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Sábado 10.03.2018 - Última actualización - 11:57
10:51

“La forma del agua”

El sueño hollywoodense del pequeño Guillermo

Elisa (Sally Hawkins) descubre en su trabajo a una criatura (Doug Jones) con la que formará un vínculo inimaginable. Foto: Gentileza Fox Searchlight Pictures




“La forma del agua” El sueño hollywoodense del pequeño Guillermo

Ignacio Andrés Amarillo

iamarillo@ellitoral.com

 

Con el diario del lunes (nunca mejor dicho) parecería fácil hablar de “La forma del agua”, sobre la cual se han dicho un montón de cosas: la han comparado con “Amelie”, con “Splash” (aquella con Tom Hanks y una impactante Daryl Hannah), han dicho que es como “La sirenita” al revés, la han acusado de inverosímil... Lo que queda claro es que hay allí referencias cinematográficas que son familiares a nuestro universo narrativo.

 

Podemos pensar que en su primera película “personal” en un contexto hollywoodense (un decir: “El laberinto del fauno” convivió con las dos “Hellboy” y “Pacific Rim”) Guillermo del Toro decidió a su manera no sólo rendirle homenaje a los monstruos que “salvaron” su infancia (para él la invención del doctor Frankenstein es una identificación con la llegada de la adolescencia). También se sumó desde ese lugar a la ola de reivindicación a las épocas doradas de la “fábrica de sueños”, en la que se alinean obras disímiles como “El artista” (que se batió en los premios con “La invención de Hugo Cabret”, un viaje al origen), “La La Land” o “Hail Caesar!” (con su reinvención de Eddie Mannix y las réplicas de Hedda Hopper y Louella Parsons), incluso en una producción televisiva como “Feud: Bette and Joan”. Parece haber una intención de la propia cinematografía estadounidense (pensada global en tanto consumida más allá de las fronteras, como en la Guadalajara de Del Toro) de volver sobre tiempos míticos del studio system, entre el comienzo del cine sonoro y el auge de la televisión y la retirada de los últimos patriarcas como Jack Warner.

 

Por eso, hay un montón de tópicos que nos resultan familiares, pero donde opera el mexicano es en el plano de los desplazamientos, donde cada elemento está un poco corrido del eje tradicional. Para empezar, una criatura que rinde homenaje a “El monstruo de la Laguna Negra”, la producción clase B cuyo protagonista acuático tendría aquí una revancha. También hay espías soviéticos que son malos (pero no todos), aunque no son mejores los agentes estadounidenses. Hay por ahí un villano aparentemente maniqueo, pero que es un creyente religioso y conservador cuya fe será puesta en duda. Hay una heroína de las que antes se llamaban ingenuas, pero no es tan niña y atrae con una belleza no convencional, además de ser mudita.

 

Y finalmente está el homenaje a los musicales, desde las citas directas (Bill “Bojangles” Robinson con Shirley Temple en “La pequeña coronela”, Betty Grable en lo que parece “Serenata argentina” y Carmen Miranda cantando “Chica Chica Boom Chic”) a un musical imaginario con el bailarín menos esperable: desplazamiento que se da en la forma romántica, en una variante diferente de “La Bella y la Bestia”, si se quiere, porque la Bestia no es otra cosa que una bestia. Alguno podría pensar si Elisa, la heroína romántica, no es un Patito Feo a lo Andersen: en algún momento se revelará una naturaleza “verdadera” contrapuesta a una “impostura” en la que ha vivido, lo que explica por qué siempre se sintió “como pez fuera del agua”. Para el final hay una persecución con sabor a serie negra, con su cuota de violencia en el clímax.

 

Acercamientos

 

Elisa es una chica no tan chica, soltera y solitaria, una huérfana muda de nacimiento cuya única compañía es Giles, un vecino mayor, un ilustrador publicitario venido a menos que carga con sus propias soledades. Mucama de turno noche, su rutina es levantarse en el ocaso, masturbarse en la bañera mientras hierve huevos duros y tomar el colectivo para llegar al trabajo compartido con Zelda, la otra persona que podría llamar amiga. Lo que se sale de la normalidad es que desempeñan esa tarea en unas instalaciones científicas gubernamentales.

 

Ahí, como quien no quiere la cosa, descubre que han traído desde el Amazonas a una criatura anfibia y humanoide, dotada de una inteligencia que no es justipreciada por los investigadores, encabezados por el agente Richard Strickland, atrapado entre sus prejuicios e intereses. Elisa empieza a desarrollar un vínculo con ese ser, con quien empatiza como otro diferente, al punto de pretender salvarlo de los de ahí y de los más allá que también tienen pretensiones sobre él (o al menos quieren que los estadounidenses no lo tengan), para terminar llevando la relación mucho más allá de lo imaginable desde el vamos para el espectador medio.

 

Luces y sombras

 

Entre los puntos fuertes de la puesta estética está la fotografía de Dan Laustsen, que encuentra una paleta que pueda conjugar el arte dark con algún destello de luminosidad: al fin y al cabo, la historia se cierra en un amanecer. Tampoco se priva Del Toro de escenas de fuerte impacto sensorial, como la inundación del baño. No se queda atrás la cuidada reconstrucción de los años ’50 encabezada por el diseñador de producción Paul D. Austerberry, tanto en el vestuario, la tecnología real y la que se le asigna en la ficción al complejo científico militar. Todo sazonado por la banda sonora de Alexandre Desplat, que acompaña sin enfatizar demasiado.

 

Desde el punto de vista de las interpretaciones, todas las palmas se la lleva una Sally Hawkins híper expresiva más allá de las palabras, construyendo una Elisa Espósito llena de matices que le brindan espesor, más allá de cualquier suspensión de la incredulidad y de los clichés que podría contener el rol. Junto a ella está Richard Jenkins como Giles, que sabe manejarse sin caer en obviedades a la hora de definir las particularidades de ese hombre fuera de época. Octavia Spencer como Zelda se vuelve el ideal de mujer en proceso de empoderamiento contra el statu quo (hogareño y laboral), a la vez que el personaje terrenal del “equipo” de Elisa.

 

Del otro lado está Michael Shannon como Strickland, a quien le toca dar dimensiones a un antagonista clásico, que toma sus propias dinámicas, sus confrontaciones religiosas (llega a pensarse como el Sansón bíblico) en torno al desafío de la criatura. Y cierra el círculo Michael Stuhlbarg como el doctor Robert Hoffstetler, que muestra en su carácter de doble agente demuestra que es más un científico que un espía y se la juega por lo que cree. Quizás este personaje sea el fiel de la balanza del director, en la contraposición entre la banda de los diferentes (monstruos, mujeres, afroamericanos, homosexuales) y la familia perfecta americana a lo Norman Rockwell que representa Strickland.

 

Con estos elementos, Del Toro construyó una historia que quizás sea más familiar que sorpresiva (y en lo familiar quizás está el desconcierto), pero que no deja de ser en algún punto el sueño oscuro y hollywoodense de aquel pequeño Guillermo, que fantaseaba con monstruos que lo salvarán del mundo que conocemos.

 

“La forma del agua”

“The Shape of Water” (Estados Unidos, 2017). Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro y Vanessa Taylor, sobre historia del primero. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Alexandre Desplat. Edición: Sidney Wolinsky. Diseño de producción: Paul D. Austerberry. Elenco: Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Doug Jones, Michael Stuhlbarg, Octavia Spencer, Lauren Lee Smith. Duración: 123 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas. Se exhibe en Cinemark.

* * * *

MUY BUENA


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