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Lunes 19.02.2018 - Última actualización - 13:22
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Discursos en lugares ingrávidos que anhelan la caída

Nostalgia por la verdad

“En el campo de batalla que es el periodismo, no hay distancia entre aquellos que son conscientes de lo que pasa y los que sólo tienen sentido común.”




Discursos en lugares ingrávidos que anhelan la caída Nostalgia por la verdad “En el campo de batalla que es el periodismo, no hay distancia entre aquellos que son conscientes de lo que pasa y los que sólo tienen sentido común.” “En el campo de batalla que es el periodismo, no hay distancia entre aquellos que son conscientes de lo que pasa y los que sólo tienen sentido común.”

Por Mauricio César Yennerich


mauriyennerich@gmail.com

 

¿Hay una estética de principios de siglo? Si hay una estética de principios de siglo, una que se puede llamar novosecular, masiva, de alcance global, formadora de sensibilidades multitudinarias, la expresan tres géneros discursivos: la cultura gourmet, el periodismo y las series televisivas, que son, hipotéticamente, dispositivos de producción de nuevas sensibilidades.

 

La indagación sobre la relación de la forma y las temáticas de estos formatos escogidos, logró dar avance a una idea, o -mejor- a una noción: que nuestra cultura es resistente a lo baladí. La estructura siempre se impone, aunque las formas acotadas, presurosas y ansiosas que contradictoriamente emergen todo el tiempo en esta sociedad parsimoniosa y pseudo-esclerótica gocen de sus “quince minutos de fama”, la frase que al parecer fue atribuida apócrifamente a Warhol y pertenece a Filkenstein, hay una nostalgia por la trascendencia. En la construcción de esa dialéctica, se afirma la liviandad de los nuevos géneros, pero como negación de sí, ya que en realidad parecen estar suturándose con más rigor y precisión las coyunturas que estructuran lo trivial.
 

 

La sabiduría contemporánea con un toque de oliva

 

La didáctica de lo culinario, el nuevo orden gourmet, ha logrado imponerse masivamente. Su emergencia pulverizó la cuestión del género y desancló completamente las cuestiones de raza y de clase, del complejo universo de las ollas, las sartenes y los coladores. Las personas que cocinan con esmero, precisión y talento, suelen ser consideradas verdaderas referencias sociales, y el buen beber -esa elegante y milenaria costumbre- alcanza un status litúrgico.

 

Francis Mallman, por ejemplo, puede presentarse, ante su público de gourmands, como una especie de sabio contemporáneo. Probablemente las reflexiones con las que cierra su programa, en el que cocina, por lo general, al aire libre y en medio de paisajes y lugares asombrosos, buscan contrarrestar la escencia efímera del resultado de su práctica. Sea como fuere ¿quién se atrevería a decir que un plato terminado no es una obra de arte? El manejo del fuego, la combinación y selección de los colores, la calibración de los tiempos de cocción, hace del maestro cocinero un artista en potencia cada vez que se enciende un fósforo o trepida eléctricamente la chispa azul. Habrá detractores -lectores de obras de largo aliento, canonistas-, pero la entrega total a una obra, no parece ser la regla entre los contemporáneos. Sin embargo, como lo efímero extraña la trascendencia y lo fútil siente devoción por lo eterno, aparecen programas como “La historia se sienta a la mesa”, donde los comensales recrean la historia a partir de la degustación de comidas que son réplicas de las que se sirvieron en banquetes históricos o mesas íntimas de comensales ilustres, en lugares icónicos o momentos fundacionales. Buen provecho entonces, y salud, bebamos, que el aleteo de esta mosca anuncia un tsunami en 2086.

 

Descuartizadores que venden curitas

 

Postular al trabajo periodístico como posible constructor de una estética para el siglo XXI, es un argumento que carece por completo de originalidad. El tema es que Capote, Sartre, Camus, o el mismo García Márquez, incluso Arlt, hacían prosa de barricada en los diarios mientras cocinaban a fuego lento suculentas delicias de larga cadencia. Tal como se nos presenta lo político, hoy parece que la barricada misma es el escenario en el que los escritores maceran nuevos lenguajes. Jorge Fernández Díaz, puede ser un caso, por dos razones, en primer lugar, él mismo insiste en la idea según la cual lo mejor de la literatura contemporánea se está produciendo en las columnas de los diarios; en segundo lugar, su prosa editorial trasciende lo estético: es esencialmente política, de altísima calidad y se ocupa de pensar el poder. En el país “donde los descuartizadores venden curitas” (dixit) no se puede dar un paso en falso sin que suceda el abismo. Eso no justifica el abandono de posiciones.

 

Como buen cronista, Fernández Díaz no sólo observa los relatos que producen las diferentes corporaciones que gobiernan, en especial, la que ejerce la jefatura de la administración nacional, sino los resultados que se deducen de la existencia de enormes contingentes humanos capaces de considerarlos verosímiles, apropiarse de ellos y actuar en consecuencia: en ese torbellino dónde nada es verdad, todos somos vulnerables y estamos en riesgo. La escritura sin concesiones atempera el poder de la amenaza que implica convivir con delirios colectivos.

 

En el campo de batalla que es el periodismo, no hay distancia entre aquellos que son “conscientes de lo que pasa” y los que sólo tienen “sentido común”. En 1982, por ejemplo, decir que la guerra de Malvinas era una acción deliberada de las Fuerzas Armadas para legitimarse y mantenerse en el poder, equivalía a ser un paria, un vende-patria, algo parecido sucede hoy cuando alguien advierte sobre el impúdico aparato de propaganda montado recientemente en torno a los derechos humanos o sobre el taladro infinito de la pesada herencia. Cuando el periodismo es de buena cepa, no se salva nadie. Comparado con el nuevo orden Gourmet, el problema de ese periodismo es arcaico, casi medieval: al Rey y a sus ministros nunca le cayeron bien los intelectuales críticos y la base de sustentación del buen periodismo no parece demasiado robusta: los lectores dispuestos a sobrevolar, a intentar superar el abismo binario del en-contra-o-a-favor no parecen ser tan numerosos, ni estar tan dispuestos a pagar por ello, como los gourmands que ensayan las recetas que leen en los episodios catódicos dedicados a la cocina.

 

Las series como maratones para llegar a ninguna parte

 

La última vertiente de lo que podríamos llamar “nuevos formatos de la estética del siglo XXI” es la de las series televisivas. Los directores y productores de series, llevaron la novela a otro nivel y actualizaron la popularísima gacetilla por entrega que fue el formato en la que se escribieron, entre otras obras clásicas, el Moby Dick de Melville. Esos relatos de 40 minutos, al parecer, han entumecido en sus “horas de duración” a las películas. La ironía de pasarse un día entero mirando maratones de series es evidente.

 

Lost, tuvo dos primeras temporadas interesantísimas, luego entró en una especie de estado potencial, es decir, quedó desanclada de toda relación con la realidad del texto y el contexto. Pero la temporada uno y la dos, son un muestrario de la administración perfecta de la adrenalina que dimana en torno al “to be continued...”. Fargo, basada en hechos reales ocurridos en Minnesota, tiene una calidad superior a todas. Y la lista podría seguir largamente, pero Los Sopranos, no puede soslayarse.

 

Se trata de un relato en clave prácticamente biográfica de las circunstancias domésticas y “laborales” de un hombre en el meridiano de su vida, que alcanza la jefatura de una organización criminal. En torno a su figura se condensan las temáticas que siempre resultan: codicia, banalidad, crueldad, sinsentido, hipocresía, celos, honor, amor, fe y justicia.

 

Presentados con claridad y naturalidad. Cada personaje, por periférica que sea su posición, representa algún valor. Es una especie de Hermanos Karamásov para sofá y pochoclo. Después de la tercera temporada, Gandolfini, el protagonista, no podrá quitarse el traje de Tony Soprano nunca más. La serie es un jaque a la superioridad moral de ciertas instituciones vinculadas el mundo de las altas finanzas y a la reproducción de la vida, como la familia tradicional. La consideración de lo justo o injusto, desde la perspectiva de una mentalidad elemental, retrógrada, rústica, casi silvestre, deja expuestas ciertas zonas grises por doquier en una sociedad que suele pensarse a sí misma completamente transparente, pero que no lo es.

 




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