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Miércoles 22.11.2017 | Última actualización | 9:06
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“Bernarda, ni un gesto de indulgencia”

Ansias de goce y hambre de varón

Desde la dirección del espectáculo, Exequiel Maya acierta en desplegar la idea de que el carácter de Bernarda se prolongue en el de sus hijas, que la obedecen por miedo y porque están hechas de la misma tela. Foto: Gentileza Producción / Pablo Cánepa


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“Bernarda, ni un gesto de indulgencia” Ansias de goce y hambre de varón

 

 

Roberto Schneider

 

 

En la tragedia póstuma de Federico García Lorca “La casa de Bernarda Alba”, la figura de esta mujer terrible es el eje de todos los anhelos de sus hijas, ansiosas de amor en el estrecho encierro que impone Bernarda bajo las minuciosas y férreas ordenanzas del “qué dirán”. Bernarda Alba, rectilínea, férrea, trazada de un solo rasgo, es el imperativo categórico de la vida social pueblerina: todo se hace para afuera, con rígida etiqueta de lutos, saludos y formulismos hipócritas y envenenados de comadre.

 

Ella, con su bastón y su manto negro, impone los mandamientos: no se puede salir a la calle, como las pobretonas; no se puede abandonar la tensión de la costumbre, porque se empezaría a ser “cualquiera”; no se puede tener amor, si no es dentro de la conveniencia de los dineros y el buen parecer. Todo un escenario de mujeres se centra en torno a sus sayas, que magnetizan el estrecho ámbito de aquellos muros blanqueados y aquellas ventanas siempre cerradas, con el varón al otro lado de las rejas... Y cuando sobreviene la catástrofe, con la hija ahorcada después del amor, Bernarda se yergue indómita: “¡A callar he dicho! ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen”.

 

La figura de ese personaje tiene, en el teatro de todos los tiempos, una intensidad única, inexplicable, que parece reavivar una potencia escénica aletargada desde el Siglo de Oro. Pero con esta criatura dramática excepcional se cierra, al mismo tiempo en que se abre, un nuevo sentido del personaje dramático por excelencia. Así lo entiende Exequiel Maya en “Bernarda, ni un grito de indulgencia”, en una adaptación que lleva su firma estrenada en Loa Espacio Proarte, porque acepta esencialmente que la obra es un clásico de la dramaturgia universal. El bardo granadino alejó la realidad de sus personajes a la de los espectadores. Bernarda, sus hijas, su madre loca y sus dos criadas pertenecen al mundo campesino y no al ambiente burgués de los protagonistas de las obras anteriores de Lorca. Así, el auditorio se veía distanciado de la acción dramática, pero al mismo tiempo sentía sus emociones interpeladas. Como hoy.

 

Con astucia, Maya sitúa esta tragedia en el campo, del mismo modo que el original. Con toda conciencia retrata a sus personajes, todas mujeres, con ansias de gozar, con hambre de varón. El interés radica en cómo la revisita de este clásico procura un mayor control de la situación dramática. Toma entonces jerarquía de teatralidad el fuerte dibujo de esos personajes que le permiten al adaptador mostrar que son personajes cuyas tragedias personales, como ya hemos manifestado, prestan teatralidad a sus vidas. En esa casa habitan mujeres que sueñan con la libertad y el amor, dos ilusiones que la misma Bernarda aniquila con sus procedimientos. Ella es un personaje con el que el público no se identifica (tolo lo contrario), pero es un carácter que todos conocen porque es la mujer lorquiana que lucha constantemente entre la realidad y la ilusión. Sus hijas y Poncia desempeñan el rol que ella les ha asignado.

 

Desde la dirección del espectáculo, Exequiel Maya acierta en desplegar la idea de que el carácter de Bernarda se prolongue en el de sus hijas, que la obedecen por miedo y porque están hechas de la misma tela. Todas sus hijas son Bernardas, menos una. Y así le va. Se necesitan una a la otra. Como Poncia, la criada dominada, pero segura de sí misma e inteligente y que no duda en hacerle frente para, por qué no, ganarle la pulseada. Tiene también a su favor un elenco de actrices notables, que se sacan chispas sobre la escena. Como siempre, conmueve Adriana Rodríguez porque capta toda la dureza de Bernarda con singular maestría. Con una rama en lugar de un bastón su férreo carácter domina con exactitud cada una de sus apariciones. Nelda González está perfecta como Poncia: la actriz resuelve las aristas de su personaje con indisimulable precisión. Daniela Romano otorga a su Adela toda la ternura y la garra necesarias para oponerse a su madre, en tanto Marisa Ramírez conmueve por la intensidad otorgada a Martirio, del mismo modo que la bellísima Luciana Lescano, la entrañable y dolorida Angustias, y Stella Curi, la enamorada sincera y doliente, presa de una locura no deseada. Son buenas las interpretaciones de Carolina Mráz, Ana Paula Borré y Rosa Ana Sánchez.

 

Son correctos los rubros técnicos desarrollados por Alejandro Maidana, Mariano Rubiolo, Carolina Vecchietti, Exequiel Maya, Marisa Ramírez, Virginia Basualdo, Pablo Cánepa y Pablo Damiani, todos bajo la atenta mirada de José María Gatto desde la producción, y entregados a la idea de plasmar la casa “como encierro conventual, trampa del luto interminable, morada del horror y el miedo instalado por una madre severa hasta el sadismo y despojada de toda ternura, de toda calidez, de toda indulgencia”.


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