fe, no me enojo con los mosquitos, no me enojo con la humedad, no me enojo con nada. Todos me dicen: “Hasta el día que te vengas a vivir” (risas). Santa Fe es el mito fundacional de mi infancia.

 

—El hecho que marcó el regreso fue una pesadilla.

 

—Fue una situación que se desencadenó después de visitar el Cementerio de Tilcara. Había una cruz caída, la levanté y le saqué fotos y hablé con ese muertito. Le prometí que iba a ser parte de una novela. Esa misma noche en el hotel, tuve una pesadilla breve pero muy intensa. Un hombre, con el pelo tirado hacia atrás, la cara muy redonda, de rasgos indígenas, que se acercaba y me decía: “Venga, deme un abrazo”. Tenía un puñal en la mano. Yo sabía que me lo iba a clavar en el estómago. Fue una pisquita de terror. A la mañana siguiente, amanecí muy enferma. Me fui como si me persiguiera el diablo. Dejé reserva de avión, de hotel, contrato editorial, y me volví a mi casa (Mendoza). Cada vez que lo recordaba, me angustiaba mucho. Fue una experiencia muy traumática. Me parece que en Tilcara se mueven energías muy poderosas. Creo que es un lugar donde la conquista sigue viva. Corre sangre y no se ve. 

 

—¿Habías ido antes?

 

—Nunca. Fue un viaje inicial, también para mí. Lo había hecho mi hijo Galo (Galileo) a sus diecisiete años.Vino fascinado, sucio, con su mochila, desgreñado, con rastas. Feliz. Y yo creo que fui a buscar eso y encontré otra cosa. 

 

—¿Cuántos viajes fueron?

 

—Fue uno solo a Tilcara, y no volví más (hace una cruz con los dedos y luego ríe). Tengo que volver y reconciliarme con el lugar. Todos me hablan con tanto amor de Tilcara, y no quiero quedarme con esa sensación oscura. Me dice mi hijo: “Te van a declarar ciudadana no grata” (risas).

 

—Después de Tilcara, siguieron los viajes.

 

—Volví a Mendoza, donde estuve mucho tiempo hasta recuperarme físicamente. Fue una enfermedad larga, quince días o más. Después, vine a la casa de mi hermano en Santa Fe. Y terminé de encontrar el sentido de ese viaje y de ese personaje (Elisa). Hablando con gente amiga, amigos de mis hermanos, en particular una chica llamada Melisa que me dijo: “Yo cumbia ni loca escucho”. Yo encontré en Villa del Parque el núcleo de mi novela, que es la marca de la no pertenencia. “No quiero ser parte de lo que soy, no quiero ser de Villa del Parque”. Entonces digo: “Vivo cerca de la facultad, de la cancha de Unión, no digo Villa del Parque”. Me dio ganas de construir un personaje que no sienta orgullo por lo que es y llevarlo de Santa Fe a Jujuy.

 

 

Lugares

 

 

—La obra recorre dos lugares: la villa y el Norte, dos paisajes atravesados por la fantasía.

 

—Tildaron esta novela de realista y me temo que no es del todo así. El realismo chato, sin extrañamiento, me asfixia. Leerlo y mucho más escribirlo. Me gusta contar lo cotidiano con ese plumazo de lo fantástico y de lo mitológico, que a veces pasa por una cuestión del lenguaje. Para mí es la única manera de acercarme respetuosa y literariamente al realismo. 

 

—¿Cómo recordás la vida en Villa del Parque?

 

—Entre 1974 y 1975, viví un tiempo en la casa de mi hermano en Villa del Parque. En esa época desaparecía gente. Sentí una pertenencia muy profunda. Creo que todo eso parte del enorme amor que le tengo a mi hermano. Juan José Ramón, el que se fue de casa. Quelo, el misterioso. Prácticamente nunca fue a Mendoza. Para mí, siempre fue un héroe. Expandí eso a su familia y a su barrio. Creo que la construcción de red que había en ese momento en Villa del Parque me dio una mirada muy particular. Más que sobre la pobreza misma, las carencias, me impactó la red humana. 

 

—La voz del barrio y de los pueblos también recuerda al locutor hablando por las propaladoras. Parecen gestos de otro tiempo.

 

—Yo tengo una historia personal con eso. Cuando me iba, después de vivir unos meses con mi hermano, estaba muy triste. Mi papá me reclamaba que volviera para seguir estudiando. Mónica, una amiga de Villa del Parque, me dedicó una canción por los altoparlantes, como le pasó a Elisa. “Para la hermana de Quelo, que se va”. Muchas de esas cosas están en el libro. Cuando yo nací, vivíamos en Junín y San Lorenzo. Esos personajes de lo pueblan, intelectuales humanistas, eran los amigos de mi viejo.

 

—Elisa Viltes, de quince años, es hija de músicos de cumbia, vive entre la casa de su abuela y el hogar. Hasta que un día decide viajar a Jujuy.

 

—Esto tuvo que ver con el armado de la novela y con el verosímil. ¿Por qué Elisa se va a Jujuy? ¿No es más creíble que se vaya a buscar trabajo a Buenos Aires o a Córdoba? Por eso aparece el ida y vuelta con la abuela (Rufina) que nació en Jujuy y los padres jóvenes que giran con la cumbia. Sobre todo, la idea de que el traslado geográfico no implica necesariamente traslado social. Elisa se lleva su villa y su soledad a cuestas. Callao y Corrientes no es la misma esquina para un trabajador golondrina que para un turista francés.

 

—¿En qué se identifica Liliana Bodoc con el proceso de transformación de la protagonista?

 

—En muchas cosas. Yo fui una adolescente muy insegura y solitaria. Siempre transité cerca de los márgenes, cosa de la que no me arrepiento. [Chicos, no imiten en casa (risas)]. Fui afortunada, me encontré con buena gente. Muy cerca del abismo, y al mismo tiempo, con un libro bajo el brazo siempre. 

 

 

Géneros

 

 

—Hay algo de crónica periodística y de lenguaje audiovisual en el libro. ¿Cómo se dio esa construcción?, ¿lo pensaste de esa manera?

 

—Elegir a quién darle la palabra en una narración es una enorme decisión, porque va a contar una cosa u otra. En algún momento, pensé en la primera persona de Elisa, que me sesgó la novela de una manera que no me interesó. Le doy la palabra al final en ese diario (“Cuaderno de Elisa”). Me pareció que la voz de Abel Moreno, casi un chamán, cortando y adelantando el relato, a veces yendo hacia atrás, era la palabra poética que yo necesitaba. Así que decidí transformarlo en un narrador testigo. Abel es un hombre muy sabio. Con él encontré el hilo conductor de lo formal de la novela, el intercalado de capítulos que van de un narrador coloquial en tercera persona a la música norteña de Moreno. 

 

—El libro tiene muchas intertextualidades. La cita de Nalé Roxlo que atraviesa la historia de Elisa recuerda a la niña Liliana Bodoc que se aferró a la literatura para seguir viva.

 

—Absolutamente. Más allá de esta poesía de Nalé Roxlo que, en cierta manera, la novela repudia. Una poesía clásica y escolar que Beatriz le quería meter a toda costa a Elisa. Creo profundamente en la palabra salvadora, en la apropiación del lenguaje como apropiación de la identidad. Lo veo funcionar. No soy tan ingenua para creer que esto reemplace a la comida o a la Justicia Social o al trabajo. Un poema no nos va a traer de vuelta a Santiago Maldonado. Lamentablemente. Pero es fundamental darle palabras a los pibes y a nosotros mismos, y honrar la palabra como creadora de realidad, para que no nos mientan como nos mienten. 

 

—También están presentes los textos musicales, como una especie de banda sonora.

 

—Me impactó mucho la música en Tilcara. Entré en un bar, con mucha fiebre, escuché Calle 13 y eso me alegró. La música me sostuvo en Tilcara. La quise honrar, porque además encontré esa transculturización: acá escuchamos Edit Piaf, acá escuchamos cumbia. Yo me llamo Liliana Beatriz y pensé: ¿qué escucha Beatriz? Édith Piaf, por ejemplo. Cuando empecé a escribir la novela, leía cumbia desde otra mirada estética y me costaba que ese discurso se hiciera carne. Entonces, empecé a buscar la estética ahí, incluso con las que chocaba ideológicamente. Me costó la empatía. Me parece que la cumbia santafesina tiene otra altura, otra poesía.

 

—Hay una presencia importante de las mujeres.

 

—Creo que esto es un aprendizaje personal. Mi primera novela, “Los días del venado”, está plagada de héroes masculinos, en la que las mujeres tejen, hacen pan y esperan al guerrero. Pasaron veinte años desde entonces y no fueron en vano para el país ni para mí. El tema de género se ve, por eso está en la novela. Esas mujeres están ahí por una decisión. Yo aprendí a valorarme como mujer y a valorar mi género. 

 

—La protagonista de la historia es víctima de la violencia de género. ¿Era la idea original o surgió en la escritura?

 

—Elisa viaja en repudio hacia su propia gente. Ella no quiere ser negra ni quiere escuchar cumbia, y se va con la tía profesora de Inglés que es la misma tragedia o peor. Mi idea era llevar a Elisa a Tilcara para que entrara en una pesadilla. Pesadilla, diablo, carnaval. Después de búsquedas, surgió la temática de la trata, porque es un tema que está en el aire. La trata incipiente, en los peones, y sobre todo, la indiferencia de la sociedad.

Además tenés que leer:

La escritora había nacido en Santa Fe, el 21 de julio de 1958, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Mendoza.

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